Clausura V Congreso Daniel Oduber Quirós
“Una Costa Rica integrada por las oportunidades”

V Congreso Nacional Daniel Oduber Quirós

Discurso del Dr. Oscar Arias Sánchez
en la inauguración de la Sesión Plenaria del
Quinto Congreso Nacional del Partido Liberación Nacional
“Daniel Oduber Quirós”
San José, 22 de mayo de 2005


Compañeras y compañeros liberacionistas:

Hoy hemos venido aquí a celebrar la finalización de un proceso, el Quinto Congreso del Partido Liberación Nacional, Lic. Daniel Oduber Quirós. Pero en un sentido más fundamental lo que estamos celebrando es la continuación y la proyección hacia el futuro de la aventura que inició José Figueres Ferrer en La Lucha hace ya 57 años, la aventura de alumbrar una Costa Rica democrática, próspera y justa, donde cada ser humano tenga un lugar digno bajo el sol.

Mucho hemos caminado desde entonces y mucho más todavía nos queda por caminar. Hoy rendimos homenaje a los que, como Daniel Oduber, iniciaron esta travesía y nos inspiraron a todos los que estamos aquí a continuarla. Hoy les decimos a ellos y a los jóvenes que habrán de seguir nuestros pasos, que en Liberación Nacional estamos dispuestos a seguir caminando lo que sea necesario, que escalaremos cualquier monte, remontaremos cualquier abismo y beberemos de cualquier cáliz para construir la Costa Rica con la que soñaron los fundadores del partido. Hoy hemos venido a decir que, pésele a quien le pese, hay Liberación para rato.

Pero esta celebración es también un regreso. Hoy Liberación Nacional ha vuelto a ser el partido que piensa, que estudia, que propone y orienta la vida nacional; el partido que Daniel Oduber siempre nos pidió ser. Hoy nuestra memoria lo convoca a este recinto. Fardo y bendición es la memoria para los miembros de la especie humana. Tener memoria es padecer mil veces el dolor, las ausencias y el fracaso. Tener memoria es reincidir mil veces en el placer, las alegrías y las victorias. Tener memoria es, en suma, recibir constantemente la sorpresa de saber que el tiempo puede ser, a la vez, lejanía y proximidad, olvido y remembranza.

Ocurren, por cierto, acontecimientos que, conforme el tiempo pasa, se consolidan en nuestro recuerdo con una intensidad contradictoria con el dicho según el cual “el tiempo cura las heridas”. Pero, del mismo modo, las heridas que siguen abiertas pueden ser el motivo de otros recuerdos de grandeza y de esperanza. Para nosotros, uno de esos acontecimientos, una de esas heridas siempre abiertas, es la desaparición de Daniel Oduber. Su paso por la vida pública de nuestro país es una fuente de gran inspiración. Por eso, es justo que los liberacionistas dediquemos nuestros congresos a quienes tanto nos han dado y siguen dándonos después de su muerte. Así fue con don Chico Orlich. Así fue con doña Matilde Marín. Así fue con don Pepe. Así es hoy con don Daniel Oduber.

Quiero felicitar a don Francisco Antonio Pacheco, como Presidente del Partido, y a don Leonardo Garnier, como Secretario de Planes y Programas, por haber hecho posible este regreso a la mejor tradición de Liberación. Le agradezco a Leonardo, en particular, haber dado lo mejor de sí para conducir exitosamente este proceso. Y también le hago llegar mi reconocimiento a los cientos y cientos de liberacionistas de todo el país que participaron en las reuniones que dieron forma al documento que hoy nos convoca. Lo mejor de ese documento es, precisamente, el ser una obra colectiva, que articula la enorme riqueza de pensamiento que alberga Liberación Nacional, que es una de sus virtudes fundamentales como partido. La elaboración de este documento ha sido, estoy seguro, un ejercicio de respeto mutuo, de tolerancia y construcción de consensos, como el que, hoy más que nunca, necesita Costa Rica.

