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PARTIDO LIBERACIÓN NACIONAL
SEGUNDO MANIFIESTO
A LOS SOCIAL DEMOCRATAS COSTARRICENSESPor:
Raíces
I. Segundo Manifiesto a los Social Demócratas Costarricenses
II. ANEXOS
A. Contexto histórico de la Social Democracia
B. Democracia ingobernable
C. Sobre la igualdad
D. Cincuenta años después
I. SEGUNDO MANIFIESTO DE "RAICES"
Como consecuencia de la denuncia pública que se hizo del abandono de los principios ideológicos y morales de parte de algunos dirigentes del PLN, se constituyó "RAICES", integrado en su inicio por dirigentes históricos de ese Partido con el objeto de luchar, una vez más, por consolidar un Partido bien definido en sus fundamentos doctrinarios y que diera origen a un proyecto político que nuevamente representara una esperanza democrática para la colectividad costarricense;
En nuestro primer manifiesto declaramos que no podía existir una democracia verdadera sin partidos políticos fuertes y bien organizados. Por esta razón pensamos que era necesario volver a organizar el Partido Liberación Nacional que fue el movimiento político que le dio una dimensión social a nuestra democracia y universalizó el sufragio al darle personería política a la mujer costarricense;
Consideramos indispensable volver a la vigilancia permanente en resguardo de las instituciones y normas democráticas fundamentales para mantener y fortalecer los principios socialdemócratas que, en treinta años, transformaron y dieron perfil propio a nuestra sociedad. Estamos convencidos de que si fuimos capaces de su concepción y desarrollo, también lo seremos para introducir cambios y obtener respuestas adecuadas a las nuevas necesidades;
También expresamos la inconveniencia de adelantar la política electoral en nuestra agrupación y que el objetivo prioritario era su organización ideológica y estructural; pero entendemos que circunstancias diversas han obligado a los compañeros que tienen legítimas aspiraciones presidenciales a precipitar su campaña por lo que, al respecto, declaramos: que "RAICES", como tal, no respalda ninguna tendencia en particular, pero reconoce el derecho de sus miembros a participar, como ciudadanos y como liberacionistas, apoyando al aspirante de sus simpatías;
Una vez más declaramos que "RAICES" es un grupo de meditación, de análisis político y que tiene la pretensión de colaborar en la búsqueda de una clara definición socialdemocrática para el confuso momento histórico que la democracia moderna está viviendo;
Escogimos un punto de partida elemental para normar todas nuestras actuaciones y que está claramente establecido en las definiciones del Congreso Ideológico José Figueres Ferrer: "El compromiso con el bienestar de las mayorías, una justa distribución de la riqueza, una lucha sin cuartel contra la corrupción y tomar como base, para el desarrollo de Costa Rica, el fortalecimiento de la educación y de la salud";
Sabemos muy bien que el socialismo democrático es, antes que un cuerpo de doctrina dogmática, una estrategia que se debe diseñar para cada momento histórico. De esta manera recogemos como nuestra la sentencia que el socialismo democrático mundial ha reconocido siempre, y que Daniel Oduber nos recordó oportunamente: "Si cambian las condiciones y circunstancias, deben cambiar las soluciones". Esto quiere decir que no hay estrategias permanentes;
Se discuten en la actualidad dos grandes temas: el Tratado de Libre Comercio con USA y el proyecto de reforma fiscal. Con relación al primero, pensamos que, de aprobarse, habrá un pequeño grupo de ganadores y un sector mayoritario de perdedores, por lo que consideramos que "nuestras gobernantes no pueden olvidar a los perdedores". En términos generales apoyamos los tratados de comercio, siempre que la actividad comercial sea libre para todos y, al mismo tiempo, justa para todos. Desde este punto de vista, no creemos que pueda existir libre competencia entre un poderoso agricultor subvencionado por el país desarrollado y el pequeño agricultor que no tiene apoyo económico en los países pobres.
Y en cuanto al tema fiscal, pensamos que no es aceptable, desde las perspectivas socialdemócratas, una propuesta que recoge la mayor recaudación fiscal del impuesto indirecto y reduce los impuestos directos a las empresas. La reforma fiscal debe ser un proyecto político que afiance los vínculos de justicia en las democracias y no una manera de empobrecer más a los pobres y de enriquecer más a los ricos;
Reiteramos que la democracia es aquella forma de gobierno que tiene su origen en el pueblo y que exige que se gobierne en su beneficio exclusivo, por lo que pide al gobernante un modo de comportamiento ajustado a eternos principios morales que no deben ser pisoteados jamás. La socialdemocracia recoge esos principios elementales y agrega que también el gobernante debe ajustar su acción a las leyes escritas y a las que tienen valor universal y humanístico como son la igualdad y la solidaridad.
RAICES
San José, 1 de mayo de 2004
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A. CONTEXTO HISTÓRICO DE LA SOCIAL DEMOCRACIA
Autor: Lic. Enrique Obregón
I. Conceptos generales de la democracia
En toda sociedad, ninguna idea económica, política o filosófica tiene una vida propia, un desarrollo que podríamos llamar particular. Todo es consecuencia de la vida real de la sociedad, de las sociedades. Una idea, sea cual fuere, tiene época y lugar determinados y es consecuente con su tiempo. Por esto, dicen bien los historiadores que para estudiar un hecho histórico es necesario situarse en el tiempo en que ocurrió. Con los parámetros del siglo XX, por ejemplo, no podemos analizar adecuadamente lo que sucedió en el siglo V antes de Cristo en Grecia.
Y si el tema es la democracia como se particulariza para la charla de hoy, podríamos remitirnos a la historia, si deseamos contar un cuento, o al mundo de hoy, si se trata de un análisis de nuestra realidad.
