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 APUNTES PARA UN CONGRESO IDEOLOGICO 
DEL PARTIDO LIBERACION NACIONAL


Daniel Oduber Quirós
Daniel Oduber Quirós

Ideas relacionadas con la Carta Ideológica de la
Juventud Liberacionista (Mayo de 1968), con el
Manifiesto Democrático para un Revolución
Social (Patio de Agua) y con otros documentos.

Marzo, 1969


Indice
  PRESENTACION
  INTRODUCCION
  UN PROBLEMA SEMANTICO
  LA REVOLUCION POSIBLE
  EL DEBATE DEL SIGLO 20
  EL CAMBIO EN 20 AÑOS
  EL SOCIALISMOS DEMOCRATICO DE HOY
  EL ESTADO MODERNO




PRESENTACIÓN


LIBERACION Y DANIEL

"En el año tercero de Ciro, rey de los persas, fue revelado a
Daniel, por sobrenombre Baltazar, un suceso verdadero y una
fuerza grande, o ejército celestial; y él comprendió el suceso
pues necesaria es para esta visión la inteligencia". (Profeta Daniel
Capítulo X Versículo 1 - Antiguo Testamento).


Quien suscribe estas líneas, no puede soslayar una cierta perturbación de ánimo, al tener que escribir sobre Daniel Oduber.

Me es difícil objetivar su personalidad política y hacer abstracción de la atmósfera dentro de la que surgió nuestra hermandad -que para ser verdadera- ha debido sufrir pruebas duras; resistir los embates de la intriga y rehabilitarse después de cada golpe, provocado por intermitentes reservas mutuas, ante inconfesas apreciaciones sobre actos concretos de la conducta de cada cual.

Existe una relación de varios lustros. A veces tuvo carácter epistolar. Por años fue tertulia íntima y diáfana. Juntos cumplimos labores legislativas durante dos períodos de cuatro años (1958-1962 y 1970-1974). Juntos cometimos el error de querer anticipar en 1961, una candidatura presidencial, cuando era la hora merecida de nuestro compañero Francisco Orlich. Contra el consejo de buena fe de la mayoría de sus amigos, escuchó el mío -también de buena fe- para que no enfrentara su nombre en 1970 al de nuestra máxima figura histórica, el compañero José Figueres. Así logramos la unidad del Partido. Uno al lado del otro siempre, en el largo y accidentado camino de construir una herramienta política al servicio del pueblo.

El alma humana está llena de contradicciones. Pienso y escribo estas líneas, dentro de una gran paradoja: porque existe un cerrado itinerario político y fraternal, me es difícil escribir sobre el compañero de causa que actualmente ocupa la Presidencia de la República. Y al mismo tiempo y por esa misma causa, soy el más obligado de sus amigos a presentar esta recopilación de aportes ideológicos del compañero Daniel Oduber.

A través de aquella hermandad y del afecto, he penetrado como ninguno otro, esa personalidad que sus adversarios y hasta sus amigos consideran desconcertante y contradictoria. No recuerdo quien dijo hace varios años, que Daniel Oduber, se habría campo en la contradicción y a pesar de ella. Es hombre de angustias y turbulencias interiores, pero aparece frío y cínico. Es sentimental y romántico, pero pareciera avergonzarce de serlo. Es tímido -imposible de creer- pero su timidez toma a los ojos de los gentes la forma de falta de humildad. Tiene una envidiable formación académica y, no sólo no hace alarde de ella, sino que su tribuna predilecta es la pública y su léxico es directo y popular.

Su personalidad tiene la impronta de los dramas de infancia y de adolescencia, pero también en sello ardiente de sus luchas dentro del Partido. Ha sido duro el ascenso de Daniel, ante el asedio, los celos y hasta la inquina de algunos de sus propios correligionarios. El 8 de mayo de 1974, cuando iba hacia el estrado donde recibiría la banda presidencial, en impensada respuesta al periodista, como son muchas de sus declaraciones, dejó testimonio de ese drama: el periodista preguntó: ¿don Daniel, se siente satisfecho de este momento? el Presidente Electo contestó: claro que sí, usted sabe, Danilo, me ha costado mucho llegar aquí.

Como el Daniel del Antiguo Testamento todos le reconocen extraordinaria inteligencia. A partir de allí, comienzan las dudas, las críticas y los ataques. Es más táctico -y de los mejores- que estratega. Primero su consagración a la política, después su actividad profesional. Estudiante universitario apenas y ya era dirigente en el Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales, colaborador en la revista "Surco" y en el "Diario de Costa Rica" de la agitada época de los años cuarenta. También daba la batalla en las calles y en la penumbra de la clandestinidad. Su arrolladora vocación política, permite afirmar que es un hombre en función política las 24 horas del día.

Son relativamente pocas, sus contribuciones escritas al acervo ideológico del Partido Liberación Nacional. La mayor parte de su producción en este campo, está en sus discursos de plaza pública o en sus entrevistas y comparecencias ante los medios de comunicación social. En un Partido que tiene ideología, pero cuyo acento es pragmático, el estilo político de Daniel Oduber, habría de asegurarle una fuerza singular en sus cuadros medios. A ese nivel, ha sido el dirigente de mayor poder en Liberación. Sus aporte ideológicos han surgido en la acción misma, porque está imbuido de la filosofía que encierra la estrofa feliz de Machado: "caminante no hay camino, se hace camino al andar."

LUIS ALBERTO MONGE

San José, 4 de julio de 1975


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INTRODUCCION

En mayo de 1968 hice un viaje de diez semanas a Europa.

Al pasar por New York visité la Universidad de Columbia a donde a menudo iba a conversar con profesores amigos. No pude entrar. Estaba rodeada por la policía; las revueltas estudiantiles habían tenido como resultado la ocupación de sus edificios y su destrucción. Ya al llegar a París había oído hablar de la revolución que se acababa de iniciar en la Universidad. Me parecía exagerada la información sobre ese movimiento estudiantil, pero al visitar la Sorbona y al vivir en sus alrededores esos días y noches, me di cuenta de que se le estaba planteando a Francia una revolución violenta, apoyada por estudiantes, profesores y obreros, que deseaban el cambio de la estructura política del país.

No se trataba sólo de cambiar la estructura de la educación, sino el "orden de cosas", la sociedad misma. Aunque en esos primeros días la "revolución" tuvo la simpatía de los obreros, de los intelectuales y de la clase media, luego, en su mayoría, esos elementos la abandonaron y la condenaron.

Los grupos organizados de obreros y estudiantes empezaron la discusión pública acerca de la "revolución" en anfiteatros, periódicos y revistas, pero nunca hubo más confusión y contradicción que en esas semanas. Los que seguíamos con atención el proceso tratábamos de determinar los fines que perseguía el movimiento revolucionario, y ver en dónde se ubicaban los grupos organizados del país. ¿Se trataba en realidad de un cambio social en Francia? ¿Se trataba de destruir una forma de vida para construir otra? ¿Se trataba, en fin, de una revolución o de una explosión rabiosa sin dirección alguna?

Uno de los lideres estudiantiles más pintorescos era el alemán Daniel Cohn Bendit, de 23 años. Me llamó la atención, desde el primer momento, oirlo hablar de los "crápulas stalinistas", cuando por su parte "L'Humanité" (periódico comunista) decía en su edición de 11 de junio de 1968:

"Hemos denunciado y combatido la demagogia, las super-promesas y las provocaciones ultra-izquierdistas sostenidas por el Partido Socialista Unificado que se presenta a veces como maoísta, como anarquista, como troskista... y a los grupos de aventureros, de personalidades enfermas, de renegados, etc."

Así, a primera vista, la revolución atacaba a la revolución acusándola de extremista. En el patio de la Sorbona ondeaban las banderas rojas y negras de los comunistas y de los anarquistas, pero el comunismo que ahí se predicaba era el de Mao, el de Fidel, el de Trotsky y, sobre todo, el de Guevara; no el "oficial", el de Moscú, duramente condenado por "conservador" y por reaccionario, es decir, por anti-revolucionario.

Los grupos de oposición a De Gaulle, reunidos en una federación de izquierdas, en sus primeros días apoyaron la revolución de mayo queriendo aprovecharla para hacer caer el Gobierno. Las grandes personalidades de la políitica francesa, el señor Francois Mitterrand y el señor Mendés-France, se habían repartido ya el nuevo Gobiercio: uno sería Presidente y otro Primer Ministro. Así, mientras los partidos burgueses de oposición apoyaban el movimiento obrero-estudiantil, el Partido Comunista lo atacaba; es decir, la violencia era aceptable para la burguesía francesa, pero no para el grupo comunista ortodoxo. Lo mismo sucedía con las centrales obreras; en tanto las afectas a los partidos burgueses incitaban al paro nacional y admitían la violencia, la central comunista (CGT) los condenaba. Una caricatura de Siné mostraba una manifestación comunista de la CGT con cartelones que decían: "La Revolución no pasará".

En los boulevares del Barrio Latino los árboles se cortaban para hacer barricadas; los adoquines de las calles se usaban como proyectiles; los automóviles y muebles se quemaban. La guerra parecía medieval: estudiantes con cascos, escudos y picos, y la guardia republicana con cascos, escudos y garrotes. Parecían éstas batallas de la Edad Media, antes del conocimiento de la pólvora; la única excepción era el gas lacrimógeno, el que sufrían por igual los combatientes y los espectadores.

Sartre y los izquierdistas acusaban al Partido Comunista y a la Confederación General de Trabajadores de traicionar la Revolución, a la que estrangulaban deliberadamente.

Todo este cuadro de violencia, de contradicciones y de traiciones, no era sino una explosión de descontento más; de las muchas que estaban viviendo los países más avanzados en su desarrollo y cultura. Lo que había sucedido en las principales ciudades de los Estados Unidos, calificando superficialmente de racismo, lo estaba viviendo París, Berlín, Roma y Praga, con diferentes matices. Lo viviría México en toda su intensidad. Lo sentirían en su propio seno Montevideo, Buenos Aires y Río de Janeiro; Tokio y Pekín. En Moscú la juventud se rebelaba contra lo establecido, y en las universidades polacas y checas se buscaba romper el orden social. La Revolución Cultural China, -segunda etapa de la revolución de 1948- apenas se conocía en sus aspectos más explosivos, pero nunca en toda su intensidad. El Ché Guevara, al morir en contra del mundo, se convertiría en bandera de protesta contra todos, aun en contra del comunismo mundial. Había que estar con la revolución contra todo; había que destruir todo: quemar, golpear, aniquilar. No importaba construir; eso vendría después. Lo importante era destruir.

