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DE DONDE VENIMOS
Daniel Oduber Quirós
Artículos Publicados en Respuesta
a un Editorial de "LA NACION". 1965
A los compañeros
social demócratas
caídos en la lucha
-I-
El editorial publicado por "La Nación" en su edición del 1o. de enero, plantea la campaña política que se avecina, en términos de principios y de concepciones ideológicas.
Es saludable esa actitud, que contrasta con la tradición de dimes y diretes que algunos políticos parecen empeñados en conservar, tal vez por incapacidad de sostener un debate en otro terreno.
Según "La Nación", van a enfrentarse dos tendencias fundamentalmente antagónicas: la democrática-republicana y otra, que el periódico no bautiza, que está representada por el partido a que pertenezco; el tono del editorial, es que esta tendencia no es ni democrática ni republicana. Y como el periódico reconoce que esa tendencia no está en las nubes ni es una entelequia, sino que ha venido imponiéndose en el país a lo largo de un período considerable, valdría la pena saber si el editorialista cree honradamente que de veras el sistema republicano y democrático ha dejado de tener vigencia en Costa Rica; y si no él, por lo menos algunas de las libertades y conveniencias que dicho sistema presupone para los ciudadanos que viven en un país regido por él.
No es claro el editorial en este aspecto, pero parecería adivinarse de él una respuesta a la pregunta que acabo de formularme: Costa Rica no ha perdido su democracia ni su república, pero está a punto de perderlas, las va a perder en el futuro, para establecerse en estado totalitario.
No explica el editorialista cómo habrá de crearse un estado totalitario con la multiplicidad de partidos que aquí tenemos (el estado totalitario supone por definición un único partido legal), ni qué síntomas ve de que el partido a que pertenezco se proponga suprimir la legalidad de sus contendientes para llevar al país al totalitarismo.
La afirmación está hecha en un tono aparentemente tan serio, que no creo que deba tomarse como una figura literaria o como una licencia poética de esas con que "La Nación" viene anunciando la inminente destrucción de los principios básicos de la democracia y la república, desde el día 21 de junio de 1948, en que se promulgó el decreto de nacionalización bancaria.
Desde esa fecha, todos los proyectos y planes importantes del Estado costarricense, han sido reputados por "La Nación" de peligrosos para la democracia costarricense. Todos han sido puestos en vigencia pese a la oposición de ese periódico y creo que la democracia costarricense, lejos de haberse mutilado desde aquella fecha, se ha perfeccionado y ha florecido con toda plenitud.
En el aspecto puramente político, de aquel entonces a hoy el país ha celebrado cinco elecciones (una de constituyentes, una de diputados y tres presidenciales), sin que en ninguna de ellas haya existido violencia, presión, engaño, fraude o torcimiento de la voluntad popular. A partir de esa fecha, todos los gobiernos que se han sucedido han representado tendencias o partidos de opuestas ideologías, sin que ninguno haya intentado desconocer el triunfo de sus opositores, cosa que no ocurriría con demasiada frecuencia en la época anterior, que "La Nación" añora tan a menudo. El país ha entrado a vivir un régimen de partidos que (si las democracias anglosajonas no son una añagaza) es el más eficaz para el desarrollo y permanencia de los sistemas democráticos. Se ha perfeccionado el sistema electoral, se han ampliado las atribuciones, independencia y capacidad financiera de los organismos electorales y ha asumido paulatinamente el Estado, por medio de ellos, la inscripción de los ciudadanos en el padrón (terminando así la situación previa de que el registro del ciudadano estuviera a merced de la capacidad económica y de organización del partido de sus simpatías).
En el aspecto económico, ha florecido la empresa privada, y el número de empresarios es cada día mayor, así como la diversidad de sus empresas; manejada la banca con un criterio de servicio y desarrollo que todavía está pidiendo, es cierto, un mejoramiento, es mucho mayor ahora que antes el número de costarricenses que tiene acceso al crédito, y cada día será menor el requisito de solvencia previa para obtenerlo; se han creado notables incentivos para la nueva empresa industrial, en un afán de industrialización. Y prueba del notable incremento que la empresa privada ha logrado en estos años, es que mientras la población del país crece en progresión casi geométrica, no se ha creado un problema grave de desocupación; lo que demuestra que continuamente se han estado abriendo nuevas posibilidades de trabajo.
Costa Rica ha hecho, en este lapso, un gigantesco esfuerzo de desarrollo económico al través del Instituto Costarricense de Electricidad, que si no hubiera tenido otro mérito que el de haber cristalizado en realidad los anhelos de dos patricios como Alfredo González Flores y Ricardo Moreno Cañas por la nacionalización eléctrica, ya por sólo eso merecería que todos estuviéramos orgullosos de él.