Históricamente, solamente quiero recordar dos precedentes que son fundamentales para acercarnos acertadamente a la idea de la democracia: el Discurso Fúnebre de Pericles y la Oración de Gettysburg, de Abraham Lincoln. En el primero, citado por Tucidedes en su Historia de la Guerra del Peloponeso, Libro II, considerado como el elogio más acertado de los ideales de la democracia por la que los combatientes atenienses dieron sus vidas, Pericles dice que es conveniente determinar qué principios condujeron a la situación de poder que en ese momento se tenía. "y gracias a qué modo de comportamiento ese poder se ha hecho grande... Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir. Su nombre, debido a que no se gobierna en interés de unos pocos sino en el de la mayoría, es democracia. En lo que concierne a los asuntos privados, la igualdad. conforme a nuestras leyes, alcanza a todo el mundo, mientras que en la elección de los cargos públicos no anteponemos las razones de clase al mérito personal, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad; y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar un servicio a la ciudad. En nuestras relaciones con el Estado vivimos como ciudadanos libres y, del mismo modo, en lo tocante a las mutuas sospechas propias del trato cotidiano, nosotros no sentimos irritación contra nuestro vecino si hace algo que le gusta y no le dirigimos miradas de reproche que no suponen un perjuicio, pero resultan dolorosas. Si en nuestras relaciones privadas evitamos molestarnos, en la Vida pública, un respetuoso temor es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y principalmente a las que están establecidas para ayudar a los que sufren injusticias y a las que, aun sin estar escritas, acarrean a quienes las infringen una vergüenza por todos reconocida".
Y en cuanto a Lincoln, su famoso discurso, repetido constantemente en los textos de ciencia política, y que tal vez por eso hemos dejado de meditar en el sentido básico que esas palabras tienen para comprender lo que verdaderamente debemos entender por democracia, termina sentenciando: "que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para pueblo, no desaparezca de la faz de la tierra".
Fíjense que tanto en uno como en el otro de estos dos discursos, se entiende por democracia lo siguiente:
Que un tipo adecuado de comportamiento en el gobernante -principios aceptados de moral- fortalece el buen gobierno.
Que el gobierno es electo por las mayorías y debe gobernar en beneficio de ellas.
Que la igualdad debe alcanzar a todos.
Que en la elección al cargo público prive el mérito personal a razones de clase.
Que la pobreza personal no es obstáculo para aspirar a un cargo público.
Que en relación con el Estado, los ciudadanos actúan libremente.
Que se debe obedecer a quienes gobiernan así como a las leyes, especialmente a las normas establecidas para ayudar a los que más sufren.
Que hay reglas que no están escritas pero cuya infracción acarrea vergüenza para sus infractores.
Que el gobierno democrático debe ser electo por el pueblo, gobernar para el pueblo y estar integrado por el pueblo.
II. Qué debemos entender por socialdemocracia
Para referirnos a este tema es conveniente recordar que durante 25 siglos se habló simplemente de democracia, sin aditamentos económicos o sociales. Este último es parte de una idea de la democracia demasiado reciente. En términos muy generales podríamos afirmar que los planteamientos socialistas comienzan a presentarse a partir de la Revolución Francesa y como una alternativa al estado liberal que esa Revolución confirmó. Es decir, un proyecto ideal de sociedad contrapuesto a un sistema de gobierno existente. El socialismo en las distintas formas que se presentaba, era una contrapropuesta ideal al Estado liberal real. Pero lo único que existía, como realidad, era el Estado liberal. Era hasta cierto punto fácil criticar los defectos y vicios del gobierno liberal con un proyecto cargado de beneficios futuros, de solidaridad y fraternidad. Este proyecto ganó grandes sectores sociales, sobre todo en las masas obreras, creó partidos políticos y logró realizar las dos únicas formas de socialismo que hasta la fecha se han realizado: el socialismo democrático y el socialismo que imperó en la desaparecida Unión Soviética. Fuera de estas dos formas, no ha existido ninguna otra realidad socialista.
El socialismo, como forma de gobierno, comenzó a tener lugar a partir de la Primera Guerra Mundial, confirmándose con mayor amplitud después de la Segunda Guerra Mundial. Entonces el liberalismo tuvo, asimismo, la oportunidad de lanzar críticas severas contra los vicios y deformaciones del socialismo imperante, tanto comunista como socialdemócrata.
Con la caída del socialismo soviético, se ha fortalecido un tipo de liberalismo muy radicalizado en lo económico y demasiado crítico de su pasado político. Es un liberalismo librecambista que ha tomado posesión de todos los campos políticos y económicos en las sociedades democráticas, y aun en las no democráticas, como China y Vietnam, a tal extremo, que en estos dos últimos países se habla ya de Estados regidos, en lo ideológico, por un socialismo extremo y dogmático y, en la realidad, de un capitalismo igualmente aberrante y dogmático. O sea, que la realidad se olvida de la ideología, la desborda y la anula, dominando lo económico sobre lo ideológico, por un sentido práctico que sobre la marcha han desarrollada esas sociedades. Este sistema mixto confirma la primera forma superior y masiva de producir que antes nadie imaginó: una dictadura férrea socialista en el poder y una producción capitalista con todo el apoyo oficial, tanto en la rama de la industria como en la agrícola. Por decirlo en alguna forma, de pronto los orientales le robaron el mandado a los capitalistas occidentales, amenazándolos con liquidarlos a la vuelta de veinte años, mediante un nuevo y hasta ahora desconocido sistema de gobierno: dictadura socialista extrema y producción capitalista. Si Adam Smith y Carlos Marx resucitaran, se abrzarían en sus tumbas sorprendidos para exclamar: ¿Pero qué fue lo que propusimos?
Los suecos, y algunos pensadores socialdemócratas, habían sugerido hace varias décadas una aparente solución al combate contra la pobreza: producción capitalista y distribución socialista. Pero este planteamiento nunca pudo llevarse a la realidad porque ningún capitalista del mundo iba a trabajar para que el producto de su esfuerzo fuera distribuido equitativamente entre los desvalidos.