El debate silencioso que no se satisfacía con el fuego en el Barrio Latino o con el ataque brutal de la policía de Chicago, se intensificó en 1968. Por debajo de los hechos pintorescos que atraían a la prensa y a los revolucionarios explosivos, estaba la inquietud de determinar para qué se deseaba hacer una revolución en los países industriales y cómo se haría. También se abría el debate sobre las técnicas que habían dominado el vocabulario político en el mundo desde 1848: comunismo, revolución, reforma, izquierdismo, reacción, anarquismo, protesta, etc.

No había duda de que en el mundo, 25 años después de la II Guerra Mundial, la juventud estaba contra todo. Pero lo más grave estribaba en que ese sentimiento no sólo era de la juventud sino que lo compartían también los mayores. Y empezó a verse que si en el orden tecnológico y científico se había llegado ya a la luna y al control de la poliomielitis, en el campo social no se había avanzado con igual celeridad. Ese sentimiento era protesta en Watts, California, o en cualquier ciudad de China. Y la protesta iba contra un orden social injusto, anquilosado y rígido. La lucha se enderezaba contra lo que se llegó a denominar el "Establecimiento"; es decir, contra lo establecido por la sociedad, organizado para la protección egoísta de grupos: partidos, sindicatos, iglesias, cámaras, asociaciones, etc. En fin, la protesta era contra un orden social en el que pocos vivían bien, organizados únicamente para su interés particular y en el que muchos quedaban fuera, como mera masa amorfa explotada. Esta rebelión fue igual en Praga, en Río, en Moscú y en El Cairo.

La Historia se estaba fraguando en estos meses de revuelta mundial, como tenía que suceder; las palabras ya no representaban posiciones sociales o políticas, sino vivencias del pasado: el proletario comunista se convertía en el burgués conservador en París, y el burgués temeroso se convertía en el revolucionario anarquista, cansado ya de la explotación de una jerarquía social que lo oprimía y lo explotaba. El asistente médico se revelaba contra el médico, y el profesor-asistente contra el profesor. El empleado bancario luchaba contra el mismo sistema a que servía, pero el trabajador sindicalizado se horrorizaba de que le quemaran su automóvil último modelo, que apenas empezaba a pagar. Los revolucionarios de Marx eran parte del "establecimiento" y tenían que ser destruidos al igual que cien años antes, ellos habían decretado la destrucción de la burguesía. Los burgueses de hoy eran los miembros del PCF y de la CGT, o los dirigentes del PC Ruso o Chino. Esa fuerza revolucionaria, sin dirección, trataron de utilizarla el Ché Guevara, Camilo Torres, Ruddy el Rojo en Berlín, Cohn Bendit y Sauvegeot en París, Pop Brown y Carmichael en los Estados Unidos de América. El torrente de protesta los empujaba a actuar, aunque posiblemente irían quemándose todos en ese holocausto. Pero el fuego no sería apagado.

En los Estados Unidos asesinaban a Martín Luther King y a Robert Kennedy, que deseaban canalizar la protesta. En Praga llegaron los tanques rusos. En China los cadáveres flotaban en el Yang-Tse Kiang por centenares. En Moscú descabezaban la revuelta apresando intelectuales. En Bolivia moría el Ché, y en Colombia Camilo Torres. Si los capaces, los preparados para dirigir el cambio eran asesinados, al igual que los rabiosos, ¿cómo hacer el cambio?

Tres corrientes vio Raymond Aron en este sentir de protesta, pero todas ellas no eran sino el resultado de la misma situación de frustración, de desaliento y de rabia, que condicionaban la actuación de la juventud en todos los países del mundo, en los industrializados (Rusia, Japón, Estados Unidos, Francia, Alemania) así como en aquellos donde la sociedad tradicional es todavía una realidad (México, Egipto, Argentina, China, India). Tres caminos había escogido la juventud para enfrentarse a las sociedades fosilizadas en que vivía: el romántico (hippies, psicodélicas), el violento (París, Watts), o los dos (guerrillas). Y para los políticos activos del mundo, para los cuales seguía siendo la figura de Kennedy, de King, o de Dubcek, más atractiva que la de los nihilistas, el debate de cien años de ideas, se convirtió en un imperativo moral.

Para contribuir a este debate deben ser revisados los principales conceptos de los últimos cien años y ubicar cada país, -y casi cada región- dentro de su realidad social, con el objeto de no caer en el pecado fácil de la generalización. Por encima de este debate debe tenerse siempre en cuenta que se habla para una juventud justamente sublevada que tiene ante si el camino del cambio, en la paz, o el camino de la violencia que vendría a destruir lo que todavía vale en cada país, y sin que ofrezca alternativa alguna al orden social que destruye. Y lo que es peor, vendría a fortalecer aquellas mismas fuerzas que la juventud quiere eliminar, tal como sucedió en Francia con las fuerzas conservadoras, en Praga con las fuerzas pro-rusas y en Brasil con las fuerzas militares.

Dirigentes y grupos políticos en Costa Rica han querido dirigir nuestra juventud, aprovechando su protesta sana contra vicios sociales que afectan nuestra sociedad. Izquierdistas comunistas e izquierdistas románticos han estado compitiendo para ver quien hace las manifestaciones más extremistas para atraerse así la juventud nacional. Y los socialistas democráticos, que estamos en la obligación de mostrar a esa juventud lo que hemos hecho en un cuarto de siglo, y lo que debemos hacer en las décadas que vienen, no nos hemos preocupado de mostrar consistentemente nuestra lucha revolucionaria en Costa Rica, heredera de una tradición de cambio y justicia poco conocida por los mismos costarricenses.

No debemos competir en extremismo o gritería, sino en seriedad, análisis, estudio y valor moral. Y para esa tarea, nuestro Partido debe alistar su doctrina, alistar sus programas y alistar su mensaje.

La responsabilidad del político está directamente relacionada con la definición. Un político que no se define ante su época y ante la juventud, es un calculador o un cobarde, y no podrá jamás esperar apoyo moral de esa juventud.

DANIEL ODUBER


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UN PROBLEMA SEMANTICO

Desde hace cien años decir comunismo y decir izquierdismo ha sido, para la mayoría de las gentes, decir lo mismo. En términos generales podríamos decir que los comunistas se ubican siempre a la izquierda del centro, esto es, en la parte de los enfurecidos que quieren destruir un orden social fosilizado y las instituciones que ha creado ese orden social.

Según ellos, las estructuras económico-sociales de la Inglaterra de 1848, de París en tiempos de la Comuna en 1871, de Rusia en 1905 y 1917, de China en 1948 y de Cuba en 1968, debían ser destruidas para que dieran paso a una sociedad diferente, libre de injusticias.

Para poder ser considerado "inteligente" por los "inteligentes", y para poderse dar el nombre de "intelectual", se debía estar siempre a la izquierda, y mientras más a la izquierda se ubicara uno, más "intelectual" e "inteligente" era considerado por los "inteligentes". Los comunistas todos eran "inteligentes", y juzgaban quién podría ser considerado "inteligente" y quién no. Todas las palabras de ellos eran palabras de iniciado, de las que sólo ellos conocían su verdadero significado, porque sólo ellos entendían la "verdad" que era única: la verdad de Marx, y de quienes lo interpretaban "bien".

Después de la revolución Rusa sólo podían ser marxistas de verdad quienes interpretaban a Marx de acuerdo con los intereses del Estado Ruso y malos marxistas los que se atrevían a interpretar a Marx en contra de los intereses del grupo de hombres que tenían el poder en el Kremlin. Los primeros marxistas que tuvieron el poder en Rusia fueron los depositarios de la verdad marxista, la que interesaba al Gobierno ruso del momento. Casi todos fueron asesinados después -en los treintas- porque otro grupo había tomado el poder en Moscú y automáticamente cambiaba la verdad marxista ya que sólo podía existir una a la vez: en ese entonces, la del grupo del gobierno stalinista. Al morir Stalin, y después del Congreso de 1956, la verdad marxista que había enviado tantos marxistas a la tumba cayó en desgracia; vino Kruschev e impuso la suya, hasta que se cansaron de ella Breshnev, Suslov y Kosygin, el grupo que gobierna ahora en Moscú.

Así, desde Trotsky hasta Dubcek, pasando por Mao, por el Ché Guevara y por los revolucionarios de París, todos los que hablan de revolución sin pedirle permiso a los rusos, están destruyendo a Marx y prostituyendo la única revolución que sirve: la de ellos. Y todas las palabras revolucionarias, aun las anteriores a Marx, sólo pueden ser correctamente interpretadas si la interpretación es la que sirve a los intereses de los que dominan en Moscú, en un momento determinado.

Ideología, teoría, estructura y super-estructura, imperialismo, rigor teórico, revolución, propiedad política, cultura y el hombre mismo, no pueden ser entendidos si no es de acuerdo con sus circulares a los partidos comunistas que se les someten servilmente.

Por eso fue condenada la revolución de mayo en París, calificada como la explosión de estudiantes alocados que no comprendían la verdadera revolución, la que sólo podrían comprender el Partido Comunista Francés o sus satélites en la Confederación General de Trabajadores o la Unión de Estudiantes Comunistas. Y como a la política exterior rusa no le convenía el debilitamiento político del General De Gaulle, lo que hicieran los estudiantes en Francia -o en otros países- no eran más que explosiones "izquierdistas" sin contenido doctrinario. En la misma forma que a la política exterior rusa no le convenía la guerra en el Congo, por lo que ordenó a Castro el retiro del Ché Guevara de ese país para enviarlo a una muerte segura en Bolivia. En las jornadas de mayo en París, los comunistas oficiales se enfrentaron a las izquierdas, sabotearon a los estudiantes y obreros y fortalecieron el "establecimiento" francés, del que ellos forman parte como partido, como confederación de sindicatos, Y como unión de estudiantes. Claro, cuestión de palabras; porque la Revolución no puede existir sino cuando a ellos les parece bien y de acuerdo con sus intereses.