Me siento orgulloso de pertenecer a un partido que es capaz de dialogar inteligente y civilizadamente consigo mismo. Este documento y este acto demuestran que Liberación Nacional sigue siendo una casa de puertas abiertas para los costarricenses de buena fe; demuestran que aquí a nadie se le obliga a irse. Hoy queda claro que quienes se fueron, lo hicieron por otras razones y antes de tiempo. En verdad hubiera preferido que no se fueran, que discutiéramos, como hoy lo vamos a hacer, fervorosa pero respetuosamente bajo la sombra generosa del estandarte que nos cobija. Quiero que sepan que, pese a todo, esta casa sigue siendo su casa, porque es una casa abierta para todos los costarricenses.

Me siento orgulloso de pertenecer a un partido que puede producir un documento de esta calidad. Este documento recoge los principios socialdemócratas que han dado sustento a la obra liberacionista, pero también los adapta admirablemente a los extraordinarios cambios que nos está tocando vivir.

En efecto, quienes formamos parte de este movimiento seguimos creyendo que los seres humanos tienen un destino único y trascendente y, en consecuencia, un conjunto de derechos inalienables, que marcan el límite a la acción legítima del estado.

Seguimos creyendo que esos derechos no se agotan en su promulgación formal, que su ejercicio no puede ser separado de las condiciones materiales en que viven las personas y que la miseria y la exclusión son formas graves de violación de derechos.

Seguimos creyendo en el valor de la igualdad, en el compromiso de que la sociedad asegure a todos los ciudadanos un nivel de vida compatible con su dignidad humana, y les provea acceso universal a ciertos bienes capaces de potenciar sus habilidades.

Seguimos creyendo en una sociedad donde las oportunidades para cada ser humano estén determinadas, como lo decía Martin Luther King, por el contenido de su carácter y no por el sexo, la extracción social o el color de la piel.

Seguimos creyendo que el ejercicio de los derechos sólo tiene lugar y sentido en el marco de una comunidad, y que tan importante como proteger los derechos individuales es proteger los vínculos sociales y comunitarios.

Seguimos creyendo que, junto a los derechos, los seres humanos tienen deberes ineludibles para con sus conciudadanos y para con su entorno social, del cual se nutren todos los días para desarrollar su proyecto de vida.

Seguimos creyendo en el poder de la acción colectiva, de la política y de la democracia para transformar el mundo.

Seguimos creyendo que el tipo de sociedad a la que aspiramos debe ser, en lo fundamental, el producto de decisiones tomadas democráticamente, y no el que emerja del arbitrio de las fuerzas del mercado o de la inercia histórica.

Seguimos creyendo que, aunque el mercado es el mecanismo más eficiente para asignar los recursos en una sociedad, no conduce necesariamente a resultados económica o socialmente óptimos; que es imprescindible contar con un estado fuerte, con suficientes recursos fiscales y jurídicos, capaz de regular el funcionamiento del mercado cuando sea defectuoso y de reducir las desigualdades en la distribución de la riqueza.

Seguimos creyendo que quienes disfrutan de lo superfluo tienen la obligación de contribuir al bienestar económico de quienes carecen de lo esencial.

Seguimos creyendo que el único desarrollo deseable es aquel que no pone en peligro la preservación de los equilibrios ecológicos del planeta ni la posibilidad de las futuras generaciones de disfrutar de un ambiente sano.

Seguimos creyendo que los cambios sociales deben propiciarse gradualmente, sin extremismos y en paz, y que las únicas armas legítimas para resolver los conflictos, en Costa Rica o en el mundo, son las de la razón, el diálogo y la democracia.

Seguimos teniendo, en fin, la convicción tan costarricense, como socialdemócrata y liberacionista, de que el norte de toda acción pública debe ser la búsqueda del mayor bienestar para el mayor número.

Estos son los principios socialdemócratas que profesa este movimiento, que nos siguen inspirando después de todos estos años. En estos principios va nuestra identidad, que es la de un partido moderado y progresista, tan lejano del populismo retrógrado de la vieja izquierda como del fundamentalismo neoliberal de la extrema derecha.

