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EL EJERCITO LIBERTADOR DEL COMANDANTE FIGUERES

Oscar Arias Sánchez

Discurso pronunciado el 7 de junio de 1988, en Nueva York, Estados Unidos de América,
en el Decimoquinto Período Extraordinario de
Sesiones de la Asamblea General de las
Naciones Unidas, dedicado al desarme.


Setiembre de 1986

La primera vez que hablé ante esta Asamblea General, en setiembre de 1986, dije que venía de un pueblo sin armas, de una Centroamérica agobiada por la violencia. Hablé de las largas décadas de opresión y miseria que precedían al despertar democrático de nuestra pequeña América. Hablé de revoluciones traicionadas y afirmé que Sandino había vuelto a ser asesinado en Nicaragua, porque la revolución que él esperaba y que América Latina entera anhela, solo puede darse en libertad y democracia. Reafirmé mi fe inquebrantable en una solución pacífica y diplomática a los graves conflictos regionales.

Setiembre de 1987

La segunda vez que hablé ante esta Asamblea General, en setiembre de 1987, hablé del plan de paz que habíamos firmado los centroamericanos en Guatemala. Les pedí apoyo para ese plan y dije que no queríamos seguir caminando a oscuras por la historia, cargados de pobreza y atormentados por la guerra. Afirmé que queríamos un destino diferente, una paz duradera, que solo podía ser garantizada por la democracia y la libertad.

En mis dos mensajes anteriores expresé el apoyo de mi país a las iniciativas de desarme. Afirmé que la carrera nuclear se había transformado en un monumento gigantesco que exhibía la ceguera del poderoso. Reiteré que propiciamos la reducción de armamentos como una necesidad para la paz y un mandato para el desarrollo. Como pueblo sin armas ni soldados, sabemos que la seguridad no se logra con la fuerza, no se alcanza con la amenaza, y no se mantiene con la violencia.

Vengo a hablar de desarme

Hoy vengo aquí por tercera vez. Ahora a hablar de desarme, es decir, de paz, de cambio, de desarrollo. Muchas cosas han pasado en estos dos años, y algunas han sucedido muy rápidamente. Se firmó un primer acuerdo que reduce las armas nucleares. Es ese un camino de esperanza que todos debemos alentar. Hay un plan de paz centroamericano, que por encima de enormes obstáculos y mucho por hacer, ha silenciado armas y abierto periódicos. Hay tropas soviéticas que se retiran de Afganistán. Persisten luchas crueles en que se matan hermanos desde las alturas de Machu Picchu hasta los valles de Irlanda, desde selvas hasta desiertos y mares.

Un mundo nuevo

Por encima de éxitos y fracasos, hay espacios de libertad que han ganado los hombres en todos los confines de la tierra. Hay un mundo nuevo que surge por doquier, como producto de los avances de la libertad en todos los continentes y en todos los sistemas políticos. No podemos traicionar al mundo de la libertad que quiere surgir. Para construir el futuro no podemos seguir solo mirando al pasado. Si caemos en el juego de minorías fanáticas que juzgan el comportamiento de hoy por conductas de ayer, el cambio no sería posible y todo tendría que seguir igual: guerra, hambre, opresión.

Hay quienes lamentan que los soldados rusos se retiren de Afganistán, como quienes lamentan que los «contras» hayan cesado de pelear en Nicaragua. Sé que hay quienes lamentan que el mundo gane más libertad. Conozco muy bien a las fuerzas poderosas que celebran los retrocesos temporales que pueda tener un camino de paz e ignoran sus victorias. Es difícil saber qué motivos mezquinos alientan a esas minorías que sustentan guerras sin destino, que favorecen la violencia que agrava conflictos y alejan el entendimiento entre los hombres.

La fuerza de Costa Rica

Vengo a sumar la palabra y la fuerza de Costa Rica a quienes de buena fe buscan reducir las armas y aumentar el diálogo. A quienes de buena fe trabajan por compartir los beneficios del desarrollo entre las naciones y por alejarse de los intentos de dominar a otros pueblos. Vengo a sumarme a la cruzada de los hombres y mujeres que no temen a la libertad y trabajan por ese mundo nuevo. A todos aquellos que pueden ayudarnos para terminar con las amenazas de guerra en Centro América. Vengo a pedir que cese el envío de armas a nuestra región, porque solo las armas pueden herir el plan de paz y retardar el avance de la democracia.

Cada día el mundo tiene más armas y menos árboles. Cada día hay más hambre y menos aire limpio. Cada día hay más drogas y menos agua cristalina. En mi América Central, cada día hay más soldados y menos estudiantes. ¿Estamos perdiendo la batalla por un mundo nuevo?