Así, el proceso dialéctico que llegó a culminar en 1968 en París y en Praga, enfrentó dos conceptos que antes fueron iguales: izquierdismo y comunismo.

Decía Trotsky en su "Historia de la Revolución Rusa" que el síntoma más indiscutible de la Revolución era la Intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En París los comunistas actuaron contra las masas y en Praga los tanques de Moscú las arrollaron. Dentro de toda esta voltereta de los verdaderos conceptos revolucionarios, siguen los órganos oficiales rusos tratando de tener el monopolio de la revolución, del izquierdismo, de la historia y de la inteligencia, Y sólo son buenos marxistas quienes siguen su línea.

En la historia reciente de la América Latina los grupos de izquierda han considerado siempre de buen tono hacerle el juego a los comunistas sin darse cuenta que, al hacerlo, están renunciando a los postulados de su revolución, porque las circunstancias históricas de cada país no tienen nada que ver con el interés de los rusos, sino con sus propias condiciones políticas, económicas y sociales, las que deben ser modificadas de acuerdo con el interés nacional y con las circunstancias históricas que las determinaron. Plantear soluciones comunistas, de acuerdo con las consignas internacionales de una potencia mundial, es renunciar de antemano al cambio social y provocar reacciones violentas que sólo fortalecerán a los enemigos del cambio. Lo que sucedió en Praga, o doce años antes en Budapest, es suficientemente claro para los que hemos seguido de cerca las luchas sociales de la época. Andar repitiendo frases huecas de un marxismo ya desprestigiado, es hacer revoluciones semánticas, irrealizables y líricas, en lugar de enfocar cientificamente la realidad social de cada país.

El canto revolucionario de la primera mitad del Siglo XX estaba hecho con la música de Rusia. La Revolución Mexicana, que no tuvo nada que copiar de la Revolución Rusa porque la había antecedido, creyó conveniente, sin embargo, después de los veinte, copiar las frases y símbolos de los rusos. Poco a poco se llegó a concluir en que no se podía hacer una revolución si no era en la misma forma en que lo había hecho Lenín con Marx, en la primera etapa de la Revolución Rusa. Todo lo demás, según lo presentaban los intelectuales de izquierda en sus respectivos países, era anti-revolucionario. Pero después de la revolución cubana, las revoluciones debían hacerse en los mismos términos y condiciones y con los mismos símbolos y palabras que habían adoptado los cubanos como suyos.

La Revolución tenía que ser con términos semánticos socialistas o no era revolución de verdad. Pero no se daban cuenta quienes así hablaban que las revoluciones todas, en la Historia, no tuvieron nada que ver con el camino socialista, el que siguieron después de tener el poder en sus manos, y que la más influyente de las revoluciones, la francesa del Siglo XVIII, no fue socialista, como no lo fueron la rusa, la mexicana, la china ni la cubana en sus etapas propiamente revolucionarias. Fue desde el poder, con su fuerza ya consolidada, que determinados grupos surgidos de la revolución decidieron la aplicación de moldes y soluciones socialistas. En algunos casos, lo único que hicieron fue hablar en términos socialistas, mientras actuaban en líneas muy diferentes al socialismo que predicaban. Tal vez la única revolución que practicó el socialismo en su etapa anterior al acceso al poder, antes de 1948, fue la china de Mao.

La idea superficial que tienen muchos intelectuales de izquierda, de que revolución y socialismo son términos inseparables, no toma en cuenta que una cosa es la revolución y otra el socialismo; una cosa el procedimiento histórico de llegar al Poder para destruir algo, y otra lo que se puede o no se puede construir desde el Poder.

La Historia nos muestra que toda revolución violenta es básicamente romántica y destructiva; que nunca ha sido un movimiento racional, intelectual. La revolución es pasión, es rabia, es "izquierdismo" por naturaleza, si entendemos la izquierda como ese gran movimiento romántico, irracional, que desea un cambio del sistema social que impera en un país, en un momento dado. Y claro está, es en ese sentido que Lenín lo consideraba "la enfermedad infantil del comunismo", ya que éste y el socialismo no son ni deben ser izquierdistas, sino algo por encima de las izquierdas, por encima de la violencia y de la pasión de los románticos, y que sólo puede plantearse en términos científicos, es decir, racionales.

Es en ese sentido que una revolución es infantil y romántica, pudiendo ser utilizada para que los "serios" lleguen al Poder a construir el socialismo, tal como lo interpretan quienes tienen el Poder en Moscú. Así fue en Rusia del 1917 al 1919. Así fue en los países europeos del Este donde los "serios", en el período del 1945 al 1948, llegaron montados en los tanques rusos. Así fue en Cuba en los años 1958 y 1959. Claro que nada tiene que ver la revolución con el socialismo, pero en los últimos cincuenta años se les ha hecho creer a los revolucionarios que ellos no son revolucionarios si no son, al mismo tiempo, socialistas, y si no se ponen al servicio de los rusos. Así se quiso desconocer el socialismo de Yugoeslavia después de 1948, cuando Tito rompió con Stalin. Y se desconoció, con tanques, la revolución de Hungría en 1956 y la de Checoslovaquia en 1968, para no hablar de la traición stalinista contra España en 1938.

Pero lo paradójico del caso es que la Revolución Rusa terminó con Stalin, quien la convirtió en una política nacional para construir "su" socialismo. Trató de renacer con Kruschev y volvió a ser aplastada al caer él y su grupo en 1964. Lo que tuvo Rusia de revolución fue la primera etapa -la romántica-, ya que la construcción del socialismo se hizo gracias a la política contra-revolucionaria que aplicó Stalin: policía, asesinato, exilio y terror. Así podemos ver que el comunismo es la etapa posterior a la Revolución, y enemigo de ésta, a la que considera infantil y romántica. Lo que no podemos entender es cómo un gran número de intelectuales se ha tragado la tesis comunista de que no puede hablarse de revolución si no se habla de comunismo, como si éste fuere inherente a ella.

Y claro está, los grandes defensores de esta tesis son los mismos comunistas, quienes no aceptan que haya revoluciones si no están sometidas a ellos.

Debemos aceptar que una revolución -cualquiera que sea o que haya sido-, es "izquierdista"; es decir, irracional, rabiosa, enfurecida, romántica, pero desea, sobre todo, un cambio social. En este sentido, la francesa, la americana y la mexicana para citar algunas, son revoluciones. La Rusa y la Cubana fueron revoluciones en su etapa inicial, transformándose luego, gradualmente, en movimientos comunistas. Debemos recordar también que los pueblos comunistas pro-rusos, han acusado de contra-revolución los movimientos que no se plegaron a Moscú tal el caso de Yugoeslavia, China y Albania.

La revolución francesa se enfrentó al poder feudal, aliado de la monarquía; más de un siglo después la Revolución Mexicana se alzó contra ese mismo poder, aliado entonces a la dictadura. La Revolución Rusa se gestó en busca de la paz, pero también contra el feudalismo aliado al zar: la Revolución China se levantó a su vez contra los señores feudales y sus aliados militares, y contra los imperialismos occidental y asiático. La Revolución Cubana, contra el militarismo, aliado y defensor de los imperialistas y contra la dictadura corruptora. Fue, en todos los casos, una revolución contra algo que representaba una instancia de poder en un momento determinado, y que se personalizaba en una clase social (monarquía y burguesía) que había excluido las otras clases del poder y de los beneficios materiales de la sociedad. Primero acontecieron las revoluciones burguesas contra la monarquía, el feudalismo o los militares. Luego, las revoluciones fueron de un grupo burgués contra otro; intelectuales contra militares, etc. Pero en esos movimientos revolucionarios nunca pudo encontrarse, como factor único, al grupo comunista que hacía la revolución para instaurar en el Poder un socialismo marxista. El comunismo apareció después de la Revolución utilizándola o queriendo utilizarla. Nunca fue el motor del cambio, sino el ladrón del cambio, una vez que este cambio fue realizado. En este siglo, a partir de 1905, cada vez que se llevaba a cabo una Revolución, el comunismo aparecía después, tratando de dirigirla hacia sus propios fines. Los movimientos de independencia en Africa, por ejemplo, fueron desvirtuados por los comunistas rusos y chinos, que los quisieron usar para sus amos en beneficio de una política mundial que no tenía nada que ver con las revoluciones nacionalistas.

Podemos señalar también que las ideas socialistas del Siglo XIX, que sí movieron revoluciones en todo el mundo, fueron utilizadas para orientar las revoluciones del siglo XX, una vez que éstas se hubieron consolidado. Pero eso se debió en gran parte a que los revolucionarios, al destruir un régimen, no habían pensado en el régimen sustitutivo, precisamente por su condición de revolucionarios: enfurecidos, románticos y algo irracionales, incapaces de crear un sistema político, jurídico, económico y social que viniera a llenar el vacío que dejaba el régimen destruido.

Ya en la última etapa del Siglo XX, con la juventud enfurecida en cada país, con las experiencias dejadas por casi dos siglos de movimientos sociales y políticos consolidados, la primera pregunta que debiéramos hacer los que deseamos eliminar los vicios sociales y lograr la creación de una sociedad más próspera y justa, es ¿qué tipo de revolución deseamos y cómo hacerla? ¿Qué tipo de revolución es la que se debe llevar adelante en cada país para obtener la igualdad de que se ha hablado durante dos siglos? ¿Cómo salir de nuestra miseria y acercarnos a la abundancia y la justicia? ¿Qué proyecciones ha tenido la Revolución hecha en América en este siglo? ¿Cómo hacer y para qué hacer una Revolución en 1970?


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LA REVOLUCION POSIBLE

La Revolución Posible, y la Revolución Imposible, parecieran ser las alternativas que tienen los países de menor desarrollo económico. Para quienes no están familiarizados con la historia de un país y su relación con países que ya han superado otras etapas en su desarrollo, es más fácil confundir lo posible con lo imposible, lo real con lo ideal. Querer saltar etapas históricas al hacer un planteamiento revolucionario, es hacer fracasar ese mismo planteamiento. Hablar hoy de hacer una revolución como la francesa, o como la rusa, es desconocer décadas de investigación y de avance en todos los órdenes del pensamiento humano. Repetir en Bolivia la experiencia cubana, era entrar en el campo de la revolución romántica, de la revolución imposible. Y tal vez por eso tienen razón los que afirman que el Ché Guevara buscó morir, al plantear una guerrilla en Los Andes bolivianos, sabiendo de antemano que estaba planteando una revolución imposible para la Bolivia de 1966. Hacer planteamientos revolucionarios a sabiendas de que se está planteando lo imposible, es fortalecer las mismas fuerzas que se quiere destruir con la Revolución, y en el fondo, consolidar la posición conservadora.