Nos toca levantar, en condiciones muy distintas, las mismas banderas que izara Don Pepe hace 57 años: la de la lucha contra la corrupción y la de la lucha contra la pobreza. Como lo demuestra la realidad actual del país, esas causas son hoy más importantes que nunca. Nos toca volver a convertir a Liberación Nacional en una caja de resonancia para las aspiraciones de nuestro pueblo y renovar el mensaje liberacionista para ponerlo a tono con los inmensos cambios que está experimentando el mundo. Esa es la única forma de devolverle a Liberación Nacional su más arraigada vocación histórica: la de ser un partido reformista.

De eso se trata este congreso: de demostrar que es posible dar a Costa Rica una socialdemocracia moderna, que sin abdicar de sus principios y objetivos, sea capaz, al mismo tiempo, de revisar críticamente los instrumentos tradicionales de su acción política. Necesitamos, sí, una socialdemocracia que defienda la presencia de un estado vigoroso. Pero también precisamos una socialdemocracia que sea honesta consigo misma y que admita que, por gloriosos que hayan sido algunos logros de la actividad estatal en Costa Rica, ningún principio socialdemócrata alcanza para justificar toda intervención estatal como intrínsecamente virtuosa y justa.

Frecuentemente, lo que hemos entendido por socialdemocracia no es más que una defensa sin cortapisas de un estatismo paralizante y hasta anti-democrático. En efecto, nunca debemos presumir que el control estatal de los medios de producción o de los procesos sociales es equivalente a su control por parte de los ciudadanos. Ya hemos visto muchos casos en que el dominio estatal de un servicio o institución no es otra cosa que una coartada para esconder su control por parte de grupos, gremios e intereses minoritarios y mezquinos, que muy poco tienen que ver con los del pueblo costarricense. Es urgente entender que control estatal no es igual a control democrático.

Una socialdemocracia moderna es la que entiende que no necesitamos un estado grande, sino un estado fuerte, eficiente, bien financiado, capaz de regular el funcionamiento del mercado, y sometido al escrutinio permanente de los ciudadanos. Que admita que, en muchos casos, es imprescindible rectificar el papel del estado en Costa Rica, que es necesario liberar al sector privado de las ataduras que durante mucho tiempo lo condenaron a la ineficiencia y que es sano que la iniciativa privada se ocupe de muchas funciones productivas asumidas por el estado en el pasado. Pero que al mismo tiempo comprenda que es irracional confundir la rectificación del papel del estado con una mutilación indiscriminada de sus capacidades, inclusive de aquellas necesarias para llevar a cabo funciones como la redistribución de la riqueza, el combate a la pobreza, la integración social, la inversión en capital humano e infraestructura, que el mercado difícilmente puede realizar y que resultan decisivas para el futuro de cualquier país y para el propio funcionamiento del mercado.

Una socialdemocracia moderna es la que comprende que la disciplina macroeconómica, el control del gasto público, la deuda pública y la inflación no son el fruto de una delirante conspiración neoliberal, sino el legado de numerosos episodios de populismo macroeconómico en toda América Latina, que empobrecieron a los más pobres mucho más que cualquier privatización. Quienes diciéndose socialdemócratas menosprecian la importancia de la disciplina macroeconómica están negando, por conveniencia o ignorancia, uno de los componentes centrales del modelo de desarrollo liberacionista tras la guerra civil de 1948. La disciplina macroeconómica es vital para cualquier proyecto socialdemócrata, no tanto porque facilite la inversión de los empresarios, sino porque protege el patrimonio de los asalariados y de los más vulnerables económicamente.

Una socialdemocracia moderna es aquella que, como lo sostiene el documento del Congreso, es capaz de repensar la relación entre crecimiento económico y redistribución, y de rechazar de plano una dicotomía entre ambos términos. Debemos entender que si es necesaria la solidaridad para solventar el rezago social de muchos costarricenses, esa solidaridad tiene un costo económico significativo que solo puede ser cubierto por una mayor eficiencia económica y un mayor crecimiento. Ningún experimento de redistribución de riqueza que haya desconocido esta verdad ha conducido a otra cosa que no sea hiperinflación, inestabilidad política y, eventualmente, un mayor empobrecimiento y frustración de quienes menos tienen.