Pero los chinos y los vietnamitas han inventado lo contrario: gobierno socialista y producción capitalista. Y esto sí es y esta siendo posible. Algo parecido a la anécdota que cuentan algunos religiosos del catolicismo. Se comenta que los jesuitas consideran a los monjes dominicos inferiores desde el punto de vista intelectual. Se dice que en cierta ocasión los dominicos preguntaron al Papa si podían fumar mientras rezaban, y el Papa les contestó que eso no era posible. Entonces los jesuitas invirtieron la pregunta y le preguntaron si podían rezar mientras fumaban, y Su Santidad les contestó que sí.
Pues bien, los socialdemócratas no pudieron producir como capitalistas y distribuir como socialistas, pero los chinos ahora pueden gobernar como socialistas y producir como capitalistas (pero sin distribuir según lo que habían sido hasta el momento) aprobando la práctica de un capitalismo agresivo y explotador. Para el futuro próximo, China es la gran amenaza de todos los países pobres del mundo y no está lejos otra imprevisible realidad: que los Estados Unidos lleguen a ser los grandes defensores de los pobres frente a la amenaza del máximo país capitalista del mundo -que sería China- que logró suprimir la libertad, los derechos y la democracia, imponiendo el mejor sistema capitalista jamás inventado: el que opera dentro de una absoluta dictadura. Para entonces, ya no tiene sentido si esa dictadura es de derecha o de izquierda, pues los términos se confundirán en el ejercicio del poder absoluto.
Un economista, dice Galbraith, es un especialista en interpretar el presente económico que está viviendo. El futurólogo en economía, afirma, es un charlatán. No es posible saber lo que sucederá en sociedades futuras que desconocemos. Lo mismo podemos decir de los políticos y, sobre todo, de los socialdemócratas, que debemos ser especialistas en estrategias para el presente y, a lo más, para el futuro inmediato producto de este presente. Sin embargo, la tecnología, que transforma de un día para otro el presente en pasado, dificulta más el encontrar una estrategia para un presente que se nos escapa casi al finalizar cada día.
Debemos seguir entendiendo que la socialdemocracia no es una ideología sino una forma de resolver los problemas sociales según lo que está sucediendo. No tanto por lo que ha sucedido y menos por lo que sucederá. Por lo que no es posible entrar en análisis de lo que tendríamos si otros hechos hubieran dado origen a un presente distinto. Es conveniente recordar las palabras del Dr. Gregorio Marañón: "Es un pecado contra las leyes de la historia pretender analizar lo que hubiera sucedido de no haber sucedido lo que sucedió".
La realidad actual, y eso es lo que cuenta, es la siguiente: Todas las democracias de este momento se desenvuelven bajo un régimen totalmente liberal dominado por un sistema de producción esencialmente capitalista. Esta realidad demuestra que todos los planteamientos socialdemócratas y socialistas en general, fueron temporalmente derrotados. El Estado de bienestar que nació y floreció a partir de la última guerra mundial, ha sido desmantelado en su casi totalidad. El socialismo democrático que lo tuvo como su máxima conquista social, se dejó arrebatar esa bandera, al ceder su campo de iniciativa política y de solución de los problemas sociales a los liberales. En estos momentos, la socialdemocracia no actúa, sino que se defiende y, al defenderse, se confunde con los liberales, ya que solamente sus propuestas son las que se discuten.
Con una imperdonable timidez, el socialdemócrata siente temor de defender todo lo que constituyó su orgullo democrático y su razón de ser. Su pasividad lo ha marginado casi al borde de la desaparición total. Históricamente, se han intercambiado posiciones. El crítico socialista de hace cien y menos años del liberalismo gobernante ha sido desplazado por el crítico liberal del socialismo que gobernó hasta hace pocos años. De esta manera, el liberal clásico, enemigo del sufragio universal, usa este sufragio para desplazar del poder a la socialdemocracia y, con ella, casi todos los fundamentos de la democracia. En su crítica, ataca y desautoriza la legitimidad del parlamento y desplaza a los socialdemócratas tanto de la acción política como de los órganos de decisión. Los partidos políticos y los sindicatos, antes protagonistas de la propuesta política y social, han desaparecido de la escena pública y en ella dominan ahora las cámaras patronales, las grandes empresas particulares y el representante del gran país capitalista. Los tratados de comercio que se están imponiendo y que determinarán toda la relación económica y social de todos los pueblos del mundo, son discutidos y firmados, fundamentalmente, por los representantes de las grandes empresas, sean particulares, sean personeros gubernamentales.
Entonces, ¿qué es la socialdemocracia, en este momento, en un país como el nuestro? Un grupo desteñido y en fuga que se dedica, casi podría decirse que al calor del fuego de los hogares, a contar la historia de lo que fue, sin capacidad alguna para exponer un proyecto político que ilusione y lleve alguna esperanza a las pueblos. En Costa Rica, y en casi todos los países del mundo, la socialdemocracia se confunde con el rampante liberalismo, al defender las propuestas de éste como si fueran propias. Recordamos todavía las viejas banderas de solidaridad, justicia y derechos fundamentales, así como el derecho de los ciudadanos a elegir libremente a los gobernantes. El resultado es que tenemos total conciencia de nuestras necesidades, reclamando diariamente al gobierno crear condiciones apropiadas para satisfacerlas, pero nos damos cuenta de que el gobierno no puede atender nuestro reclamo.
La realidad es un pueblo al que el socialismo democrático ha capacitado para vivir bien, que sabe que tiene derecho a esa forma de vida, pero que entiende que no hay posibilidad, por el momento, de llegar a una satisfacción mínima del estado de bienestar. La desocupación aumenta, y con ella, la desesperación. Y esto ha llegado a extremos tan lamentables, que bien podríamos aplicar en nuestra sociedad aquella afirmación del dirigente tradicional de un sindicato en un país del norte, en el cual la desocupación llegó a grados extremos. Este trabajador decía: "ANTES YO LUCHABA EN MI SINDICATO CONTRA LA EXPLOTACIÓN DEL PATRONO PARA EL CUAL TRABAJABA. AHORA PIDO A GRITOS A UN PATRÓN PARA QUE ME EXPLOTE".