Toda Revolución implica cambio en el poder político, el que va de una clase a otra. Si no, no es revolución. Como tampoco es revolución el planteamiento teórico que se hace de lo imposible. Los comunistas tienen todo un sistema económico y social propio, el que ha sido experimentado en los últimos cincuenta años en muchos países de mayor y de menor desarrollo. El capitalismo actual es el producto de años de cambio y de mejoramiento en su eficiencia y en su repercusión social. Una Revolución, dondequiera que se haga hoy, debe tomar en cuenta las experiencias de esos sistemas económicos de los últimos cien años y tener presente que socialismo y capitalismo son sólo sistemas económicos y no sistemas políticos.

Democracia y totalitarismo son formas diferentes de gobierno que no tienen nada que ver con el sistema económico que se escoge. Puede haber democracia en lo político y socialismo en lo económico, como puede haber también capitalismo y dictadura. Lo que se debe plantear, al hablar de Revolución, es si se desea un cambio del sistema político -como ha sido siempre- o del sistema económico -como ha sido en otras casos-, o si se quiere un cambio en lo político y en lo económico a la vez. Para no cometer el error de destruir algo sin haber determinado cuál ha de ser el sustituto, debe definirse entonces, de antemano, el sistema que se quiere vivir en lo político o el que se quiere vivir en lo económico. Nosotros queremos aquí actualizar los conceptos del socialismo y de democracia, que hoy son inseparables.

En la América Latina se tiene la experiencia resultante de las revoluciones que se hicieron para romper sistemas políticos y económicos considerados injustos. La Revolución Mexicana fue una revolución típicamente burguesa, con gran colorido social; construyó un México nuevo que ha venido evolucionando hacia el capitalismo moderno. La Revolución Cubana se convirtió en una revolución comunista sui-generis, debido a la situación internacional de ese momento. Desde la independencia han ocurrido otras muchas revoluciones, y todas ellas, en una u otra forma, han buscado cambiar el sistema político imperante en su país, pero muy pocas las que entraron al campo de la reforma económica o del cambio social.

Todas las revoluciones acontecieron cuando las circunstancias las hacían prácticamente inevitables y cuando una gran corriente de protesta revolucionaria se canalizaba hacia la lucha violenta. En frío, de la nada, por meras elucubraciones doctrinarias de café, es imposible hacer una revolución y quienes lo intentaron han fracasado.

La Revolución de 1948 en Costa Rica, fue la protesta de un pueblo que deseaba una participación más intensa en el proceso político, es decir, una democracia más amplia y más firme. Los dirigentes de la gesta de Liberación Nacional lograron, además de esa conquista política innegable, imprimirle un cambio económico-social definido, planteando así una traslación real del poder a manos de las clases media, campesina y urbana, fortaleciendo de esta manera un cambio social que se había iniciado en el papel cinco años atrás. Pero de esto hablaremos luego. Lo importante es ver qué tipo de revolución puede hacerse ahora en nuestro país y para qué.

Hay, en los dos últimos siglos, revoluciones tal vez más trascendentes que las tres citadas; no han tenido nada que ver con el socialismo marxista ni con el comunismo stalinista, pero han provocado cambios profundos en las sociedades en que se desarrollaron y en el destino mismo de la humanidad: la Revolución Industrial y la Revolución Tecnológica.

La Revolución, en nuestro tiempo, debe tomar en cuenta una serie de cambios ocurridos en los últimos años del Siglo XX, principalmente después del fin de la II Guerra Mundial. Tratar de hacer ahora una Revolución Marxista, con los modelos e ideas del Siglo XIX o de hace cincuenta años, es ignorar, de antemano, las mismas ideas de la Filosofía de la Historia, ignorar el gran cambio de las doctrinas económicas, de la sociología y de la ciencia política, e ignorar además la gran revolución científica y técnica de los últimos años. La energía nuclear, los ordenadores, los transistores, la comunicación colectiva, la conquista del espacio, las ciencias industriales modernas, la productividad en la agricultura, etc., no deben ser ignorados de ninguna manera a la hora de hacer una revolución.

Si reparamos en la tesis aprobada de que sólo las izquierdas han hecho las revoluciones en los últimos dos siglos, debemos concluir en que es a esas izquierdas a quienes corresponde hacer los planteamientos revolucionarios para alcanzar el cambio. Pero esa dirección tiene que ser trazada tomando en cuenta el momento histórico -nacional o internacional- que vivimos, y las posibilidades que tiene el país para consolidar ese cambio. De nada nos serviría anunciar un cambio imposible, irreal, que vendría a hacer imposible el cambio real. En nuestros países los propulsores de la Revolución Imposible son, paradójicamente, los comunistas; pero lo son, casualmente, con el objeto de hacer imposible la Revolución Posible. Es decir, al pretender los comunistas que un país como el nuestro puede hacer la Revolución Comunista, lo que procuran es más bien fortalecer a quienes lo único que desean es detener todo cambio social, destruyendo así la única posibilidad real de lograrlo, ya que las fuerzas reaccionarias, al acusar de comunista todo intento de cambio social, impiden que se realice el cambio necesario. Y eso es lo que interesa a los comunistas con el objeto de que, en el mundo en que Rusia no puede todavía entrar las condiciones sociales sean tales que estos países vivan en estado de descomposición permanente. Todo con el objeto de que las clases desposeídas de la América Latina lleguen a creer que en otros países, similares a los nuestros, donde sí está presente la influencia de los rusos y sus aliados, la sociedad es más eficiente y más justa.

De manera que anunciar una Revolución romántica, poco seria, irreal, es hacerle el juego a quienes no desean la Revolución de ninguna manera. Una tentativa izquierdista de anunciar una Revolución Imposible, es, ni más ni menos, hacer el juego a quienes desean mantener un país fosilizado en sus errores e injusticias. Y lo poco que ha anunciado y planteado el izquierdismo nacional -no comunista- por ser ideas generales y poco realistas, no ha tenido más virtud que hacerle el juego a los comunistas y a los reaccionarios, en su deseo de impedir el cambio social, la revisión política y el mejoramiento económico del país.

El Capitalismo apenas se inicia en el país: hace un cuarto de siglo no existía. Por eso la reforma social laboral que se inició en 1941 venía a darle conquistas sociales a un proletariado que no existía y que había que crear, llevando al país de la agricultura feudal del café, la caña y el cacao, a una agricultura moderna y a la industrialización. La reforma social de esa época fue izquierdista en el sentido romántico de la palabra, y trató de cambiar la realidad nacional haciéndolo desde arriba, con un planteamiento importado de países ya en proceso de industrialización. Al querer aplicar instituciones laborales capitalistas a una economía feudal, la reforma quedó en el aire. Tuvo que venir el sacudimiento de 1948 para que se sentaran las bases de una verdadera revolución, esto es, el cambio necesario de esa sociedad feudal hacia una sociedad industrial incipiente, tal como la hemos venido viviendo. La Revolución de 1948 no fue la guerra propiamente dicha, como lo quieren presentar algunos, sino el cambio político, económico y social que vino después, pero que usó la guerra como un punto de partida.

Las grandes tesis izquierdistas del cuarto de siglo anterior a 1948, fueron: el control del imperio bananero, el control del imperialismo en la industria eléctrica, el control del capitalismo financiero, la defensa del trabajador industrial y del pequeño productor agrícola, la ampliación de las facilidades de educación, el adecentamiento de los sistemas electorales y la pureza de su funcionamiento y el fortalecimiento de la Ley.

La Revolución de 1948 inicia una etapa intermedia entre el feudalismo tradicional, el imperialismo monopolista y el capitalismo moderno. Escoge el capitalismo como marco económico para su desarrollo y define, al escogerlo, una posición que en los años actuales no es posible dejar sin definir. Entre el socialismo totalitario y el capitalismo se decide por este último, pero implanta este sistema económico de acuerdo con las concepciones modernas de lo que debe ser el capitalismo y no con los patrones de la Europa de los siglos XVIII y XIX, o de los Estados Unidos de los siglos XIX y XX. Como sistema de Gobierno, nuestra Revolución escoge la democracia; pero no la democracia boba y ya incapaz de enfrentarse a los problemas del siglo, sino la democracia dinámica y eficiente, profundamente imbuida de su misión de hacer respetar los derechos de las mayorías. Así, nuestra Revolución es democrática en lo político, capitalista en lo económico, y profundamente social en sus proyecciones diarias. Pretender ahora, como hicieron posteriormente los comunistas, que nuestra Revolución no fue socialista, y que debió serlo, es caer en la trampa de avergonzarnos de todo lo que no es satisfactorio para los seguidores de Rusia.

Una Revolución que habla de sindicalismo, de impuestos directos, de productividad, de reforma agraria, de jornales crecientes, de nacionalización del crédito y de los servicios, tiene que ser capitalista. Si fuera socialista no habría más que un patrón, y no habría sindicatos, ni impuestos, ni jornales, ya que todo sería el Estado. La Banca Nacionalizada tiene como objetivo, entre otros, fortalecer la pequeña propiedad. Y en esta época ha quedado claro en muchas democracias, como las escandinavas, que el Estado es un mal patrón y que el burócrata no es el mejor para la tarea de producción.

Entre tener los beneficios de café en manos de burócratas estatales y tenerlos en manos de productores cooperativizados, preferimos este último sistema. Entre tener las plantaciones de banano en manos del Estado y verlas en manos de empresarios privados que procuran tener cada día más y más costarricenses en esa tarea exigiendo salarios más altos, servicios sociales, casas, y con impuestos fuertes, nos decidimos por este camino. Las empresas en manos privadas, estimuladas por las técnicas modernas de la competencia, de la productividad, del mercadeo, etc., han dado mejores resultados que las empresas en manos del Estado en el mundo socialista. La economía de mercado que Libermann y su gente tratan de adaptar ahora en Rusia, requiere un alto grado de eficiencia y de pasión sólo posibles con el estímulo que da la propiedad privada y la competencia. Ante esta realidad, la labor social consiste en procurar que de esa producción vayan a la sociedad las cuotas necesarias de justicia laboral y de responsabilidad; a esa misma sociedad que obliga a los empresarios a conceder, paulatinamente, beneficios y mejoras a sus trabajadores, a las comunidades y el país a través del Estado. Un proceso competitivo de industrialización requiere que el Estado apoye al empresario y le de las necesarias facilidades para que pueda producir más y mejor. El objetivo primordial de nuestra Revolución, el más inmediato, debe ser que nuestros productores (industriales, agrícolas, ganaderos, de servicios, etc.), sean los más eficientes en el área en que competimos.