Pero el hecho es que el ICE, ha resuelto el problema de la energía eléctrica en las regiones donde opera, y que sus proyectos, que se han venido cumpliendo ejemplarmente, terminarán por resolvérselo a todo el país, con el consiguiente beneficio, que no hay necesidad de ponderar aquí.
La labor del ICE habrá de ser reconocida, espero, incluso por aquellos periódicos que saludaron su creación diciendo que se trataba de un organismo que vendría a duplicar burocráticamente las funciones del Servicio Nacional de Electricidad, que, como todo el mundo lo sabe, es una oficina reguladora.
En el campo social, el fenómeno más visible, y yo no sé que sea anti-democrático ni anti-republicano es la emergencia de una poderosa clase media, que ha venido a sustituir, como la más influyente, a la antigua clase aristocrática, sumamente reducida en número. Este fenómeno es visible en todas las ramas de la actividad: la política, la económica, todas, están denominadas por una clase media cada día más numerosa, cuya generación actual, en términos generales, nació proletaria.
Yo sé que hay elementos recalcitrantes que todavía se quejan de que esa clase media ha venido a usurpar posiciones de influencia económica, política y social que antaño estuvieron reservadas a círculos reducidos. No me atrevo a creer que "La Nación" está dando expresión pública a esos elementos, que por lo general hablan desde un archivo.
Se ha elevado considerablemente en el mismo período, el nivel de vida de los costarricenses. Basta observar cómo ha disminuido el número de ciudadanos descalzos; basta ver la cantidad de bicicletas que circulan por las áreas rurales; basta ver la cantidad de viviendas humildísimas donde hay un aparato de radio. La política de salarios crecientes llevada a cabo por el grupo político a que pertenezco, no ha sido ajena a esa realidad. Es claro que ese aumento de salarios ha disminuido ligeramente las posibilidades de gasto superfluo de los grupos sociales que los pagan, pero en términos generales hay que reconocer que los patronos costarricenses han comprendido el contenido patriótico de las medidas, y han accedido a esa manera de compartir sus ingresos para beneficio de todos.
El período acusado por "La Nación" como de tendencia totalitaria, ha presenciado un gigantesco esfuerzo por resolver el problema de la vivienda. A algunos, me imagino, les habrá de disgustar que haya sido el Estado el que haya asumido la función de construir viviendas, función que el Estado del Siglo XIX desconocía. Pero nadie puede ignorar los beneficios que a la colectividad costarricense ha traído el INVU. Ni siquiera aquellos que recibieron su creación con sospechas de que sería un mero organismo burocrático.
Hoy mismo, entre acusaciones de comunismo y otras lindezas a que no vale la pena referirse, un nuevo Instituto está dedicado a la tarea de dar tierras a los costarricenses que no las tienen. Con procedimientos legales claros, está afrontando la solución de los problemas de fincas invadidas, que habría sido inhumano resolver con concepciones anticuadas mediante el empleo de la fuerza bruta. Y está adquiriendo, en libres contrataciones, sin prepotencias para nadie, tierras en diferentes partes del país, con una tendencia, que juzgo feliz, de realizar una sana política agraria que a Dios gracias se está llevando a cabo sin confiscaciones y sin alterar el sistema democrático y republicano de Costa Rica. En lo personal, no creo que ese Instituto, ni en su concepción ni en su funcionamiento, justifique el miedo al totalitarismo.
En el período a que vengo refiriéndome, Costa Rica ha comenzado a experimentar la revolución educativa de la segunda enseñanza gratuita. Y el Estado ha abierto una cantidad enorme de colegios, en medio de dificultades no sólo económicas, sino técnicas que admito. Pero está empeñado en un esfuerzo educacional de primera magnitud, cuyas consecuencias no pueden ser más que democráticas y republicanas.
O sea que yo le veo a Costa Rica el desarrollo y el crecimiento y se los veo con optimismo. Lo que no le veo es el totalitarismo.
Claro, que si el totalitarismo es tan contradictorio como lo ve "La Nación", no creo que sea un problema ni para nosotros ni para nuestros hijos. Porque ese, el del editorial, es un totalitarismo de dos filos contradictorios, que por una parte se manifiesta en una presunta autarquía absoluta de las Instituciones Autónomas (moros sin señor por emplear un lugar común), y por otra en la pérdida absoluta de esa autonomía que el editorial ve inminente, si el partido a que pertenezco gana las próximas elecciones.
Para "La Nación" el totalitarismo, cuando se trata de ir contra la autonomía, consiste en el exceso de ella; cuando se trata de ir contra el poder central, consiste en la amenaza que se cierne sobre ella. Me parece que no puede operar en dos direcciones tan opuestas. Y resulta curioso que un periódico que tantas veces se ha pronunciado contra lo que algunos llaman la desarticulación del Estado, se alarme tanto por la existencia de esos proyectos de que él habla, que tienden a centralizar un poco y que fueron inspirados en parte por las reflexiones antiautonomía del mismo periódico.