No es lo mismo un socialista en la oposición que un socialista en el gobierno. En la oposición, el socialista levanta banderas auténticas; en el gobierno, con el transcurso del tiempo -en ocasiones muy poco tiempo- va adquiriendo cara de liberal. Lo grave de esto, como afirma un humorista español, es que el que tiene cara de algo es que lo es. El socialdemócrata se ha convertido en liberal, pero con una desventaja: que sigue afirmando que es socialdemócrata. Comenzamos, en una primera etapa, por crear el Estado benefactor, con alguna intención de darle una cara buena al capitalismo malo; pero siempre resguardando y manteniendo al capitalismo. Entonces éramos capitalistas con máscara de socialistas.
La oportunidad se nos escapó y ahora el capitalismo nos supera y nos doblega. Y esa es la realidad con la cual tenemos que contar: vivimos un liberalismo a ultranza y un capitalismo bestial. De aquí ha de partir el análisis que debemos emprender para saber si es posible un planteamiento socialdemócrata dentro de esa cruda realidad.
No podemos, y posiblemente, no debemos declararle la guerra al liberalismo ni al capitalismo. Tal vez lo procedente es proyectar una estrategia paralela -no esencialmente contraria- para obtener el beneficio social que esta realidad puede ofrecer. Pero sabiendo que hay una gran confusión cuando se analiza el Estado, de la actualidad, con una estructura legal de Estado protector, de titular de los derechos de los ciudadanos, de defensor de garantías sociales básicas y, al mismo tiempo, de un Estado liberal, dirigido por empresarios, que defiende a ultranza el librecambismo, que rechaza ese Estado proteccionista, y que enarbola la libertad de empresa y de comercio absoluta sin limitación alguna. El Estado que vemos los socialdemócratas no es el Estado que ven los liberales. De aquí que sea procedente el símil que transcribe Norberto Bobbio en su libro El futuro de la Democracia: "Si dos personas que observan desde lejos una figura, una dice que es un hombre y la otra dice que es un caballo, antes de conjeturar que ninguna sabe distinguir un hombre de un caballo, es válido pensar que vieron un centauro (a lo más, se podría sostener que como el centauro no existe, se equivocaron los dos)".
¿Cuál es el centauro que, sin existir, estamos viendo en Costa Rica los socialdemócratas y los liberales en este momento?
En consecuencia, lo que apreciamos ahora es el retorno a los orígenes. De nuevo el socialismo está en la oposición, impera el gobierno liberal y solamente se está a la espera de un nuevo proyecto socialdemócrata. La diferencia está en que los socialistas de hace cien años tenían muy claro lo que pensaban, proponían y deseaban. Asimismo los liberales. En este momento, los liberales tienen muy claro lo que pueden y quieren hacer, pero los socialdemócratas están totalmente confundidos. La pregunta que debemos contestar es la siguiente: ¿Cuál es la alternativa al gobierno liberal de nuestros días? Hay que inventar una nueva estrategia, porque lo que apreciamos hoy no es el mundo liberal de fines del siglo diecinueve. Lo que existe en este momento es la inconcebible revolución al revés. El grito que da la globalización es el siguiente: "PODEROSOS DEL MUNDO UNIOS". Cuando los poderosos se unen universalmente no puede ser más que contra los miserables. Siempre las revoluciones fueron de pobres contra ricos, y generalmente con escasas posibilidades de triunfar. Por cada cien revoluciones fracasadas hubo una triunfante y, frecuentemente, a medias. Pero cuando los poderosos se unen, defendiendo sus poderes y sus riquezas, el fracaso no es su posibilidad inmediata. El liberalismo triunfa, el rico a su riqueza y el pobre a su pobreza.
Si solamente hay dos ideologías en el mundo -socialismo y liberalismo- para la solución de los problemas nacionales y mundiales, también solo hay dos respuestas, teniendo en cuenta de que ahora, desaparecido el socialismo extremo y dogmático, solo nos queda la socialdemocracia. No hay más.
Para los veinte años transcurridos entre 1950 y 1970 estaba presente, al menos, la posibilidad de la insurrección violenta en América Latina. Era una posibilidad final con la cual se contaba. Si la palabra y el dialogo fallaban, estaba la respuesta del disparo del fusil. Ahora no.
Se nos pide, se nos viene pidiendo que la solución civilizada y democrática es la libre competencia. Pero el país poderoso protege y subvenciona su producción y dice: en nuestro país la alimentación es un asunto que no discutimos porque pertenece a la esfera de la seguridad nacional. ¿Puede competir libremente el rico con el pobre, el poderoso con el miserable? En los mercados mundiales, ¿quién tiene la voz? El diálogo democrático se convierte así en imposición totalitaria. No hay diálogo, no puede haberlo, porque los términos de discusión los fija la parte que maneja los intereses mundiales. El diálogo y la libre competencia son dos de las grandes mentiras de nuestro tiempo.
II. Necesidad de retornar al estado de bienestar
¿Cómo volver al Estado de bienestar? O mejor: ¿Es posible retornar al Estado de bienestar? Porque, si es posible ahora, es posible también redactar un proyecto de democracia verdadera para nuestro futuro inmediato. Pero si no es posible, ¿cuál es la alternativa?
Lo que se debe tener en consideración es que el planteamiento inicial del Estado de bienestar, no comprendía el bienestar para todos porque, de comprenderlo, se estaría liquidando el liberalismo y el capitalismo que le sirve de base económica. El Estado de bienestar era, fundamentalmente, para el fortalecimiento de la clase media, con una puerta, muy estrecha, para el ascenso de pequeños sectores obreros.
El Estado de bienestar fracasó porque no encontró la manera de distribuir adecuadamente la riqueza y el avance tecnológico sobrepasó el desarrollo político de la democracia. La tecnología y la incapacidad de los partidos políticos para poder actuar en la nueva sociedad terminaron por enterrar el Estado de bienestar.
Pienso que tal vez el socialismo democrático de este tiempo no tiene respuestas totales para la solución de los grandes conflictos y de las crecientes necesidades de los pueblos. Solamente pequeñas soluciones parciales, pero sabiendo que estamos en una época de tránsito que tiene sus días contados. Al socialismo, a la democracia y al ansia de libertad de los pueblos nadie, jamás, podrá liquidarlos definitivamente.