La batalla por la libertad

Cuando se está ganando la batalla por la libertad, se están ganando todas las batallas. Debemos luchar para que las políticas de la humanidad reflejen la voluntad de las mayorías. Si prevalece la libertad, estarán los días contados para aquellas minorías que impulsan la droga y las armas, destruyen los bosques, secan el agua y buscan establecer dictaduras en sus pueblos. La única batalla que no podemos perder es la batalla por la libertad, pues estaríamos renunciando, una vez más, a ese mundo nuevo que quiere y merece la paz, a ese mundo nuevo que Cristo predicó hace ya veinte siglos.

Una vez en la historia de América Latina, las armas y los ejércitos estuvieron asociados con la libertad y la independencia. Una vez en la historia, las armas y los ejércitos estuvieron asociados con estabilidad, con respeto a las instituciones públicas, con seguridad nacional, con forjar una patria. Una vez en la historia, las armas y los ejércitos estuvieron asociados con disciplina y oportunidades para el desarrollo de nuestros pueblos. Una vez en la historia hubo un Ejército Libertador.

Han cambiado los tiempos. Ahora es la historia de opresión de los pueblos, la de sus tiranías y su dependencia; ahora es la historia de irrespeto a los derechos humanos, de corrupción y de miseria, la que está escrita por las botas de los militares.

El nuevo ejército libertador

En el mundo se están dando cambios importantes en favor de la libertad. En los pueblos de América es urgente que se den esos cambios para que se pueda consolidar la democracia, para que pueda renacer una esperanza de desarrollo. Necesitamos un nuevo Ejército Libertador. Necesitamos que el soldado deje el fusil y tome el arado. Necesitamos que el soldado se comprometa con la libertad de su pueblo y que no amenace sus derechos. Necesitamos que el soldado entienda que nunca dos democracias se hicieron la guerra en toda la historia de América Latina.

Los hombres libres se entienden sin necesidad de acudir a la violencia. El nuevo Ejército Libertador de América debe ser mucho más pequeño, debe estar sometido al poder civil, debe retirare de la carrera armamentista. Los ejércitos no pueden seguir esperando y fomentando la destrucción de gobiernos democráticos para justificar su existencia y tomar el poder. No pueden seguir siendo testigos irresponsables de la miseria de muchos pueblos, para justificar a quienes se alzan en armas. Cada soldado que marcha gallardo, buscando ser aplaudido, le cuesta al mundo veinte estómagos vacíos. Cada tanque, cada barco de guerra y avión de combate, son triste testimonio de miles y miles de hombres y mujeres sin trabajo y sin techo, son triste testimonio de la muerte lenta y dolorosa de los niños mal nutridos.

Los ejércitos de nuestros pueblos deben entender que la mejor táctica para enfrentar la amenaza del vecino es la mutua comprensión, el mutuo desarme y el compromiso sólido y permanente para con la paz. Es la táctica que menos vidas humanas y menos recursos naturales costará. Es la táctica que glorificará al teniente y al general como verdaderos héroes de la patria.

El nuevo Ejército Libertador debe renacer para que América Latina escriba su propia historia de paz y democracia. El nuevo Ejército Libertador debe renacer para que en estas pocas páginas que quedan del siglo XX volvamos a andar los caminos hacia el desarrollo.

Comandante Figueres

El grito para crear un nuevo Ejército Libertador lo lanzó José Figueres, costarricense ilustre, hace cuarenta años. Cuando abolió el ejército de mi país, dijo estas palabras:

«El Ejército Regular de Costa Rica, digno sucesor del Ejército de Liberación Nacional, entrega la llave de este cuartel a las escuelas, para que sea convertido en un centro cultural.

La junta Fundadora de la Segunda República declara oficialmente disuelto el Ejército Nacional, por considerar suficiente para la seguridad de nuestro país la existencia de un buen cuerpo de policía.

Somos sostenedores definidos del ideal de un nuevo mundo en América. A esa patria de Washington, Lincoln, Bolívar y Martí, queremos hoy decirle: ¡Oh, América! Otros pueblos, hijos tuyos también, te ofrendan sus grandezas. La pequeña Costa Rica desea ofrecerte siempre, como ahora, junto con su corazón, su amor a la civilidad y a la democracia.»

Ese acto y esas palabras hicieron de Figueres el primer Comandante del nuevo Ejército Libertador de las Américas. Es hora de rendir honores a los comandantes que desarman a sus pueblos para que sean libres y trabajen por el desarrollo, y no a los que acumulan armas y se tornan insensibles ante el hambre y la sumisión de sus ciudadanos.

En los cuarenta años que han pasado, desde entonces, todos los países de nuestra América conocieron la dictadura militar y algunos aún la viven hoy. Costa Rica no. Nuestras libertades nunca fueron amenazadas ni conocemos la humillación de un destino regido por la fuerza.