Yo pertenezco con orgullo a una generación que se planteó hace 20 años, el futuro costarricense en términos, por calificarlos sencillamente, "social demócratas". Y que ha cumplido lo que se prometió y le prometió al país. El propio periódico "La Nación" se refirió hace algunos meses al libro "Ideario Costarricense", publicado en 1943 y que es una especie de manifiesto de esta generación, no sólo del sector de ella que milita hoy en el mismo partido que yo, sino de toda ella. Fue una promesa al país de darle nuevos rumbos. Por cumplirla, se nos ha calificado con todos los adjetivos posibles e imposibles. Pero la verdad es que después de los años que mi generación lleva de influir en el país y en su gobierno, ningún ciudadano puede decir que vive más oprimido que antes, en una comunidad más pobre que la de antes, ni menos libre que antes, no puede decir que sus derechos se respeten menos que antes; más bien, podemos decir orgullosamente que tendría que manifestar todo lo contrario. Creo, sinceramente que hemos logrado progreso en todos los campos, sin que se haya sacrificado, ni para la comunidad ni para ninguno de sus componentes, uno sólo de los derechos o libertades básicas que distinguen al sistema republicano y democrático del sistema totalitario.
-II-
La que "La Nación" llama tendencia totalitaria, no es otra cosa que una posición política que en Europa y América Latina se conoce con el nombre de "social democrática", y en los Estados Unidos con el nombre de "liberal".
Esa posición, en muchos aspectos, es una reacción saludable contra los excesos crueles del llamado liberalismo manchesteriano practicado en el siglo XIX, que trajo, es cierto, prosperidad a algunas naciones, y al mismo tiempo, miseria a sus proletariados. Estos excesos produjeron también el marxismo.
En síntesis, nuestra opinión política es que el Estado moderno puede liquidar los excesos mencionados, y emancipar económica y socialmente a las masas desposeídas, sin sacrificar las libertades democráticas básicas conocidas últimamente como "Derechos Humanos". O sea, que se puede terminar con las desigualdades e injusticias que trajo el liberalismo económico, sin salirse de los postulados del liberalismo político. El expositor más sistemático de ese sistema de pensamiento, es el ilustre columnista de "La Nación" Walter Lippmann, cuya obra básica, "The Good Society" el editorialista de "La Nación" habrá de conocer con toda seguridad.
En la América Latina, esa posición ha sido la de José Batlle y Ordóñez, Víctor Raúl Haya de la Torre, Pedro Aguirre Cerda, José Figueres, Rómulo Betancourt, y otros estadistas notables; en Costa Rica, tuvo como precursor ilustre a Alfredo González Flores, y fue adoptada plenamente por el grupo del "Centro para el Estudio de Problemas Nacionales" a que me honré en pertenecer. Hoy la representan -con diferencia de matiz- los partidos llamados populares (como el partido en que milito) y los de carácter democristiano. Dentro de la diferencia de matiz a que me refiero la representan en Venezuela Rafael Caldera y en Chile el Presidente Frei.
En los Estados Unidos, el "New Deal" del Presidente Roosevelt (uno de cuyos principales teóricos lo fue el señor Lippmann) representa la cristalización de esa tendencia, que ha sido continuada por los presidentes Truman, Kennedy y Johnson, y expuesta doctrinariamente en forma continuada por el historiador Arthur Schlessinger, el senador Eugene McCarthy (a quien no debe confundirse con su homónimo Joseph de triste memoria), y el Vice presidente electo, Hubert Humphrey, cuyo reciente libro "La Causa es la Humanidad", es lectura sumamente ilustrativa para cualquier persona o periodista que quiera enfocar con seriedad este tipo de problemas.
Sostiene el señor Humphrey en esa obra, que la sociedad industrial trajo como consecuencia, a fines del siglo XIX, la concentración de la riqueza y el poder en manos de muy pocos, y que esa concentración se utilizó para destruir precisamente la libre competencia preconizada por el liberalismo económico, y para aumentar la injusticia social por medio de un control absoluto sobre los gobiernos. O sea, agrega, el ejercicio del poder político como una derivación del poder económico, situación contra la que todo auténtico demócrata reacciona vigorosamente.