Una sociedad como la costarricense todavía conserva un mínimo aceptable de seguridad social y de escolaridad que otros países en vías de desarrollo no tienen. Parte de la lucha ha de centrarse en conservar esos logros que aún tenemos. En una época, nos habíamos armado contra los riesgos del futuro, ya que podíamos planificar bien las consecuencias del desenvolvimiento natural del riesgo que nuestra sociedad producía. Pero resultó imposible hacerle frente al riesgo fabricado por una forma distinta de producción capitalista.
Es posible que tengamos que admitir, no que hayan desaparecido las ambiciones históricas del socialismo, pero si las posibilidades de concretarlas. El socialdemócrata de hoy sabe que no se puede hacer grandes ilusiones en cuanto al socialismo, pero sabe también que en la historia de la humanidad nunca ha existido una permanente oscuridad. Solamente tengamos presente lo siguiente: que las ideas de libertad, fraternidad y derechos naturales de todos los hombres son facultades propias de la humanidad y que la incertidumbre del trágico momento histórico que vivimos es totalmente prefabricada. Una verdad, por más vieja que sea, continuará siendo verdad aun cuando todos los conculcadores de libertades traten de sepultarla para siempre.
Termino transcribiendo el párrafo final del libro Más allá de la izquierda y la derecha de Anthony Giddens:
"Empíricamente, son posibles muchas situaciones de desastre: el ascenso de nuevos totalitarismos, la desintegración de los ecosistemas del mundo, una sociedad fortaleza de ricos, en lucha permanente con la mayoría pobre. Pero en la realidad existen tendencias opuestas a estas situaciones, del mismo modo que hay fuerzas que se oponen al nihilismo moral. La ética de una sociedad universalizadora y post-tradicional implica el reconocimiento de la santidad de la vida humana, y el derecho universal a la felicidad y la realización, junto a la obligación de promover la solidaridad cosmopolita y una actitud de respeto hacia los organismos y entidades que no son humanos, en el presente y en el futuro. Lejos de ver la desaparición de los valores universales, ésta es quizá la primera ocasión, en la historia de la humanidad, en la que dichos valores tienen una verdadera posibilidad de salir adelante".
Permanece una luz encendida, y esto nos permite la redacción de un nuevo proyecto para la consolidación de los mejores valores espirituales y morales de todos los hombres de la Tierra.
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Autor: Lic. Enrique Obregón
La confusión nos llega de rebote, como objeto que se lanzó y cuyo impacto no esperábamos. Es una información que confunde, el conocimiento de una situación que no tiene fundamento en teorías previamente elaboradas. De pronto nos enteramos de que la democracia no funciona. El Parlamento ha quedado fuera de la realidad imperante. Los partidos políticos, sorprendidos, se muestran incapaces de interpretar adecuadamente el espíritu del tiempo, por lo cual ya no tienen capacidad para ser intermediarios directos entre las necesidades del pueblo y los gobernantes.
- Países ricos, países pobres
Como el poder tiene que manifestarse, se traslada a sectores organizados de la sociedad, como los sindicatos o los empresarios. Algunos ciudadanos, un tanto despistados, se escandalizan, y acusan al gobernante de incapaz. Otros, señalan a los grupos de presión, manifestando que están usurpando la soberanía y violando la Constitución, al juzgar que la causa del mal es esencialmente nacional. Pero hay analistas, como don Guillermo Zúñiga, Ex viceministro de Hacienda, que señala causas externas para el mal funcionamiento en los sectores del poder público. La democracia está bloqueada, manifiesta. Y refiriéndose al Informe de las Naciones Unidas sobre desarrollo humano para el año 2002, dice que "en el orden global, sobresalen tres aspectos: el aumento de la brecha entre países pobres y ricos, el elevado número de gobiernos refractarios al sistema democrático y el peso preponderante de los países ricos en las decisiones económcas o financieras de repercusión mundial, pese a que éstas afectan particularmente a las naciones más pobres", El señor Zúñiga aclara que éstas no son razones únicas del desequilibrio social, ya que cuentan también la responsabilidad de los gobernantes y la corrupción.
- Sobrecarga de demandas
Sea cual fuere el tipo de democracia que se pueda señalar -teniendo en cuenta factores económicos, sociales, políticos, filosóficos o jurídicos- lo cierto es que los teóricos están de acuerdo en admitir que el fin último de la democracia es "proveer las condiciones para el pleno y libre desarrollo de las capacidades humanas esenciales de todos los miembros de la sociedad". Es decir, crear un ambiente de paz, seguridad e igualdad de oportunidades para que esas capacidades humanas naturales puedan desarrollarse. Falla entonces la democracia que se manifiesta incapaz de acercarse a ese fin. Cuando la sociedad aprecia estas fallas, la crítica contra el sistema no se hace esperar. Algunos, más pesimistas, sostienen que la democracia ha entrado en crisis insalvable, señalando toda clase de soluciones (algunas fuera de todo análisis democrático) que es cuando aparece el concepto de "ingobernabilidad", o sea, que estamos en presencia de un sistema que no se puede gobernar. El tratadista italiano Norberto Bobbio, comentando el tema de la gobernabilidad, nos dice lo siguiente: "En especial, las posiciones más genuinas son las de aquellos que atribuyen la crisis de la gobernabilidad a la incapacidad de los gobernantes y las de los que atribuyen la ingobernabilidad a las demandas excesivas de los ciudadanos.