Es aquí donde la Revolución Posible, la de hoy, debe tomar en cuenta el avance científico y técnico a que antes me referí; y si la empresa nacional es muy pequeña para las inversiones tecnológicas necesarias para una mayor producción, el Estado debe hacerlas y ponerlas al servicio de esa producción.

Nuestra generación, en veinte años, alcanzó las metas de los izquierdistas revolucionarios anteriores a nosotros:

nacionalización eléctrica;
control estatal del crédito;
control del monopolio bananero;
consolidación de los derechos políticos;
ampliación horizontal y vertical de la educación;
transformación de la sociedad feudal en sociedad moderna;
aplicación de la ciencia de la economía en la tarea nacional de desarrollo;
distribución más justa de ingreso;
instituciones políticas modernizadas;
más seguridad para el individuo.

Todos estos objetivos se lograron, o se inició su consecución, a partir de 1948. No puede decirse que sean el resultado de un solo partido político, sino de una generación de costarricenses que ha luchado, consciente o inconscientemente, por ese gran cambio que va de 1948 a 1968. Pero se llaman a engaño quienes quieren negar el contenido revolucionario del cambio, y se llaman a engaño también quienes creen que todo lo que se quiso realizar ya está logrado. Un cambio profundo de la estructura social, dentro de la paz y sin violencia, sólo puede lograrse a través de varias décadas, pero para los que estudiamos los fenómenos sociales, es fácil reparar en que no se equivocaron quienes prometían otro tipo de país para 1968 -veinte años después de la guerra civil más sangrienta de nuestra historia-.

El estudio detallado de los cambios y de las realizaciones logradas en esos veinte años puede hacerse en cualquier momento, ya que los datos e informaciones pertinentes fueron publicados y son asequibles para todos los estudiosos de estas materias y para aquellos a quienes toca detallar y analizar esos hechos. A nosotros nos corresponde -sin caer en el error de pedir permiso a los comunistas o a sus amigos inconscientes-, dirigir el movimiento para alcanzar aquellas metas no logradas todavía y para consolidar el cambio iniciado hace ya veinte años.

La Costa Rica de 1948 tenía 880.000 habitantes. Hoy tiene el doble. Los periódicos de entonces tenían una circulación de 30.000 ejemplares diarios y el número de radios, si acaso, era el mismo. Las noticias y otras informaciones llegaban a los pueblos con retraso de muchos días, y limitadas apenas a formar la opinión de la élite de cada comunidad.

Hoy, para informar mejor y más rápidamente a una mayor población, que estudia más años y que sigue con atención cada uno de los acontecimientos nacionales e internacionales, contamos con periódicos que tienen un tiraje diario de 80.000 ejemplares, con 750.000 aparatos de radio y con 75.000 televisores. La presión masiva que ejercen esos medios en la mente de nuestro pueblo hace más urgente el cambio esperado, el que habrá de consolidarse en pocos años. Si no fuera así, toda esa juventud enfurecida, que ya no quiere esperar, tomará los mismos caminos que siguieron otros grupos en otros países y recurrirá a la violencia como alternativa única en su lucha por un mayor bienestar social.

Pero, si ahora viene la Revolución que tanto piden los elementos izquierdistas en los países menos desarrollados, ¿en qué campo tendrá lugar?

En mayo de 1968, viendo los jóvenes izquierdistas discutir su Revolución en París, me daba cuenta de que, una vez más, los elementos más sanos y más capaces de la juventud eran manipulados por una propaganda comunista de símbolos y de frases hechas, aun cuando el comunismo internacional estaba contra esa Revolución que iba, ni más ni menos, contra ellos mismos como parte de lo establecido. Es por eso que se luchó contra el Partido comunista con las banderas rojas y negras y con los retratos de Mao, del Ché y de Trotsky. Si esa explosión hubiera tenido lugar en Shanghai, posiblemente no habría aparecido el retrato de Mao sino el de cualquier otro, porque ahí Mao era parte de lo establecido. La Revolución de París era contra todo: contra el automóvil de los obreros, contra la vitrina de las tiendas, contra los árboles de los boulevares. Todo había que quemarlo y destruirlo. La izquierda joven es así, no reflexiona.

Si el país hubiera tenido las circunstancias adecuadas para el cambio, posiblemente el régimen habría caído, estableciéndose, en su lugar, las banderas negras de la anarquía, hasta que un grupo ya definido tomara el poder y dirigiera la Revolución, tal como sucedió en Rusia, en Cuba y en China.

La explosión de violencia que desean algunos aquí, es para hacer una revolución. Pero ¿cuál Revolución? ¿La Posible, o la Imposible?

Sigo creyendo que la reforma es la anti-revolución, porque evita la revolución violenta y trata de orientar al país -en un caso como el nuestro-, hacia el cambio que desean los elementos más conscientes de la juventud nacional. Es esa reforma la que debiéramos estudiar con gran cuidado, para poder seguir construyendo una sociedad más justa, tal como se ha venido construyendo desde hace ya varias décadas.

Cada uno de los pasos que hemos venido dando en los últimos años tuvo como aspiración el consolidar un sistema que, bueno o malo, es el más apropiado para poder vivir en un régimen democrático y con una sociedad más rica y más justa, abierta a todo lo que la ciencia, la técnica y la cultura le están dando al mundo. Todo paso hacia adelante puede implicar grandes riesgos, y a veces quien camina equivoca su meta, debiendo volverse y plantearla de nuevo. Solo el necio no reconoce sus errores. Pero no son los necios los que impulsan una sociedad hacia adelante.


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EL DEBATE EN EL SIGLO XX

En los últimos años se discutió en Costa Rica una serie de ideas y programas dirigidos a hacerle frente a los problemas sociales y económicos. Existe coincidencia en casi todos los grupos en cuanto a los males que afligen nuestra sociedad, pero hay una gran divergencia en el énfasis que se da a cada problema, y en los medios que se proponen para solucionarlos. Desde que Liberación Nacional introdujo las ciencias económicas en la discusión de problemas nacionales, los problemas políticos y los problemas sociales han tenido que examinarse, quiérase o no, tomando en cuenta muy a fondo esos conocimientos. Tratar de hacer a un lado esas disciplinas del pensamiento contemporáneo, es como negarse a usar los medicamentos modernos para el tratamiento de las enfermedades, y volver a la época de los filtros y de la hechiceria. Ningún grupo en el país puede volver la espalda al gran avance de las doctrinas económicas posteriores a Marx ni a los resultados de su aplicación en la época de Roosevelt, o la experiencia de Escandinava, Israel, Suiza y algunos otros países. El impacto de esas ideas dentro del socialismo en los países democráticos, ha venido a hacer posible un ajuste apasionante entre el capitalismo moderno y el socialismo moderno, para convivir en los países libres. Costa Rica, sin embargo, debate todavía ideas ya superadas del liberalismo y el comunismo ortodoxos, y muchos pensadores socialistas han caído en el pecado de ignorar todo el cambio en las ideas políticas del siglo XX las que nosotros no podemos ignorar, si queremos actualizar día a día nuestro pensamiento y si queremos mantener la vigencia en el campo de la vida política nacional.

Repito que estamos en una época de transición, iniciada en 1948, para salir del feudalismo, en el campo de las estructuras económico-sociales del país. Pero en el campo de las ideas, de la cultura y de las ciencias políticas, todavía no nos hemos arrancado conceptos ya sin vigencia nacional. El capitalismo que desean algunos pensadores liberales del país fracasó estrepitosamente en el mundo, y fue abandonado desde los años treinta. El socialismo totalitario de los países comunistas ha fracasado en los países sometidos a él por los tanques rusos. Las concepciones iniciales de ambos sistemas han dado lugar a nuevas formas de pensamientos, producto en gran parte de las experiencias vividas en países que dieron el salto hacia la sociedad moderna y hoy son considerados países industrializados. Todos vivieron agonías en el cambio, pero todos -en una forma u otra- se enfrentaron a los mismos problemas. Y nosotros, al buscar ese camino de mejoramiento social, debemos estudiar las experiencias de países como el nuestro que van adelante en su intento de enriquecerse para beneficio de su población. Industrializarse sin mercados es suicida, pero luchar en mercados más amplios es hacer posible el progreso. Los jornales crecientes han hecho más consumidores en el país y el Mercado Común Centroamericano nos ha abierto nuevas áreas para colocar nuestro trabajo. El Mercado del Caribe en la próxima década, como paso previo al Mercado Latinoamericano, nos ampliará esa posibilidad aún más. Recientemente se han generado muchas ideas y programas para enfrentar al estancamiento nacional. Creo que el impulso que Liberación Nacional ha dado a la economía mantiene su ritmo, a pesar de la ola de confusión que vive el país. Lo que ha faltado en muchos sectores es la idea clara, la definición concreta y la meta bien fijada. Y esa es la tarea que corresponde a nuestros estudiosos, tal como ha sido característico de nuestro movimiento, desde hace ya casi treinta años.

Quienes llegan al Gobierno con ideas de liberalismo trasnochado, se convierten de la noche a la mañana en intervencionistas arbitrarios, quienes predican extremismos izquierdistas, llegan al poder pero actúan como defensores del conservatismo nacional. Ante esa confusión, muy propia de países como el nuestro, la juventud se desespera y quiere destruir. Pero por más que emocionalmente nos identifiquemos con esa juventud, no creemos en la destrucción sino en el cambio hacia metas claras. La rebelión de los furiosos de todos los países, nos ha atraído y vemos en ella, en cada caso, razones suficientes para la explosión. Pero es a nuestro grupo al que le corresponde estudiar y enseñar a los jóvenes a estudiar con nosotros, para encontrar con ellos las ideas positivas de la revolución posible.