Para evitar ese estado de cosas, sigue el Vice-Presidente electo de los Estados Unidos, nació en las democracias la corriente de pensamiento social que exigió la consolidación del voto popular y el mejoramiento de los habitantes. Esas doctrinas social-demócratas se expandieron rápidamente en los Estados Unidos, donde fueron bautizadas con el nombre (para los latinoamericanos y europeos un poco confuso) de "pensamiento liberal", en contraposición al pensamiento conservador de quienes preferían mantener el estatuto del Siglo XIX. Al comenzar este siglo, el Presidente Theodore Roosevelt vio y puso en práctica las posibilidades democráticas que tiene un gobierno vigoroso para hacer frente a los problemas creados por las empresas grandes; Woodrow Wilson continuó esa labor, y Franklin D. Roosevelt completó la transformación del pensamiento liberal norteamericano en una doctrina que cree que el poder del Estado debe emplearse no sólo para garantizar la libertad, sino para obtener una medida razonable de igualdad.
Me parece oportuno citar aquí una frase del Presidente Roosevelt pronunciada en 1938, y que el señor Humphrey menciona en su libro:
"En los días de Jefferson, en los días de Jackson, y en los días de Lincoln, de Teodoro Roosevelt y de Wilson, un grupo apareció claramente como liberal, opuesto a otro grupo conservador. La gran diferencia que ha caracterizado esta división, ha sido que el elemento liberal (no importa cuál fuere el nombre que asumió en cada ocasión) creía en la sabiduría y la eficiencia de la voluntad de la gran mayoría del pueblo, en contraposición al juicio de una pequeña minoría educada o rica. El elemento liberal siempre ha creído que el control del poder por unos pocos -control político o económico- si se ejerce por un período largo de tiempo destruiría la democracia representativa sana. Por esa razón, entre otras, siempre ha luchado por la extensión del derecho al voto..."
Interrumpo aquí la cita de Roosevelt, para comentarla: afirma el gran estadista que lo que caracteriza al elemento liberal (social demócrata en términos latinoamericanos y europeos) ha sido su fe en la sabiduría y eficiencia de la voluntad de la gran mayoría del pueblo en contraposición al juicio de una pequeña minoría educada o rica.
Creo que el fenómeno costarricense actual está claramente enfocado allí: el resultado de las tres últimas elecciones costarricenses, ha puesto de relieve que una gran mayoría del pueblo respalda y se inclina por la tendencia que ha predominado en el Gobierno de Costa Rica en los últimos años, que no es una tendencia de liberalismo siglo diecinuevesco; en las elecciones de 1962, los dos partidos que propulsan una continuación de ese camino, obtuvieron, conjuntamente, un ochenta y cinco por ciento de los votos; el que representaba en cierta forma el liberalismo económico y la no intervención del Estado en ciertas cosas, alcanzó alrededor de un quince por ciento. El editorial de "La Nación" demuestra que ese periódico no cree o no tiene fe, "en la sabiduría y eficiencia de la voluntad de una mayoría del pueblo", y cree que esa mayoría del pueblo está llevando a Costa Rica por el camino del totalitarismo. "La Nación" representa el pensamiento de sus accionistas, que son una "minoría educada y rica"; respetable, además: Cree más en el juicio político de esa minoría. Le falta fe democrática. Sigo con las frases de Roosevelt:
"La otra gran diferencia que existe entre las dos tendencias ha sido ésta: el elemento liberal cree que, en la medida en que se presentan nuevas condiciones y nuevos problemas que van más allá de lo que hombres y mujeres pueden enfrentar individualmente, el deber del Gobierno es buscar la forma de hacerles frente. Y la teoría de ese papel que debe jugar el Gobierno, fue expresada por Abraham Lincoln cuando dijo que "el objeto legítimo del Gobierno es hacer, por una comunidad de gentes, todo lo que ellas deberían hacer pero no hacen bien, por su condición de individuos separados".
Yo creo que es deber del Gobierno el buscar la manera de hacerles frente a las nuevas condiciones y a los nuevos problemas. Por eso nunca he compartido la nostálgica y constante posición de "La Nación", que invita de continuo a los políticos costarricenses, a aplicar las fórmulas con que gobernaron, al comenzar de ese siglo, las grandes figuras históricas que fueron don Cleto y don Ricardo. Nuevos problemas y nuevas situaciones requieren nuevas fórmulas.
Los liberales norteamericanos, y los social demócratas latinoamericanos y europeos, nos preocupamos de esos problemas. De allí que los Gobiernos en que hemos participado en Costa Rica, se hayan caracterizado por su acción. La creación de nuevas y numerosas instituciones responde a esa preocupación por los problemas. Nos preocupamos por el problema de la electrificación: nos preocupamos por el problema de la vivienda; nos preocupamos por el problema de la estabilización de los precios; nos preocupamos por el problema de fomentar el turismo; nos preocupamos por el problema agrario.