En esta segunda posición se define la ingobernabilidad como una sobrecarga de demandas. En línea general, las dos interpretaciones tienen algunos puntos de contacto, pero si se consideran como completamente distintas tienden a degenerar en acusaciones (contra los gobernantes o contra algunos grupos sociales, como los sindicatos) o en posiciones ideológicas (regreso a un mítico estado de "quietud" del sistema fundado en la obediencia de los ciudadanos o avance hacia el socialismo o superación del capitalismo). Su debilidad principal está en la falta de integración, en el plano analítico, de dos componentes fundamentales: capacidad y recursos de gobiernos y gobernantes, por un lado, y demandas, apoyo y recursos de los ciudadanos y grupos sociales por el otro. La gobernabilidad y la ingobernabilidad no son, pues, fenómenos acabados, sino procesos en curso, relaciones complejas entre los componentes de un sistema político".
- Ingobernabilidad
La ingobernabilidad no es algo nuevo, pero el estado de conciencia social sobre las labores de gobierno, si. El mal llamado exceso de demandas no es otra cosa que el resultado del derecho que las gentes del pueblo tienen a una vida mejor, a un estado de bienestar. Cuando el obrero y el jornalero del campo entienden que ellos también tienen derecho a disfrutar de bienes y servicios, igual que el gran señor, entonces nace la presión y el "exceso de demandas".
S.P. Huntington (La crisis de la democracia) señala que "la gobernabilidad de una democracia depende de la relación entre la autoridad de las instituciones de gobierno y la fuerza de las instituciones de oposición". En todo esto, hay problemas políticos, de gestión administrativa, de falta de apoyo político de los ciudadanos a las autoridades, o sea, de racionalidad y de legitimidad. Pero, en todo caso, como lo señalan algunos autores, la ingobernabilidad ha renacido, a partir de los setenta, cuando todas las democracias se estancaron, interrumpiendo el crecimiento constante que venían disfrutando desde 1950. La democracia logró fortalecer la clase media y dar aporte significativo a los sectores más pobres, sobre todo en trabajo, salud y educación. Este retroceso social de la democracia con la globalización y con el consecuente traslado de las decisiones sociales a las grandes empresas y organismos creados para atender exclusivamente a los intereses de las empresas, rompió el orden natural de desarrollo de los países, puso en duda la capacidad de gobernar, deslegitimando así a las instituciones democráticas históricas.
- Presión ciudadana
La sobrecarga de demandas, no es otra cosa que la presión de los ciudadanos y grupos sobre los gobiernos para que mantengan al menos, el nivel de vida que tenían hasta 1970 y que perdieron casi en su totalidad. El gobernante, que recién asciende al poder, puede tener grandes capacidades y buenos deseos de solucionar los asuntos públicos, pero está totalmente imposibilitado para atender debidamente demandas populares. La presión internacional sobre el gobernante democrático es brutal, a tal extremo, que si desatiende las "órdenes" que vienen del exterior, lo más seguro es que no termine normalmente su período constitucional. Los pueblos, hasta el momento, están perdiendo la pelea. El capital financiero mundial obliga a los gobiernos a divorciarse de los intereses nacionales, o sea, abandonar su compromiso con el pueblo. Nace entonces, con caracteres muy vivos, la ingobernabilidad.
- Disyuntiva del gobernante
A partir de aquí, del conocimiento de las causas que imposibilitan el buen gobierno, los hombres designados a conducir los asuntos públicos se encuentran ante la disyuntiva de unirse con los ladrones internacionales de derechos y libertades, o solidarizarse valientemente con sus propios pueblos. De inclinarse por esta segunda opción, lograrán demostrar que esa es la única forma de no perder legitimidad y de mantener viva la democracia.
"La legitimidad es el producto de las prestaciones gubernamentales que satisfacen las exigencias de amplios grupos sociales", y esto se logra cuando el gobernante entiende que fue electa, fundamentalmente, para solucionar las necesidades de las mayorías. Aún en la más extrema de las crisis, un gobernante que entiende esto, asegura la legitimidad de su gobierno y colabora eficientemente en salvar la democracia. Todos los poderes negativos mundiales jamás podrán derrotar a un gobierno solidariamente unido con su pueblo. Pero para una decisión de esta clase, previamente, el gobernante está obligado a mirar un poquito debajo de su cintura para saber si tiene algo con qué responder.
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Autor: Lic. Enrique Obregón
Todos los demócratas del mundo pensamos que la democracia debe proporcionar una necesaria igualdad social. Pero las discrepancias se presentan cuando deseamos encontrar una definición universalmente admitida sobre la igualdad. Desde un punto de vista jurídico, hemos escuchado, desde hace más de dos siglos. que todos los hombres nacemos iguales y que la ley debe proteger esa condición. Entonces se habla de la igualdad ante la ley. Pero, ¿qué quiere decir esta igualdad? Sencillamente que la ley se aplica para todos de manera imparcial, y no que todos han de recibir partes equivalentes.
Si una ley establece que unos pueden recibir más que otros - como podría suceder, y sucede, con impuestos injustos - esa regla de distribución da trato igualitario al que beneficia y al que perjudica, si la ley se aplica de manera imparcial.
- Negros y blancos
En ciertas democracias occidentales han existido leyes que regulan tratamiento distinto, por ejemplo, entre negros y blancos, al limitar el derecho de votar solamente para los blancos. Entonces, por ley, los negros no pueden votar. Si esta ley se aplica, interpretándola correctamente, el trato es igualitario porque hay total imparcialidad en la aplicación de la ley. El blanco al votar, y el negro, al no poder hacerlo, son iguales ante la ley, porque eso es, precisamente, lo que la ley establece.
Este ejemplo nos presenta un cuadro sumamente objetivo de las muchísimas diferencias sociales que se desprenden de las leyes en una democracia como privilegios y oportunidades -- que unos tienen y otros no. De esta manera, el buen gobernante y el buen juez, al aplicar la ley, son imparciales, ratifican la igualdad ante la ley, pero la ley, por sí misma, puede ser parcial, es decir, injusta y falta de equidad.
Hay desigualdades naturales, físicas e intelectuales, y desigualdades que la convivencia va marcando y que podríamos llamar sociales. A la vez, como principio democrático, deseamos satisfacer las necesidades fundamentales de manera igualitaria. Se piensa en la igualdad de oportunidades para llegar a la igualdad de la satisfacción de las necesidades básicas. Pero las personas son desiguales por naturaleza y por desarrollo social. La desigualdad es un hecho que no puede evitar. En consecuencia la desigualdad natural y social solamente puede equilibrarse con la ley desigual. No puede haber justicia con leyes iguales para sociedades desiguales.