La izquierda comunista ha producido en los últimos tiempos gran cantidad de documentos, pero la mayor parte de ellos ha sido dirigida a justificar la política exterior rusa y a atacar la política exterior norteamericana. Han señalado problemas nacionales, pero han planteado soluciones imposibles o románticas, que contradicen el mito que sobre ellos se ha creado de considerarles hombres de estudio. La etapa de mayor producción de ideas y publicaciones de los comunistas criollos fue la dirigida a defender la invasión rusa a Checoslovaquia, aprobando la destrucción de la libertad en ese país, aunque gritan aquí pidiendo que les den libertad para inscribir su partido político, en aras de la libertad que ellos le niegan al pueblo checo.

Debemos sacar a los comunistas a la superficie para discutir con ellos sus ideas, cada día más pasadas de moda y que han tenido toda clase de cambios y contradicciones para acomodarse a las órdenes de sus amos en Rusia. En todo caso, pretender que este país escoja el socialismo comunista y la dictadura rusa como modelos para su economía y para su vida política, es totalmente contrario a nuestra posición y a la posición bien definida de la gran mayoría de los costarricenses. La proscripción del Partido Comunista fue el castigo político a los que atropellaron la dignidad humana desde el Poder, de 1942 a 1948; quienes les dieron ese poder llevándolos al Gobierno durante esos seis años andan ahora de la mano de los grandes señorones de la política nacional. Nosotros somos diferentes de los comunistas, casualmente, porque respetamos la dignidad y los derechos políticos de todos los ciudadanos, y debemos discutir ampliamente el castigo aplicado; en ese sentido podría revisarse el artículo 98 de la Constitución Política, pero dejando firmes las medidas defensivas de nuestra democracia política, caso de que ellos deseen destruirla. Tal vez así, al darles oportunidad de que ellos presenten sus ideas y programas, la juventud costarricense podrá estudiarlas, en debate permanente con nosotros, y así podrán entonces convencerse, quienes no los conocen, de que sus ideas se acomodan de acuerdo con las consignas de una gran potencia -y no con los intereses del cambio social que requiere Costa Rica-. Para el joven todo lo misterioso es atractivo. Debemos quitarle esa atracción a los comunistas para exhibirlos ante Costa Rica.

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Hay otros grupos en el país que deben llamarse liberales del Siglo XIX. A ellos se les debe dar gran atención, ya que a pesar de que en mucho son también culpables de romanticismo doctrinario y de dogmatismo programático, algunos de sus planteamientos no están del todo alejados de nuestra realidad y de nuestra posibilidad de cambio y mejoramiento. Lo que ellos afirman sobre la empresa privada es aceptable, pero lo que afirman sobre el Estado es inaceptable. Es decir: estamos de acuerdo en que si queremos dirigir el país hacia la formación de una sociedad moderna, deben utilizar al máximo las instituciones del capitalismo actual, que ha mostrado ser un marco económico de eficiencia en el mundo moderno. Dentro de esa posición podemos coincidir con los grupos que dedican su tiempo al estudio de la empresa privada, siempre que esa empresa privada comprenda también su responsabilidad social y no solamente la forma de evadir sus responsabilidades con el Estado, con sus empleados y con los consumidores; en dos palabras, con la sociedad en que vive y en la que quiere progresar.

Estamos también de acuerdo con ellos en que la empresa nacional debe ser competitiva y que no debe depender exclusivamente del apoyo estatal. Es decir, creemos que todo lo que haga por modernizar y mejorar la empresa nacional es obligación de todos, y principalmente que el Estado y todas sus instituciones deben coadyuvar en esa tarea, para que nuestras empresas sean las mejores en el área en que vivimos y en que producimos. La gran tarea de la próxima década es mejorar lo que tenemos y adaptar a nuestra tarea de producción los grandes adelantos de la tecnología contemporánea.

Las tierras áridas del Pacífico Seco, por ejemplo, son el paraíso terrenal a la par de las del desierto de Neguev que se están convirtiendo en vergeles para producir la fruta tropical que consume Europa. Ellos importaron cerebros y obtuvieron capital. Nosotros podemos tener lo primero como ya se ha demostrado, y también lo segundo. Ya es hora de hacerlo y en esas tareas los grupos empresariales deberían utilizar su tiempo y coayudar con el Estado en esas tareas de desarrollo. Pero perder el tiempo pensando que podemos volver al capitalismo del Siglo XIX, es tan grave como tratar de hacer la revolución marxista contra un capitalismo explotador que desapareció del planeta hace ya muchos decenios. Las dos posiciones, la comunista y la liberal, tienen un error básico de planteamiento: se debatieron en las mentes más ilustradas del Siglo XIX, pero en la época de la computación, del transistor, de la electrónica, de los astronautas, de las píldoras anti-conceptivas, de la televisión y de los trasplantes cardíacos, venir a quitarle el polvo a los libros del siglo pasado está bien para el investigador de la historia, pero no para los hombres de acción política. Tenerle miedo a las ideas de cualquiera de los grupos, o tratar de silenciarlas, es contrario al estímulo que necesitamos los que tenemos otra posición y queremos competir con ellos a base de seriedad, investigación, estudio y debate permanente, para que de ese debate salgan las mejores ideas para orientar a los jóvenes. La existencia de grupos que defiendan las ideas del comunismo ruso, las ideas de los liberales manchesterianos y las ideas de la anarquía vociferante, es un gran avance en la democracia mundial para la supervivencia de los partidos.

Esas corrientes existen en todas las democracias modernas, y sirven de término de referencia a las ideas de los partidos mayores. Negarles su existencia no sólo es contrario a nuestro credo democrático, sino contrario al avance de nuestras propias ideas y doctrinas, que sólo pueden mejorarse y sobrevivir en el debate permanente, que nos obliga a ir mejorándolas y adaptándolas al cambio mundial.

Los teóricos liberales llegaron al Poder en 1966, y esta experiencia nos ha enseñado que la discusión del XIX sobre temas de capitalismo y de socialismo, tiene que dar un salto de cien años para caer en el día de hoy. Los extremos ya no son más que términos de referencia histórica si se quiere hablar en el lenguaje inteligente de las más profundas revoluciones que ha vivido la humanidad en el mundo conocido.

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Costa Rica no puede evitar los cambios profundos que se están presentando en el campo de las ideas políticas. La integración mundial de los medios de información, lo que es tal vez el resultado más espectacular de la revolución tecnológica del siglo, nos ha integrado a los grandes centros de pensamiento. La noticia propagada hoy gracias a los transistores, llega en segundos al rancho más apartado en nuestra montaña, donde hace dos décadas nada se sabía de los acontecimientos nacionales y mundiales. Me ha tocado oír La Voz de los Estados Unidos y Radio Habana en ranchos pajizos de Guanacaste y comentar con campesinos las noticias presentadas por uno y otro.

La revolución educacional en los últimos veinte años ha llevado la información, y muchas veces la cultura, a clases sociales que no tenían esta posibilidad hace dos décadas. El predominio de una estructura semi-feudal en los cuarentas ha dado paso a nuevas formas de poder social, y una clase empresarial nueva, y una clase media fuerte, dominan hoy los cuadros de poder en el país -tanto en las áreas urbanas como rurales-. Son pocas las zonas en donde todavía hay hegemonía absoluta de un gran señor de la tierra, y junto con la desaparición de esa fuerza, han desaparecido ideas políticas y costumbres sociales que antes predominaban. En 1948 se inició, para hablar en términos sociológicos, el cambio de un tipo de democracia representativa hacia una de participación ampliada. La meta de las próximas décadas es llevar nuestro sistema democrático a una participación total o sea, a llegar a construir una democracia moderna y eficiente, que haga posible nuestro propósito de dos décadas de acabar con la injusticia social en el país.

Como enemigos que somos del sistema totalitario que viven los países comunistas, nuestro estudio debe dirigirse más y más al estudio del socialismo en los países capitalistas, aunque para muchos pensadores superficiales los términos son contradictorios entre sí. Y es aquí donde quienes empezamos a estudiar problemas nacionales hace un cuarto de siglo, estamos en la obligación de revisar lo hecho sin temor a tener que romper conceptos estereotipados, ya superados, de la derecha o de la izquierda extrema.


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EL CAMBIO EN VEINTE AÑOS

En el curso de los capítulos anteriores llegamos a la conclusión de que los partidarios de la Revolución Imposible estaban frenando la Revolución Posible y haciéndole el juego a los enemigos del cambio y a quienes desean mantener en un statu-quo la estructura del país. Dentro de ese orden de pensamiento debemos llegar también a concluir en que coincidimos con quienes apuntan los vicios sociales y los defectos económicos y políticos que aquejan al país. Cuando los comunistas y otros grupos señalan las fallas de nuestro sistema social, posiblemente la mayor parte de los que pensamos en la necesidad del cambio, estemos de acuerdo con ellos, aunque nos preocupe estarlo.

Pero lo que la mayoría de los costarricenses no ve, quizá por falta de estudio o de investigación, es que podemos concordar con esos grupos en el diagnóstico, pero no en la medicina. Junto con los revolucionarios podemos decir que se debe terminar con la injusticia, pero sabemos que no estamos de acuerdo con los comunistas, porque ya ellos no son revolucionarios sino delegados de una potencia extranjera a la que no le interesa la realización del cambio social en Costa Rica, porque, en ese caso, se acabaría ei pretexto para estar criticando nuestro sistema económico-social y para estar atacando a la otra nación con que compite por el dominio del mundo.

No podemos tampoco estar de acuerdo con los irreflexivos y románticos que se hacen llamar a veces "izquierdistas revolucionarios", porque si bien compartimos con ellos el diagnóstico, no podemos compartir el tratamiento, pues ellos tampoco presentan soluciones serias y bien meditadas, sino que se limitan únicamente a predicar la revolución, la violencia y la destrucción de todo, sin proponer ninguna alternativa post-revolucionaria a las ideas de los que ahora tienen el poder o, es más, a las ideas mismas que ahora están en el Poder. Es decir, si quieren destruir la estructura económico-social del país, es únicamente con el objeto de destruir las ideas que conforman esa estructura. Esto es lo que yo llamo la etapa revolucionaria, en la que sólo se pretende destruir lo establecido. ¿Pero, si se quiere destruir el establecimiento, qué es lo que se quiere construir después? Los comunistas quieren destruir lo que tenemos para construir aquí el Estado Socialista, de acuerdo con las ideas del Estado que les envía Moscú y de acuerdo con sus doctrinas sobre el hombre y la sociedad, doctrinas que siguen repitiendo como loras desde que se metieron unos cuantos libros en la cabeza, allá por los años veintes y treintas, mientras que los "izquierdistas revolucionarios" quieren construir aquí el Estado Socialista u otro establecimiento diferente al actual, aunque no saben exactamente cómo debe ser, ya que no tienen una doctrina completa, integral, como sí la tienen los marxistas moscovitas. Así, en mucho, estos "izquierdistas revolucionarios" quieren destruir sólo por destruir; quemar autobuses, edificios y casas, porque les gusta el fuego; pero no porque eso responda a las doctrinas o a las ideas que sustentan o a las que tienen para rehacer la sociedad y el hombre.