Donde el conservatismo costarricense ve burocracia, nosotros vemos acción. Donde el conservatismo costarricense ve interferencia con la actividad de algunos empresarios, nosotros vemos gestión gubernamental en favor de las mayorías. Por esto mientras nosotros nos preocupamos por mostrarle al país los frutos reales de esas instituciones, el conservatismo nacional se recrea en destacar las deficiencias administrativas o el exceso de empleados en ellas, o bien las eficiencias o no de los procedimientos establecidos para vigilarles sus presupuestos.
Y es que a ese conservatismo le disgusta que esas instituciones existan. Podría decirse que lo que le preocupa es que existe un Gobierno capaz de solucionar los problemas que no quiso enfrentar el Estado tipo siglo XIX, que ellos añoran.
Los editoriales recientes de "La Nación" parecen reflejar o secundar estas preocupaciones.
En otras oportunidades, tanto en Costa Rica como en los Estados Unidos, la reacción contra la corriente liberal o social-demócrata ha asumido facetas más primitivas, y se ha dedicado con fruición a acusarla de favorecer la tendencia totalitaria que sea más peligrosa para la democracia representativa en un momento dado. Nos han acusado de fascistas, y ahora de comunistas. El editorialista de "La Nación" recordará de seguro el dineral que un partido de tinte conservador gastó en páginas de prensa en 1952, tratando de demostrar que don José Figueres, candidato entonces, era comunista. En la campaña de 1961 se usó la misma arma, aunque más débilmente contra don Francisco Orlich.
Así en los Estados Unidos han proliferado cosas como el Mc Carthyismo, la Sociedad John Birch y demás, que bajo la capa de combatir al comunismo, lo que combaten es la tendencia "liberal" norteamericana, a la que acusan, naturalmente, de comunista. Esto es, de totalitaria.
-III-
Espero que a los señores editorialistas de "La Nación" les interese tanto como a mí el pensamiento del Vicepresidente Humphrey, no sólo porque refleja la tendencia de los actuales gobernantes de la democracia republicana más poderosa de la Tierra, sino también porque es un pensamiento moderno, que se aparta notablemente de las aberraciones manchesterianas que ciertos grupos se han propuesto de manera interesada poner en boga otra vez en un mundo que ya las superó. El afán que caracteriza a nuestro siglo, es el de poner los recursos estatales al servicio de la emancipación de las mayorías desposeídas, mayorías que, dicho sea de paso, no lograron nunca mejorar su condición económica y cultural durante el período en que (con libertad económica absoluta como insignia) los grupos más poderosos económicamente creyeron haber heredado los privilegios, y exclusividades de las aristocracias derrocadas por la Revolución Francesa, y lograron convertir a los recién nacidos estados republicanos en meros vigilantes y protectores de sus cuantiosos intereses.
Digo lo anterior, porque he encontrado una gran identidad de ideas entre el señor Humphrey y los que por largas décadas hemos venido sosteniendo en la América Latina los grupos social-demócratas.
Sostiene el Vicepresidente Humphrey, que dentro del pensamiento liberal (o social-demócrata) norteamericano, se fueron diferenciando dos corrientes de pensamiento: una que creía que las empresas grandes eran malas por definición y que las grandes concentraciones de poder económico debían ser destruidas por el Gobierno; y otra, que apareció más tarde, que sostiene que en determinadas actividades, la magnitud de la empresa y la movilización de recursos que ella supone, son esenciales para una economía que requiere, cada vez más, producción en masa y distribución en masa. Esta segunda escuela reconoce los peligros inherentes a la concentración de riquezas, pero sostiene que a ella debe enfrentarse un poder de equilibrio, o sea el poder estatal de regular y controlar por un lado, y por el otro el poder de los trabajadores organizados y grupos similares.
Se me dirá que la concentración de riqueza que puede haber en Costa Rica son ridículas si se las compara con las que existen en los Estados Unidos. Pero guardadas las diferencias de dimensión territorial y riqueza nacional, sí podemos afirmar que en Costa Rica existen determinadas concentraciones de ésas, y que algunas se van convirtiendo en evidentes monopolios, o tienden a ello.
Mi pensamiento coincide con el de Humphrey: esas concentraciones deben estar equilibradas por el poder del Estado, y por la organización de los trabajadores. En mi actividad pública, he impulsado las dos corrientes, con ese criterio fundamental. "La Nación" se ha opuesto a ambas: a la gubernamental y a la sindical. Y no sólo editorialmente, sino también en sus informaciones, y con sus silencios. Es frecuente leer en otros periódicos la queja de las organizaciones de trabajadores, porque "La Nación" se niega a publicar sus comunicados y opiniones. Se me ha señalado lo ocurrido en un reciente seminario relacionado con la Alianza para el Progreso: el día que ese seminario se ocupó de asuntos sindicales, "La Nación" omitió publicar crónicas o informar sobre esa reunión.