- Distribución desigual
De esta manera, podemos hablar de una mayor igualdad ante la ley, cuando ésta sea desigual, o sea, de mayor protección a los sectores más necesitados. Así, habría mayor equilibrio cuando reafirmamos el principio de igualdad ante la ley si ésta se manifiesta desigual.
La democracia moderna debe aceptar que si existe una distribución desigual por naturaleza y por desarrollo social, el Estado debe intervenir imponiendo leyes de distribución desigual, para lograr equilibrios de justicia y equidad.
El juramento constitucional que se impone a los gobernantes de cumplir fielmente la Constitución y las leyes es una obligación eminentemente regresiva y conservadora, al no existir, al mismo tiempo, un juramento que le obligue a luchar por la transformación de las leyes en preceptos de mayor justicia y equidad. Desde este punto de vista, la única "ley aceptable, socialmente aceptable, es la que responde a la satisfacción de una necesidad colectiva".
El principio democrático supremo, es el siguiente: el pueblo elige al gobernante para que opere, a través del poder, un cambio en beneficio de la sociedad. Y ese cambio lleva implícito, desde luego, la sustitución de la ley que oprime por la ley liberadora.
El gobernante democrático siempre debe ser un gran legislador y, al mismo tiempo, un gran moralizador. Un conductor de pueblos que suprima las malas prácticas que toda ley va acumulando a través del tiempo, por buenas costumbres. En consecuencia, el buen gobernante es también un maestro que enseña a vivir según principios morales que se fundamentan en todo lo que podemos entender por humanismo, solidaridad y fraternidad.
- La fuerza poderosa
Toda gran convulsión social -como guerras, revoluciones o caída de un imperio- pone en duda principios, valores, y hasta doctrinas políticas y religiosas que se consideraban como inamovibles. Por ejemplo, desde que se desplomó el imperio soviético, algunos anunciaron el fin de las ideologías. Un brillante intelectual de ascendencia japonesa anunció la muerte de la historia, y otros, no pocos piensan en el fin de la civilización, como aquel amigo de su infancia que cita Raymond Aaron en sus memorias, que una vez le manifestó, con gran prepotencia, que con el desaparecería totalmente la filosofía.
Los grandes cambios en la geopolítica mundial de los últimos veinte años, nos han traído, entre otros males, un mundo cargado de dudas y ausencia de rumbos claros. Políticos, intelectuales y teóricos de ciencia política que desean una democracia que funcione bien, no han podido encontrar un planteamiento teórico al cual se pueda recurrir para formular planes de desarrollo que garanticen el bienestar general. Todo la contrario, lo que se aprecia es una fuerza poderosa que impone prácticas políticas y económicas, en nombre de una libertad absoluta de comercio, que no tiene en cuenta el beneficio de las grandes mayorías. Se nos pide derogar todo tipo de ley para que el comercio mundial no tenga tropiezos ni obstáculos. Pero, en nombre de las leyes internacionales de mercado que rigen en la actualidad, nosotros -en un país como el nuestro- no podemos destruir al Estado. Dentro de la confusión y de la ausencia de principios doctrinarios aplicables a nuestro tiempo, pienso que los socialdemócratas costarricenses tenemos dos directrices que pueden marcamos rumbos con gran claridad: nuestra historia, con actitudes ejemplarizantes de pensadores y políticos que nos indican por dónde debemos marchar, y los principios y preceptos morales del socialismo humanista. Lo que somos, como historia propia, y lo que somos como parte de una corriente civilizadora que nos ha nutrido la mente y el espíritu durante cinco siglos.
- Estado de tradición
Lo aconsejable es fortalecer el Estado, según nuestra tradición histórica, y procurar la solidaridad social mediante leyes que garanticen el bienestar general. Dentro de la amplitud de esas dos grandes tradiciones, debemos encontrar el camino para realizar todo lo que podemos y apartarnos momentáneamente de aspiraciones totales. Pensar en el futuro siempre, en la justicia social siempre, pero sabiendo que sólo podemos realizar lo posible. Como decía acertadamente Maurice Duverger, para construir un socialismo utópico la primera condición es librarse de ilusiones acerca del socialismo.
De esta manera, debemos luchar por la igualdad, como principio superior, pero sabiendo que no puede lograrse en su totalidad. Si recordamos bien, Oscar Arias propuso el gobierno de la meritocracia, que es un tema que algunos teóricos vienen proponiendo desde hace bastantes años, y que Platón lo planteaba como gobierno de los filósofos. Pero la meritocracia puede ser justa y hasta conveniente, pero no es igualitaria. Los que acumulan méritos suficientes tuvieron oportunidades mejores que la mayoría no pudo obtener, además de desigualdades naturales que los beneficiaron. La habilidad de una persona, así como las oportunidades que tuvo, son factores que han estado lejos de su control. El gobierno de las inteligencias superiores y cultas puede ser necesario y hasta imprescindible en un momento determinado, sin que eso quiera decir que un hombre culto, en todo caso, siempre realizará un gobierno mejor y de mayor alcance democrático que otro que no tenga una cultura superior. La meritocracia es buena, pero el mérito mayor de un hombre, sobre todo de un gobernante, está en su alma y en el recto sentido moral que pueda imprimir tanto en su vida privada como pública y esa es cualidad que ninguna universidad del mundo puede acreditar.
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Autor: Lic. Enrique Obregón
Hace treinta y un años, Rufino Gil Pacheco, uno de los más auténticos social demócratas que todavía quedan en Costa Rica, escribió un interesante artículo sobre las elecciones en nuestro país, y del cual entresaco las siguientes frases: "Para el costarricense, el darse libremente sus gobernantes, es un derecho sagrado, y lo ha conquistado, inclusive, con su sangre. la libre voluntad del sufragio es toda una institución. Décadas y décadas trabajando en su pulimento, porque para el costarricense es su gran conquista, en ella está una parte de su ser. ¡Su voto no puede ser robado!. ¡Ni vendido!. ¡Ni comprado!. Es de él, le pertenece y libremente ha de ser entregado el día de las elecciones".