Otros, por el contrario, durante más de un cuarto de siglo, hemos venido buscando la transformación de las viejas estructuras, en lucha contra los enemigos de este cambio y en lucha contra sus aliados, porque creemos que se debe seguir ese proceso, pero dentro de la realidad histórica nacional; aprovechando los aspectos positivos de nuestras costumbres y nuestros valores, y aprovechando las ideas y las doctrinas y el pensamiento de los costarricenses esclarecidos. A este respecto citaremos un caso: cuando la Liga Cívica, en la generación anterior a la nuestra, inició su lucha contra Bond & Share, los comunistas se metieron en esa pelea porque así podrían atacar al "imperialismo yankee". Para los comunistas, y aun para muchos costarricenses patriotas de buena fe, la única posibilidad de destruir en Costa Rica al gigante yankee, era nacionalizando de inmediato las Compañías Eléctricas. Se predicaba así lo imposible. Las fuerzas conservadoras, instrumentos de esas Compañías, acusaban de comunistas a quienes deseaban ponerla en su lugar. Nuestro grupo, en cambio, decidió iniciar en 1949 la nacionalización eléctrica fundando el ICE, medida que provocó las burlas de los grupos conservadores desde el periódico LA NACION, en el que reafirmaba que sólo los técnicos extranjeros podían construir plantas eléctricas en el país. El empleo de técnicos costarricenses en la construcción de la planta de La Garita fue duramente criticado por los conservadores, y saboteados los trabajos por los comunistas quienes nos acusaban de poner esparadrapos reformistas y de ser "siervos" del imperialismo yankee. Sin embargo, en los veinte años que van desde que se fundó el ICE, hemos logrado la preparación de más de mil técnicos costarricenses que han ido construyendo plantas, redes de distribución y sistemas telefónicos, con tal capacidad y eficiencia que el gigante imperialista perdió su empuje y, para retirarse, le vendió todo al Estado. Alcanzamos así en dos décadas, la nacionalización total de la industria eléctrica y la formación de los cuadros técnicos nacionales necesarios para desarrollar los programas eléctricos y telefónicos del futuro, mientras los comunistas seguían cacareando contra nuestras doctrinas de cambio y LA NACION les hacía el juego burlándose de los costarricenses y defendiendo a los extranjeros.

Es así como los comunistas predicaron la Revolución Imposible, pidiendo algo que Costa Rica no podía dar en 1930, y así como los anti-revolucionarios defendían al inversionista del garrote mientras los "izquierdistas revolucionarios", de buena fe, repetían frases y tesis de los comunistas. Pero un grupo de hombres, inspirado en costarricenses reformistas, encontró, a base de estudio y seriedad, la mejor forma para realizar el cambio, haciendo la revolución costarricense en el campo de la electricidad y de las comunicaciones. Lo más interesante es que para hacer el cambio y para sacar del país a una compañía norteamericana, obtuvimos dólares americanos del Banco Mundial, en donde quienes hacen los mayores aportes son los mismos Estados Unidos. También, y gracias al dinero de los norteamericanos, logramos el capital necesario para la preparación técnica de los costarricenses que hoy tienen en sus manos la revolución de la electricidad y de las comunicaciones nacionales.

En el campo de los hidrocarburos hemos tratado de hacer los mismos cambios, la misma revolución del Siglo XX, tomando, como punto inicial de ese programa, la nacionalización gradual de la refinería de petróleo del país. Pero los comunistas trinan contra el imperialismo yankee, los conservadores vendidos al cartel del petróleo americano atacan el programa y los "izquierdistas revolucionarios", de buena fe, hablan de la nacionalización total.

En 1941, antes de que les robaran las últimas propiedades a los alemanes que los Estados Unidos habían puesto en las "listas negras", iniciamos con el Centro de Estudios de Problemas Nacionales una gran lucha para cooperativizar el ingenio Victoria. En esa zona se hizo, en una generación, la Revolución Posible. El pequeño propietario jornalero campesino de una zona feudal pudo convertirse en asociado de la Cooperativa Victoria y, con el auxilio de la educación, del apoyo bancario y de la tecnología, llegar a ser un costarricense que servirá de ejemplo, en los próximos veinte años, a los que quieren llevar a esa dignidad y a esa situación al resto del campesinado costarricense. En esa época conocí a muchos de esos productores y jornaleros y he tenido el placer de mantener amistad con ellos durante veinticinco años. Muchos tienen hoy sus casas con energía y luz eléctrica, a la orilla de caminos asfaltados; han podido educar a sus hijos para darles un grado profesional y disfrutan ahora de los beneficios que les da la civilización y la cultura. En sus modestas plantaciones se utilizan los medios de producción más adecuados, de acuerdo con los avances de la técnica moderna. Pero en muchos países comunistas los hombres como ellos fueron fusilados para dar paso a la "gran revolución socialista". Sin embargo, en un pequeño experimento nacional, se tomó otro camino. Los comunistas de 1940 habrían querido "nacionalizar" los ingenios y beneficios, y los conservadores de la época, aprovechando la guerra, habrían querido entregarlos a algún amigo del Gobierno. Nosotros luchamos por la Revolución Posible, contra el statu-quo feudal y contra la Revolución Imposible de los comunistas. Esta tarea exigió una generación de lucha, de tecnología, de banca nacional, de sacrificio de los jornaleros y propietarios que hoy son cooperativistas; pero se logró el cambio. Ya en otros sectores de la economía se ha seguido el mismo camino; en el agro-pecuario por ejemplo, las cooperativas agrícolas movilizaron en 1967 la suma de 134 millones de colones, lo que representa el 12 por ciento de la producción nacional de café, el 30 por ciento de la producción de cebollas; el 12 por ciento del azúcar; el 28 por ciento de la leche; el 25 por ciento del tabaco y el 5 por ciento del cacao. Subir esos porcentajes es la Revolución Posible. Pero esa revolución requiere educación y paciencia, aunque en muchos sectores del campesinado el hambre ya no tiene paciencia. Pero si para alcanzar los números citados tardamos 25 años, para subirlos aceleradamente, si de verdad hacemos nuestra Revolución, se requieren muchos menos.

He dado ejemplos de la Revolución Posible, indiscutiblemente producto de nuestras ideas y planteamientos en el pasado reciente y decididamente inspirados por costarricenses de las generaciones anteriores a la nuestra.

En la banca, en los seguros, en el mercadeo de artículos básicos, en la tecnología, en la educación etc., se ha ido haciendo la Revolución que, hoy más que nunca, requiere un ritmo acelerado. Los enemigos de ese cambio son los comunistas y los compañeros de buena fe que muchas veces, por falta de estudio y de conocimiento de la realidad nacional, repiten con ellos las frases huecas de la Revolución Imposible.

En los años cuarenta, con una demagogia que ahora nos parece increíble por lo desproporcionada, aprovechando la coyuntura de que Rusia era aliada de las democracias occidentales en su lucha contra el nazismo y fascismo, un grupo de políticos utilizó en Costa Rica a los comunistas para hacer una reforma jurídica en el campo social. Codificó muchas leyes anteriores e introdujo instituciones sociales capitalistas en nuestro país, el que tenía en su estructura un marco feudal. Es decir, nos pusieron una camisa industrial cuando apenas éramos agricultores atrasados. Las reacciones y convulsiones posteriores constituyeron la etapa necesaria para que esas instituciones se adaptaran a la realidad nacional. En el decenio de los cincuenta se inició la transformación de las estructuras económicas de que antes hablé y, al entrar el país en una etapa incipiente de capitalismo moderno, esas instituciones sociales fueron acomodándose poco a poco a la estructura social de Costa Rica. Se le dio contenido económico a las Garantías Sociales, tal como lo habíamos prometido en 1943 los que formábamos el Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales. Traducido al lenguaje de hoy, lo que hicimos en Costa Rica fue iniciar la transformación de una sociedad feudal en una sociedad moderna. No hemos ocultado nunca nuestra intención de transformar, pero esas transformaciones las hemos querido hacer con gran respeto de las doctrinas económicas de la época, las que muchas veces han merecido sólo el menosprecio de los "izquierdistas revolucionarios" que consideran que todas las doctrinas económicas -salvo las marxistas-moscovitas-, están teñidas de un desarrollismo capitalista peligroso para el cambio social. En los casos de transformación estructural del país que hemos analizado, aparece en forma evidente que, a la inversa de lo que sucede en el Estado totalitario, en el Estado democrático puede llevarse a cabo el cambio o la transformación necesaria con base en la educación, en el estudio, la planificación y la seriedad. La educación está en la base de toda transformación, por lo que una de las más grandes realizaciones que hemos logrado en los últimos veinte años es el cambio cuantitativo y cualitativo en el campo educacional. Don Elías Jiménez Rojas decía que en 1941 se le había puesto techo al potrero de los Gallegos; pero la gran obra de nuestra Universidad se inició y se consolidó en las dos últimas décadas. El pensamiento universitario ha transformado la estructura mental del país en todos los campos, y ha hecho posible la capacitación de centenares de costarricenses que vienen haciendo marchar el país hacia el mejoramiento. El cambio cualitativo en nuestra escuela primaria y en nuestra segunda enseñanza ha permitido la orientación de nuestra juventud hacia metas más claras de desarrollo y justicia, preparándolas para una búsqueda, más que en las civilizaciones utópicas de antaño, en nuestra propia realidad nacional. Ya en el campo cuantitativo hemos podido observar las legiones de costarricenses que llegan hoy a los colegios de enseñanza secundaria -diurnos y nocturnos- y a los estudios superiores y que muestran, en este año del centenario de la educación gratuita y obligatoria, que en las dos últimas décadas se ha logrado en Costa Rica la consolidación de la educación democrática, en si misma la revolución estructural más profunda que ha tenido el país. Es innegable que falta mucho por hacer, pero es innegable también que se ha hecho mucho para lograr la educación democrática que desde hace cien años soñaban los educadores clarividentes de esa época. Es claro que los conservadores quieren únicamente la educación para sus élites y que los comunistas quieren solamente la instrucción, no la educación liberadora.