La corriente que admite la existencia de la gran empresa pero aspira a regularla, vigilarla y contrapesarla, ha terminado por imponerse, dentro del pensamiento liberal norteamericano o social demócrata latinoamericano y europeo, a la que simplemente quería destruir la empresa grande. En la época de Roosevelt, y a ese respecto es interesantísimo el libro de Arthur Schlesinger Jr., Consejero del Presidente Kennedy, las dos corrientes se hicieron sentir y dominan alternativamente la política del gobierno. Los individuos que tachaban de totalitaria la política rooseveltiana han sido olvidados.
Es claro que las empresas grandes tienen una contribución grande que hacer a la economía, lo mismo que las pequeñas. Pero donde la concentración de poder económico sea tal que no esté apropiadamente balanceada por otras fuerzas de la misma economía el gobierno tiene una clara obligación de actuar. Porque su deber es mantener la balanza del poder en la economía promoviendo la competencia y el fortalecimiento de las empresas pequeñas, y fortaleciendo a las organizaciones laborales para que ellas, desde su posición de organismos privados, adquieran el necesario poder de negociación.
De allí que ciertos incentivos que el Estado costarricense ha otorgado a determinadas empresas nuevas, en un afán de industrialización que ofrezca posibilidades honestas de trabajo d nuestra creciente población, y que para algunos tienen carácter monopolístico, deban ser de carácter transitorio. El Estado debe procurar que la empresa se fortalezca, pero no puede permitir que se convierta en un peligroso monstruo.
Estas concepciones se llaman a veces "economía mixta"; el Vicepresidente Humphrey las llama "economía balanceada". En una economía donde las grandes y las pequeñas empresas, el capital y el trabajo, el trabajador de la hacienda grande y el pequeño productor, tienen todos que desempeñar un papel importante, habrá siempre, desde luego, conflictos y luchas por obtener ventajas. Cuando el gobierno tiene clara conciencia de su deber e interviene para regular esas fuerzas, los conflictos y las luchas se pueden solucionar con beneficio para todos y sin perjuicio para nadie.
En Costa Rica hay quienes creen que el Estado debe emplear sus poderes en casos como éstos, siempre en favor de los intereses empresariales; y para ellos, cualquier actividad de tipo sindical, cualquier intervención del Estado que favorezca a los trabajadores, es prácticamente cosa del demonio. El Estado, a mi juicio, debe intervenir con vista del interés nacional superior, que no es sistemáticamente el de ninguna de las partes en pugna. Por lo que a mi me toca, no suscribo la expresión aquella "lo que es bueno para la General Motors es bueno para los Estados Unidos", (adapte el lector la expresión a la realidad costarricense). Por eso el partido de que formo parte no acompaña a quienes creen que la intervención del Estado es "interferencia indebida", y la acción sindical "penetración soviética"
Las ideas que someramente he expuesto, han encontrado respaldo abundante en el pueblo costarricense a través de numerosas elecciones. Y hace apenas dos meses, lo encontraron aplastante en el pueblo norteamericano.
Creer en estas cosas, no es renegar de nuestras mejores tradiciones, sino fortalecerlas, si creemos en el verdadero fondo de esas tradiciones. Los grandes próceres de nuestra historia, lucharon bravamente contra las nacientes oligarquías. Algunos perecieron en la demanda. Ciertas épocas de nuestra historia republicana, plagadas de inestabilidad política, de cuartelazos, golpes de Estado y desconocimiento de gobiernos legítimos, tienen un trasfondo, ya analizado por los historiadores, de luchas entre el poder político emanado del pueblo, y el poder económico que pugnaba por apoderarse del primero.
El poder político y el poder económico deben estar equilibrados. Ninguno de ellos debe ser el trampolín para alcanzar el otro. Pero hay que tomar en cuenta que mientras uno de ellos es periódicamente renovable en un país como Costa Rica, el otro es hereditario.
El Estado costarricense ha crecido, como consecuencia natural de la aplicación práctica de las concepciones que los norteamericanos llaman liberales. Pero ha crecido mediante el proceso de la descentralización, que es el más apropiado para el caso; ahora hay una queja contra la descentralización, pero tengo para mí que es de tipo funcional y no doctrinario. Estimo que Costa Rica debe proceder a una revisión de sus sistemas descentralizados, para adecuarlos a los resultados de la experiencia.
Estoy seguro de que "La Nación" coincide conmigo en ese pensamiento porque tengo motivos para creer que su oposición a los entes descentralizados tiene un carácter más de funcionamiento que de doctrina; o sea que cuando se queja de ellos, es más porque estima que no están caminando bien, que porque desea que no existan.
Un ejemplo de ello es la conducta que ha observado respecto al Instituto Costarricense de Electricidad. Lo combatió duramente durante mucho tiempo. Pero en el momento en que estimó que ese Instituto caminaba bien (como lo estimo yo), su posición respecto a él cambió radicalmente, y ya no propicia su desaparición.