- Madurez política democrática
Para los costarricenses de hoy, para los jóvenes de nuestro tiempo, esto es totalmente natural. Nacieron a la vida política con esa realidad: todos, ciudadanos y autoridades, respetan la libertad de elegir, la paz de Costa Rica, en gran medida, se debe a ese respeto. Con el transcurso de los últimos cincuenta años, nos hemos acostumbrado a soportar la pérdida de nuestra agrupación política y a tolerar el triunfo de nuestras contrarios. Eso se llama madurez política democrática. Al iniciar los primeros pasos del siglo XXI, ningún costarricense se atrevería a levantar su brazo armado pretendiendo anular el resultado de unas alecciones nacionales. Durante la segunda mitad del siglo XX aprendimos una elemental lección de conveniente armonía democrática: gobierna el partido político que obtiene la mayoría y éste, a su vez, se compromete a respetar el derecho de las minorías.
Este espíritu que señala hacia esa forma de vivir en paz, justicia y libertad, que es lo que entendemos por democracia, ha estado presente a lo largo de toda nuestra historia, desde el primer día en que decidimos aceptar nuestra existencia como un Estado independiente y soberano. Pero, desde 1821 hasta 1948, hubo una separación entre las aspiraciones democráticas del pueblo y la realidad. Golpes de Estado, cuartelazos y fraudes electorales marcaron la tónica con algunos oasis de relativa seguridad democrática.
- Voto por el futuro
La revolución de 1948 fue el último movimiento armado que ha tenido lugar en Costa Rica para obligar a las autoridades a respetar el voto libremente emitido en la urna electoral. Durante el transcurso de esta lucha armada, los costarricenses aprendimos lo que señala acertadamente Rufino Gil: el voto no puede ser robado, ni vendido, ni comprado. El voto decide, escoge y rechaza, pero también exige. Y esto es algo que igualmente hemos aprendido. El ciudadano, al votar, otorga un poder al gobernante pero, al mismo tiempo, le exige que ha de realizar un cambio durante el ejercicio de ese poder. De esta manera, el voto no es un voto por el pasado; es siempre un voto por el futuro.
Entonces comprendimos, a partir de 1948, que la democracia tenía una dimensión que sobrepasaba esa condición de elegir simplemente, porque estaba imponiendo, asimismo, la obligación de conquistar nuevos derechos y libertades en los amplios campos de lo económico y social. En consecuencia, es que se nos convoca solamente para elegir, sino que elegimos para operar un cambio desde el poder. El gobierno democrático ha de garantizar siempre una nueva conquista social y económica, de lo contrario, se aparta del mandato popular y se convierte en antidemocrático. La legitimidad que da consistencia al gobierno de las pueblos no es solamente legal; también es moral. Este sentido ético es trascendental, porque el gobernante que no cumple con su palabra de transformar la sociedad, de realizar los cambios necesarios y posibles, traiciona las más puras aspiraciones del pueblo. - La herencia de Figueres
Esta es la herencia sagrada que los costarricenses hemos recibido de José Figueres Ferrer, de todos los que lucharon y murieron por la democracia de este país, y del Partido Liberación Nacional. Es decir, un estado de conciencia nacional que nos permite saber lo que necesitamos y la forma de obtenerlo.
En su libro "Las raíces del Partido Liberación Nacional", dice Daniel Oduber que "hasta 1940 llegaron entrelazándose, a veces fortaleciéndose, a veces debilitándose, tres líneas muy claras de pensamiento político nacional: la democracia liberal; la intervención del Estado en la economía, que iniciada levemente en esa democracia liberal, obtuvo sus más grandes fuerzas en el gobierno de González Flores; y la gran parte que representa el socialismo costarricense. Yo diría que ese socialismo costarricense existe también desde los albores de nuestra Historia, y marca su punto culminante en la gesta de Jorge Volio".
Es interesante lo que expone el recordado amigo Oduber, porque es la herencia que ha defendido siempre el Partido Liberación Nacional: la democracia política del liberalismo, la intervención del Estado en la economía y la lucha por la justicia social y la solidaridad del socialismo.
- Liberación y el desarrollo
La sociedad que hoy tenemos en Costa Rica es completamente distinta a la que existía antes de 1948. Todos los adelantos que disfrutamos en educación, salud, vivienda, energía eléctrica, carreteras -de mayores oportunidades en general- se deben al Partido Liberación Nacional. Solamente pensemos en un detalle. Antes de la Revolución del 48, los hijos de los campesinos apenas tenían acceso al primero o segundo grados de la escuela primaria, y jamás a la secundaria y la universitaria. Hoy, los colegios y universidades tienen centros en todos los cantones del país, aún en los más alejados. Es por esta razón que hemos apreciado cómo, desde hace más de treinta años, la mayor cantidad de profesionales -- médicos, ingenieros, abogados, maestros -- proviene del sector rural. El socialismo democrático integró el campo a la ciudad y dio oportunidades exactamente iguales para todos.
Hace pocos meses visité a un amigo en Pérez Zeledón, campesino que vive en las montañas cercanas al Cerro Chirripó, y en la conversación del café con tamal asado, me hizo la siguiente observación: "Cuando usted y yo nos conocimos, hace sesenta años aquí no teníamos escuela, ni electricidad, ni cañería, ni caminos. Éramos un pueblo totalmente abandonado. Hoy llega usted a la puerta de mi casa en automóvil, yo veo la televisión al atardecer y mis hijos van a la universidad. Ciertamente los tiempos vuelven a ser difíciles y las campesinos nos sentimos otra vez abandonados. Pero pienso que ahora es distinto y que nosotros tenemos una fuerza que antes no teníamos. Ahora, si queremos, se nos escucha, y si presionamos, tendrán que ayudarnos".
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