Pero también es preciso entender que mistificar el crecimiento económico y erigirlo como fin de toda la política económica es equivocado desde el punto de vista ético y miope desde el punto de vista político. A fin de cuentas, hemos tenido numerosos ciclos de crecimiento económico en América Latina en el pasado, milagros económicos de todo signo y duración, que con contadas excepciones no hicieron más que agudizar la pobreza, el desempleo y la mala distribución de la riqueza. Yo también creo, como lo dice el documento, que el crecimiento económico no genera, por sí mismo, una mayor justicia social y que el goteo de beneficios económicos, tan defendido por los economistas conservadores, es demasiado poco para calmar una sed de justicia social arrastrada desde hace mucho.

Una socialdemocracia moderna es la que entiende que es necesario revisar nuestro ideario porque el mundo cambió. La revolución tecnológica y el proceso de globalización están modificando aceleradamente la dinámica de las relaciones económicas y políticas en el mundo. El asombroso cambio de las tecnologías de la información y la comunicación, la creciente interdependencia que define a las relaciones económicas contemporáneas, la multiplicación y aceleración de los flujos de inversión, la irrupción de China como una potencia económica, la constitución de grandes bloques políticos y económicos en el mundo son solo algunas de las tendencias que definen el mundo en que vivimos. Todas ellas producen enormes dislocaciones y generan tanto oportunidades como amenazas. Es crucial entender que esas tendencias están aquí para quedarse y que Costa Rica, por su pequeñez, no tiene ninguna posibilidad de cambiarlas y debe, por ello, encontrar la mejor manera de adaptarse a ellas. Eso no es sumisión, ni falta de amor a la patria: es el más elemental realismo. Debemos admitir que, frente a esas tendencias, algunos de nuestros instrumentos tradicionales de acción política se han tornado obsoletos.

El reto que tenemos, pues, es el de hacer que Liberación Nacional, al igual que casi todos los partidos socialdemócratas del mundo, se mire críticamente a sí mismo y se muestre capaz de abrazar una socialdemocracia moderna y abierta al cambio, capaz de navegar entre las aguas del populismo de izquierda y el fundamentalismo de la extrema derecha libertaria. Si es cierto que en la lucha política es vital conservar el apego a los ideales, es igualmente imprescindible mantener una cierta flexibilidad respecto de los caminos que pueden conducirnos a esos ideales. Entendamos que ningún catecismo ideológico, por sofisticado que sea, es capaz de encerrar la inagotable riqueza de la vida, y que aquellos líderes y movimientos políticos que se niegan a reconocer los cambios de la historia y buscan someterla a categorías inmutables, están condenados a la irrelevancia.

Costa Rica necesita un liberacionismo que tenga un norte ideológico, pero que no confunda los fines con los medios, que evolucione junto con los tiempos y que sea capaz de propiciar las reformas que el país requiere para ser cada vez más próspero, equitativo y democrático.

Y también necesita un liberacionismo que recupere el signo de su verdadera grandeza: su vocación de pensar y de actuar como gobierno. Ese es el papel que siempre tuvimos históricamente y que hoy nos toca recuperar: el de ser el partido natural de gobierno en Costa Rica.

Eso nos obliga a tener una dosis de pragmatismo y una enorme capacidad para transigir, para negociar, para tolerar y para coincidir con nuestros adversarios. Quien no tenga esa capacidad –hoy perdida en un desierto de negatividad y en la delectación con las pequeñas diferencias—no podrá gobernar a Costa Rica.

Lo que les digo, compañeras y compañeros, es que para caminar hacia un destino es imprescindible tener mapas, pero los mapas no son iguales a la realidad y es con esta realidad con la que deben contender los partidos que gobiernan. Hagamos nuestra la hermosa frase del pensador polaco Adam Michnik: “La democracia necesita Don Quijotes de la ética de los fines últimos y Sanchos Panza de la ética de la responsabilidad”. Hoy nos toca ser Quijotes, pero dentro de un año, para gobernar, una parte de nosotros deberá asumir para sí la naturaleza de Sancho y la ética de lo posible.