Por espacio de más de dos décadas, la generación a que pertenezco, y el grupo generacional en compañía del cual he dado largas batallas en la vida pública, ha sostenido y defendido las doctrinas que en estos artículos he querido resumir con referencias a lo que ellas significan en la reciente historia de los Estados Unidos.
Su aplicación a Costa Rica, al través casi de 20 años (durante nueve de los cuales ellas han prevalecido en el gobierno), creo firme y orgullosamente, que ha sido benéfica para el país.
El ciudadano de 1965 es más libre que el de 1947. Hay más empresas pequeñas y más empresas grandes en 1965 que en 1947, y están más prósperas ahora que entonces. El costarricense vive mejor en 1965 que en 1947. El sistema democrático-republicano funciona mejor ahora que antes. El país se ha desarrollado como no se desarrolló nunca en un período anterior de igual duración, en lo económico, en lo social, en lo cultural y en lo político.
Algunos grupos y ciudadanos han visto disminuido en ese lapso, no el número de comodidades de que disfrutan, sino el abismo que separaba antes las suyas, de las de otros ciudadanos. Quizás esto les produzca temor, sin motivo alguno.
-IV-
Las ideas expresadas por una gran cantidad de políticos y pensadores de nuestra época y que marcan el camino a gran cantidad de partidos en el mundo libre, vienen a coincidir en que únicamente por el ejercicio efectivo de la democracia política puede hacerse mejoramiento social con dignidad. Los grupos de pensamiento que en 1948, fuimos llevados a una guerra por defender la democracia representativa, nos dimos cuenta, desde esa época, de que no podía hablarse de democracia si en forma paralela al fortalecimiento de la dignidad del ciudadano, no se llevaban a cabo planes concienzudos de desarrollo económico en los cuales las empresas privadas tenían un papel primordial que cumplir. En 1950, después de haber ejercido el poder provisionalmente por dieciocho meses después de la Guerra de Liberación Nacional, diversos grupos de costarricenses con afinidad en doctrinas, decidimos fundar el Movimiento de Liberación Nacional. Teníamos ya la experiencia del ejercicio del poder y nos dábamos cuenta de que la época exigía un tipo de Gobierno que, impulsando al máximo la producción, evitara que minorías afortunadas explotaran a los pequeños empresarios o a los trabajadores, negando así el sacrificio de los costarrícenses muertos en la guerra.
Ya en las montañas de Dota, el Ejército de Liberación Nacional había lanzado una proclama que sostenía la necesidad de mejorar y mantener las conquistas sociales del pueblo costarricense aún contra quienes las habían defendido únicamente por oportunismo político. Un grupo disidente de lo que era la Oposición Nacional de entonces, se separó de nuestro movimiento, calientes aún los cuerpos de los muertos, porque no quisimos derogar el Código de Trabajo. Otro grupo se desprendió en Cartago, porque manifestamos respeto a la elección de don Otilio Ulate. Se separaron de nosotros porque fortalecíamos el derecho electoral, y porque manteníamos las conquistas sociales del país. Pero estábamos conscientes de que, en uno y otro campo, no se podía liberar íntegramente al hombre costarricense, si no era a base de un aumento espectacular de la producción, de un apoyo sin límites a la empresa privada productiva, y de una distribución justa del ingreso nacional. Por esas razones, una vez restaurada la democracia política de Costa Rica, fundamos el Movimiento de Liberación Nacional para participar en el libre ejercicio democrático de elegir y ser electos. La Carta Fundamental dcl Movimiento, aprobada en 1951, sostiene entre otros puntos lo siguiente:
"6) ESTADO: El Estado es la organización político-jurídica del poder de la sociedad, encargada de garantizar los derechos de los individuos; debe realizar por medio del orden jurídico, todas aquellas funciones en las cuales su intervención se justifica por motivos del bien común que, en ningún caso, pueda justificar el sacrficio de los atributos fundamentales en la dignidad humana."
Definimos así, basados en la más pura doctrina de la Iglesia Católica, la forma y los límites de la intervención del Estado en garantía de las grandes mayorías no afortunadas de los países pobres como Costa Rica. Más adelante decimos:
"9) Reconocemos la PROPIEDAD PRIVADA y proclamamos su función social cuyo ejercicio debe inspirarse en el bienestar de todos. Consideramos necesario establecer la propiedad como un hecho social generalizado y evitar su creciente concentración. Debe reservarse el Estado aquellas formas de propiedad que entrañen un poder de dominio tan grande que no puedan dejarse, sin perjuicio, en manos de particulares. No deben existir propiedades ni medios de producción inactivos. La actividad económica es de utilidad pública y debe organizarse racionalmente con miras de bienestar general."