En estos cuarenta años, todos nuestros países hermanos han visto morir al joven estudiante, al campesino y al obrero en crueles e inútiles matanzas perpetradas por hombres de armas. En estos cuarenta años ni una sola madre ha llorado en nuestra patria, la muerte de un hijo asesinado por la prepotencia de un soldado o por la ceguera de un tirano.

En estos cuarenta años millones de latinoamericanos han conocido el destierro, han sufrido la tortura, la prisión y la muerte a manos del dictador. Nunca un costarricense abandonó su tierra para no poder regresar libremente a ella. Nunca nadie, entre nosotros, conoció la cárcel por expresar sus ideas, tampoco la tortura y menos la muerte.

En estos cuarenta años, en que los cuarteles militares se transformaron en escuelas, nuestro símbolo ha sido el maestro que enaltece la inteligencia y no el soldado que oprime a sus pueblos.

América Latina reclama el Ejército Libertador del Comandante Figueres, porque queremos paz, porque vamos a vivir en democracia, porque tenemos derecho al desarrollo. Los jóvenes tienen derecho a nuevos héroes, a comandantes que callan las armas y practican el diálogo. Desde la potencia nuclear más poderosa en el mundo, hasta mi pequeña Costa Rica sin armas, estamos obligados a trabajar por el desarme progresivo.

Uniformes militares y cabezas nucleares

En Costa Rica declaré el día primero de diciembre, «Día de la Abolición del Ejército», y lo celebramos con orgullo. Suprimí los rangos y uniformes militares que se utilizaban en nuestra policía. El nuevo uniforme fue diseñado por estudiantes y maestros de nuestras escuelas. En esta cruzada, hay una responsabilidad para cada país: unos tendrán que destruir cabezas nucleares y otros uniformes de soldados, pero todos, incansablemente, deberemos trabajar por el desarme. Las armas que un día en la historia fueron símbolo de libertad e independencia se han transformado, con demasiada frecuencia, en símbolo de subdesarrollo y de opresión. Desde hace mucho tiempo, los soldados dejaron de ser guardianes de la libertad para transformarse en sus carceleros.

Consumidores y productores de armas

Tenemos un problema serio con el consumo de armas. No hay duda que los principales adictos en la carrera armamentista son los propios militares. Hay más armas allí, donde hay dictadura, allí donde hay más miseria, allí donde hay más intolerancia, allí donde hay más dogmatismo, sea este político o religioso. La trágica paradoja es que las armas no parecen, casi nunca, ayudar a resolver estas situaciones críticas. Más bien la historia nos muestra que la violencia contribuye a profundizar los odios y a perpetuar la miseria.

Si bien sabemos que el principal problema en la carrera armamentista está en los consumidores de armas y en sus partidarios más fieles, generalmente ubicados en los extremos políticos, hay también un problema muy serio con quienes producen y financian las armas. ¿Quien ignora que es más fácil obtener crédito para armas que para el desarrollo? ¿Quien no sabe, en el Tercer Mundo, que cuando se cierran los créditos para producir o comprar alimentos, aquellos para armas permanecen abiertos?

En la historia de los organismos internacionales que han intentado equilibrar los presupuestos y las balanzas de pago de nuestros países, ¿puede alguien recordar una sola recomendación que tendiera a bajar la importación de armamentos o a disminuir los gastos militares? Las recomendaciones siempre fueron para disminuir los gastos sociales, reducir los subsidios a los agricultores, o despedir algunos funcionarios públicos.

Ley pareja

Cuando se trata de afrontar grandes males que afectan a la humanidad, nos preguntamos muchas veces, si combatir al productor de esos males, al distribuidor o al consumidor, es lo más correcto. Inevitablemente, en casi todos los casos, debemos concluir en que hay que dar la lucha en todos los frentes.

En lo que se refiere a las drogas se ha sugerido castigar económicamente a aquellas naciones que no combaten la producción de drogas con suficiente rigor. ¿Por qué no hacer lo mismo con los productores de armas?

Donde existe la misma razón, debe existir la misma disposición, dice un viejo refrán. Debemos comenzar a luchar internacionalmente contra amenazas comunes. Para robustecer la confianza en estas luchas comunes, será preciso buscar la erradicación de los males con igual determinación, no importa cuales sean los países afectados. Ni el mundo industrializado puede ser indiferente a los males del Tercer Mundo, ni éste puede serlo ante las amenazas que afectan al mundo desarrollado. Debemos ayudarnos. Juntos debemos construir el mundo nuevo.