Por necesaria que sea la ideología como instrumento para interpretar la realidad y para orientar la acción política, no cometamos nunca el error de convertirla en un fetiche o en un fin en sí mismo. Ninguna proclama ideológica, por hermosa o inspiradora que sea, le ha llenado nunca el estómago a ningún compatriota pobre. Puestos a escoger entre la fidelidad a un catecismo ideológico y los logros concretos de bienestar para el pueblo costarricense, siempre debemos escoger esto último.

Mucho más importante que ser identificados con tal o cual tendencia de la socialdemocracia es que se nos identifique como el partido que erradica la pobreza, que reduce la desigualdad, que combate la corrupción, que crea empleos de calidad, que abre oportunidades a los jóvenes y nuevos espacios de participación a las mujeres; el partido, en suma, que pone a Costa Rica a caminar de nuevo.

La medida del éxito de Liberación Nacional no estará en la calificación que nos den los historiadores y los politólogos por haber guardado fidelidad a las minucias de un recetario ideológico, sino en la medida en que convenzamos al país, con hechos y no con palabras, que un futuro distinto y mejor es posible, y que no estamos condenados a la infinita repetición del presente.

Ese y no otro es el espíritu del 48. Hacia el final de sus días, decía don Pepe: “La revolución no ha terminado. Es la revolución constructiva que no se hace con frases rígidas de ideologías. Se hace con ideas que generan planes de progreso real, por modestos que sean; con el libro bajo el brazo, con la herramienta en la mano y con la inspiradora mística en el corazón”.

Compañeras y compañeros liberacionistas:

Me siento orgulloso de pertenecer a un partido que tiene la gallardía de tomar conciencia de los errores cometidos y de emprender un nuevo camino de rectificaciones. En efecto, como lo dice el documento, ha habido sombras en nuestra trayectoria luminosa y nos toca dar una disculpa al pueblo costarricense.

Pero entendamos que solo puede dar disculpas quien tiene tras de sí una historia gloriosa y una montaña de logros ante las cuales debe responder. No puede dar disculpas, en cambio, quien cultiva la mediocridad, quien sistemáticamente ha desgobernado al país y lo ha dejado sumido en una crisis política. Y mucho menos puede darlas quien nunca ha corrido riesgos y tomado decisiones desde el gobierno, quien nunca ha hecho otra cosa que refugiarse en la trinchera cómoda de la pura contestación, en el foso de la denuncia y del no se puede. Ese nunca tendrá que pedir disculpas, porque nunca habrá hecho nada por este país.

Y de eso se trata: de hacer algo por el país, de vencer al inmovilismo, a la atonía, al afán de bloquearlo todo, a la cultura del no. Se trata de convencer a todos los partidos políticos y grupos sociales de que debemos retornar a la sensatez y al diálogo con un espíritu constructivo, tolerante y respetuoso, y con la conciencia de que ninguno de nosotros tiene el monopolio de la verdad y del patriotismo. Aceptar esto requiere coraje, sabiduría y humildad. Es infinitamente más fácil, pero también más destructivo, aferrarse a posiciones extremas. Eso no demanda talento alguno, más que el de decir no.

Nos toca convertir a Liberación Nacional en el partido del sí. Este documento es un gran paso en esa dirección. Nos toca contagiar a Costa Rica de la idea de que sí es posible volver a pensar en grande; de que sí es posible construir un país mejor, en el que todos podamos crear y crecer; de que a los errores del pasado y a los problemas del presente solo cabe responder con la voluntad de ser mejores, de ir más lejos y volar más alto.

Hoy Liberación Nacional, con este documento, ha puesto su proa, que es la proa de Costa Rica, hacia el futuro. Le ha dicho al país que nuestra tarea no es detener las manecillas del reloj mientras el tiempo y el mundo siguen inexorablemente su marcha. Yo no quiero –como no lo querría José Figueres, ni Daniel Oduber, ni ningún liberacionista—a un Liberación Nacional y un país iguales a los del pasado, sino mejores, siempre mejores. Aspiro a militar en un partido y a vivir en un país que crean que la vida está hacia adelante y no hacia atrás, que nuestros mejores días aún están por venir, y que, como decía un hermoso verso del poeta turco Nazim Hikmet, la ciudad más hermosa es la que nuestros ojos todavía no conocen.

Muchas gracias.


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