Este concepto del Movimiento a que pertenezco es también inclusión textual de encíclicas papales y de doctrina social de la Iglesia. Después de 1950, dos sucesos importantes aparecieron en el mundo libre y vinieron a sintetizar y a vigorizar el pensamiento político de quienes concebimos la democracia como el instrumento más adecuado para el mejoramiento social del hombre. La llegada al poder del Partido Demócrata en los Estados Unidos, bajo el liderato brillante de John F. Kennedy y la llegada a la más alta posición de la Iglesia del Papa Juan XXIII, vinieron a ratificar que para hacer frente a los vicios de la sociedad occidental tenían que adoptarse planes y programas de acción política que erradicarán la explotación y la miseria que vivía el mundo, principalmente en los continentes sub-desarrollados, y que estaban sirviendo de caldo de cultivo a las pérdidas comunistas. Una a una las citas de los discursos y libros del Presidente Kennedy y las citas de las encíclicas Mater et Magistra y Pacem in Terris, coinciden con el pensamiento expresado en artículos, discursos, mensajes y proclamas por los hombres que en Costa Rica, por años, hemos venido luchando por mayor justicia y menos explotación y miseria.
Las veces que el Movimiento de que formo parte ha ejercido el poder, la empresa privada y la iniciativa individual han florecido y han dado muestra clara de que, apoyadas por los hombres del Estado, están listas para hacer frente a los nuevos retos de la época. Pruebas de ello las podemos dar a montones. Pero para nuestros adversarios en Costa Rica, las únicas empresas que se deben proteger son las grandes empresas, propiedad de unos pocos; y la iniciativa particular que se debe estimular es la de aquellos que creen en hacer fortuna a base de estrujar a la pequeña finca y a la pequeña empresa o de negar a los trabajadores de Costa Rica sus derechos. A pesar de eso, repito, los grandes empresarios de Costa Rica se han beneficiado de los programas y planes de los Gobiernos en que hemos tenido participación. Cuando esos pequeños grupos lograron obtener los votos del calderonismo, llevaron hombres de su confianza al ejercicio de un Gobierno que, fiel a sus doctrinas, se caracterizó por no hacer nada. El país puede perfectamente darse cuenta de qué es lo que ellos consideran un buen Gobierno, analizando la administración que estuvo en el poder de 1958 a 1962.
No somos totalitarios. Nuestro movimiento nació con las inquietudes de nuestra generación, al negársenos los derechos políticos en la década de los años cuarenta. No somos enemigos de la empresa privada, ni de la iniciativa privada. Las hemos defendido desde el poder y desde la oposición. Pero no creemos que el Gobierno deba desaparecer para que sean los grandes empresarios los que manejen a su antojo los asuntos públicos, ya que está demostrado hasta la saciedad que cuando se les entrega a ellos el poder, sólo piensan en sus intereses y sus utilidades y no en el bien común de los diversos factores de la producción. No somos fanáticos ni extremistas. Tenemos en nuestro Movimiento empresarios capaces y eficientes que nos han enseñado el respeto que se merecen los hombres de trabajo de Costa Rica. Pero esos mismos hombres nos han enseñado también que es al Gobierno al que corresponde evitar que el grande explote al pequeño y que si Costa Rica ha dado un salto espectacular en el aumento de su producción, también lo ha dado con el ejemplo -sanísimo para la economía- de hacer una distribución más justa del ingreso nacional.
Somos demócratas y no somos totalitarios. Que eso le quede bien claro al editorialista de "La Nación". Fueron nuestros compañeros de ideas quienes salieron a luchar por la democracia política de Costa Rica, brindando muchos su vida a ese propósito. Las veces que hemos ejercido el poder, hemos llegado al extremo de la tolerancia, en el ejercicio de los derechos humanos. Pero no podemos permitir, en el uso de estos derechos, que se atropelle a muchos en beneficio de unos pocos; y para eso pedimos el voto, cada cuatro años, a las grandes mayorías nacionales.
Esa es nuestra posición; los resultados de nuestra gestión de gobierno están a la vista, para que se contraste la Costa Rica de 1965 con la de 1947.
Los resultados prácticos de las ideas de "La Nación" no están a la vista, pero es fácil deducirlos con sólo imaginar una Costa Rica donde los deseos editoriales de ese periódico se hubieran cumplido sin Impuesto Sobre la Renta.
Seria una Costa Rica sin ICE, sin INVU, y sin ITCO. Una Costa Rica con los Bancos en las manos privadas que antes estuvieron. Una Costa Rica donde el trabajador ganaría el mismo salario que en 1947. Y de paso, una Costa Rica sin partidos políticos permanentes que pudieran levantar esas banderas de progreso y reivindicación.
Un panorama desolador, indudablemente.