Romper con el pasado

Los enormes avances tecnológicos, el respeto que la libertad impone día a día en el mundo, las comunicaciones instantáneas, nos obligan a romper con estereotipos del pasado. El desarrollo de los países no puede verse nunca más como una amenaza al mundo desarrollado. Es todo lo contrario: Es parte del camino de paz que a todos va a beneficiar. Lo mismo sucede con aquellas grandes luchas que estamos obligados a dar juntos en el campo internacional. Es el caso del armamentismo, del medio ambiente, de las drogas, de las enfermedades y tantos otros más.

Moral y principios

Para robustecer las luchas internacionales comunes deberemos también uniformar los principios que aplicamos e igualar la moral con la que juzgamos nuestras acciones. El pavor a una guerra nuclear, los espantos que se describen en torno a cómo sería el fin atómico del mundo, parecen habernos hecho insensibles ante las guerras convencionales.

¡El recuerdo de Hiroshima es más fuerte que el recuerdo de Vietnam! ¡Con qué fuerza quisiéramos nosotros que existiera el mismo respeto, tanto para utilizar la bomba atómica como para utilizar un arma convencional! ¡Con qué fuerza quisiéramos nosotros que fuese tan condenable matar a muchos poco a poco cada día, como matar a muchos en un solo día: ¿Es que vivimos en un mundo tan irracional, que si la bomba atómica estuviese en poder de todas las naciones, y el destino del mundo dependiese tan solo de un demente, tendríamos más respeto para el uso de las armas convencionales? ¿Estaría, así, más segura la paz del universo? ¿Tenemos derecho a olvidar los setenta y ocho millones de seres humanos caídos en las guerras de este siglo XX?

Hoy el mundo está dividido entre los que viven el terror de ser destruidos en una guerra nuclear, y los que mueren día a día en guerras con armas convencionales. Ese terror a la guerra final es tan grande que nos ha tornado insensibles frente al armamentismo y la utilización de armas no atómicas. Es urgente —y es una demanda de la inteligencia, es un mandato de la piedad— que luchemos por igual para que nunca más exista una Hiroshima, nunca más un Vietnam, nunca más un Afganistán.

Esta es la hora señalada por la libertad que se abre paso en el mundo, para reivindicar principios y renovar la moral del mundo internacional. Que nuestras políticas comunes reflejen también, fuera de las fronteras de cada país, la opinión de las mayorías. No podemos seguir permitiendo que unos pocos se beneficien haciendo daño a muchos, sea con drogas o con armas.

Que los derechos humanos los defiendan solo quienes tienen credenciales intachables para ello, pues de otro modo estamos avanzando la causa de quienes violan esos derechos. Que no se exporte un medicamento o un pesticida que sabemos hace daño en casa. Si conocemos de las bondades del diálogo y la tolerancia, no propiciemos odios, no vendamos armas. Es una triste ironía que la suspensión del envío de armas sea interpretada por algunos como un castigo, cuando debería considerarse como un premio, como una demostración de amistad. Así, en cada causa que debemos superar juntos, trabajemos porque la democracia internacional refleje la voluntad de los pueblos, refleje la fuerza de los principios que compartimos y se sustente en una moral que robustezca la confianza.

Gracias

Yo quiero agradecer a esta Asamblea y a su Secretario General, Javier Pérez de Cuéllar, el apoyo limpio e incondicional que han otorgado a los esfuerzos de paz de los centroamericanos. Quiero agradecerles su confianza ante nuestros fracasos temporales, y quiero agradecerles la alegría con que han compartido nuestros éxitos. Me complace también destacar en esta ocasión los esfuerzos de las Naciones Unidas por mostrarle al mundo que desarme y desarrollo son temas que deben tratarse juntos. Es esta una realidad que no podemos seguir ignorando. Mi propio país es el mejor ejemplo de que sin armas hay una oportunidad para el desarrollo. Les doy las gracias, de igual manera, por alentar el trabajo de la Universidad para La Paz que funciona en Costa Rica.

Sobran las razones

Hay razones para que el mundo esté impaciente, pues persisten y se agravan muchas injusticias que separan a los mundos del Norte y del Sur. Hay razones para que el mundo grite rebeldía, pues sobreviven tiranos en muchos países y son millones los hombres y mujeres que claman por libertad. Pero sobran las razones para no perder la fe, para insistir en el diálogo, para construir un mundo con mayores libertades y menos injusticias.

Por muchos años hemos vivido un mundo preparado para lo peor: el derrocamiento del demócrata por el soldado, la revolución fratricida, la guerra nuclear. Es hora de superar el miedo. Es hora de comprometerse con un mundo preparado para lo mejor: para la paz y para el desarrollo compartido por todos los pueblos. Derrotemos a las minorías que persisten en mirar al pasado. Debemos ser capaces de crear el soldado sin armas. Es nuestra tarea y nuestra responsabilidad alentar ese mundo nuevo: el mundo de los Comandantes de la Paz.