En los ejemplos anteriores he hablado de la paciencia y de la educación para el cambio en la democracia. Pero no debemos confundir la paciencia con la pereza. Ya la Universidad importó una computadora y no tiene preparados los perforadores que habrán de operarla. El microscopio electrónico que puede adquirir, requiere que alguien vaya rápidamente a estudiar y a capacitarse para poder manejarlo. La utilización de la energía atómica requiere técnicos. La utilización de nuevos materiales de construcción necesita los conocimientos de la nueva tecnología, y la administración de empresas, el mercadeo, la sicología industrial, la publicidad, la comunicación colectiva etc., exigen nuevas metas en la educación. Repito, el hambre no tiene paciencia y Costa Rica debe ser más eficiente para eliminar el hambre.

En 1963 insistí ante el Presidente Kennedy y ante el Secretario Rusk acerca de que la Alianza estaba en el vacío si no preparábamos nuestros pueblos para el cambio. Les pedí mil becas de mil dólares anuales para que mil costarricenses pudieran estudiar en la Universidad de Costa Rica las disciplinas y profesiones más adecuadas para ese cambio y con el objeto de que las nuevas técnicas no nos cogieran desprevenidos. Esperamos que el asesinato de Kennedy no haya terminado con esta posibilidad.

El Banco Anglo Costarricense, siguiendo la misma idea, ha tomado en sus manos el programa de financiación de estudios superiores, aunque el Banco Central le va frenando en lo que puede, porque no les conviene a los defensores del privilegio que se les vaya de las manos el monopolio de la educación. Sin embargo, es una lucha importante que habremos de seguir, les guste o no les guste.

Lo que nos ha costado casi un cuarto de siglo, continúa con su impulso y sigue marcando el camino del cambio. Ojalá que nuestros jóvenes tengan la posibilidad de presenciar en Costa Rica el debate diario con los comunistas, para que puedan verlos dando volteretas por todos lados, como los hemos podido ver nosotros. Así comprenderá mejor por qué su "revolución", su "izquierda democrática", es la Revolución Posible, la auténticamente costarricense. No la Revolución Imposible de los comunistas, que sólo busca fortalecer la anti-revolución y que usa tanques para acabar con todos los Jan Pallach del mundo.


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EL SOCIALISMO DEMOCRATICO DE HOY

Dentro del concepto ya superado que dividía al mundo socialista del mundo capitalista, en el primero los medios de producción estaban en manos del Estado y, en el segundo, en manos de los particulares (hombres y empresas). "La propiedad es un robo", tal era el grito de hace un siglo que fue creído a pies juntillas por los socialistas de café, mientras que, por otro lado, el concepto de iniciativa privada era convertido en dogma por los liberales de club. Todo esto fue muy interesante en el siglo pasado y en los inicios de éste, pero ya los dos conceptos son parte apenas de la historia y del archivo de cualquier estudioso. Al socialismo democrático moderno no le interesa la propiedad de los medios de producción (máquinas, tierra, edificios, etc.) sino la distribución de lo que producen esos medios. En los países comunistas el Estado es el "propietario" de los medios, aunque se dice que la sociedad es la que tiene derecho sobre ellos. Para el mundo democrático el sentido de la propiedad ha perdido importancia, y la atención del hombre de Estado se dirige más bien hacia el producto de la actividad económica. Dice Servan-Schreiber en "El Desafío Americano" que ya la tesis de los nacionalismos está superada, por haberse revelado ineficiente en la práctica. A ese propósito y en el campo de la producción de bienes, diría yo que es un error creer que el empleado público es mejor y más eficiente productor que el empresario privado o que el dueño de una parcela. Nuestro movimiento ha creído en la ampliación de la propiedad privada lo mismo que en su mejoramiento, pero no en su eliminación. Además, los nuevos conceptos del socialismo democrático comparten este criterio. El INVU se creó, al igual que el ITCO, para hacer propietarios. Los bancos fueron nacionalizados para fortalecer el pequeño productor y para darle apoyo a los empresarios grandes y pequeños. El objetivo es el fortalecimiento de la propiedad privada. El Consejo Nacional de la Producción fue concebido como organismo regulador de los precios de artículos de primera necesidad, casualmente para proteger al productor de esos artículos de los intermediarios inescrupulosos. Los jornales se hicieron crecientes para dar oportunidad a más costarricenses de consumir más, y nos integramos a Centroamérica para conseguir la ampliación del mercado para el producto de nuestras empresas y nuestros pequeños productores. La Cooperativa Victoria se formó para fortalecer al pequeño propietario, y la Cooperativa de Productores de Leche recibió el apoyo máximo del Estado, al igual que las cooperativas de café, caña, cacao, etc. La concepción liberacionista de los últimos veinticinco años va dirigida íntegramente a ampliar y fortalecer la propiedad privada; contraponerle ahora tesis del socialismo decimonónico, es negar esta línea clara de pensamiento costarricense, que es, tal vez, más eficaz y realista que las prédicas retóricas de nacionalismos ya superados. He visto funcionar el socialismo en Suecia y en Israel, y en ambos casos he visto cómo se ha ido eliminando la miseria. Con este propósito nos comprometimos hace veintiocho años, al empezar nuestras tareas de investigación y de estudio, repitiendo nuevamente esos propósitos en las Montañas de Dota, en 1948, cuando juramos, sobre nuestros compañeros muertos, empezar la guerra contra la miseria. El hecho de que en muchos casos se hayan malogrado los fines de las instituciones, no se debe a las instituciones mismas, sino a fallas de quienes las hemos dirigido -y ahí si cabe la crítica-. Pero para mí esta es la época de la revisión y ajuste de nuestras ideas para dirigir todas las instituciones del país hacia las metas que nos hemos propuesto. Esto es lo que llamo la Revolución Posible, muy alejada de los planteamientos superficiales de quienes proponen ahora soluciones tan imposibles como las de los moscovitas y manchesterianos, a una economía que apenas se inicia en sus primeros pasos en el mundo del capitalismo moderno y del socialismo democrático. La izquierda democrática de Costa Rica está en la obligación de ser seria y de estudiar a fondo nuestra situación, sin tratar de importar camisas grandes para cuerpos pequeños, como sucede cuando se busca la implantación de conceptos ajenos a la realidad nacional, los que no tienen cabida dentro de nuestro marco económico-social, y, mucho menos, dentro de las tradiciones de libertad y de justicia en que hemos querido vivir. El Manifiesto de Patio de Agua, la Carta Ideológica de la Juventud Liberacionista, los escritos de los Obispos de Latinoamérica, algunas publicaciones de los grupos demócrata-cristianos etc., son fuente de inspiración para no olvidar la dirección social que debe tener todo movimiento político moderno, pero no deben ser entendidos como programas específicos de Gobierno, sino apenas como declaraciones generales de principios. Por eso, asustarse ante ellos, o ante los comentarios de mala fe que se han hecho sobre ellos, es como asustarse de lo que digan los libros sobre política que uno pueda leer. Tenerle miedo a las ideas es dejarle el campo libre a los comunistas para que sean ellos los que den ideas a nuestra juventud. Y asustarse porque un grupo u otro haga manifiestos, o escriba textos, o anuncie doctrinas, es contrario al espíritu de investigación y de estudio que caracteriza nuestro movimiento. Considero que todos los documentos citados caen a veces en contradicciones internas y son culpables de la utilización de frases y conceptos retóricos, muy comunes en el socialismo romántico de los últimos treinta años; pero todos ellos tienen tesis de fondo que deben ser consideradas cuidadosamente por quienes respetamos el esfuerzo intelectual y el valor de los que apuntan los defectos de nuestro sistema social, tal como lo hemos venido haciendo durante veinticinco años.

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El socialismo democrático o izquierda democrática costarricense, tiene grupos fuertes dentro de los principales partidos de Costa Rica; no se han unido en sus luchas debido a las heridas dejadas por la guerra de 1948 y a la obcecación de algunos dirigentes importantes de esos partidos. No obstante hay cierta coincidencia en sus tesis de avanzada a la hora de actuar en la vida política nacional. Las Garantías Sociales, promulgadas por la Administración Calderón Guardia, fueron introducidas en nuestra Constitución, defendidas y actualizadas por las Administraciones de Liberación Nacional, y han tenido plena vigencia desde que nuestro Partido inició la gran transformación económica de Costa Rica a partir de 1948. Es de esperar que algún día todos estos grupos puedan ponerse de acuerdo en cuanto a los pasos futuros necesarios para un mejoramiento social creciente que pueda eliminar la miseria en grandes sectores nacionales. Pero, por sobre todas las cosas, estos grupos deben estar perfectamente definidos en cuanto a doctrina, imponiéndose además, la tarea de plantear soluciones serias a los problemas nacionales, para no coincidir, al limitarse a tácticas destructivas, con el interés de los moscovitas que quieren destruir para dar paso al paraíso comunista que ellos predican, pero que está muy lejos de ser lo que queremos los costarricenses. Si la izquierda democrática no estudia y no hace planteamientos doctrinarios y programáticos serios, dará argumentos fuertes a comunistas y derechistas, los que, en definitiva, vendrían a ser los que disputaran la hegemonía política y doctrinaria del país. He notado con tristeza que muchas de las ideas debatidas recientemente en Costa Rica, ignoran deliberadamente las ciencias económicas contemporáneas y se limitan a contemplar la injusticia social y a la proposición de soluciones un tanto románticas. He notado también una actitud de vergüenza ante la realidad mundial ineludible de que la producción es mejor en manos de la empresa privada y dentro del marco de instituciones capitalistas, cuando el Estado establece los instrumentos jurídicos adecuados para evitar que ese capitalismo sea como el que nos describe Dickens, o el que vivió el Siglo XIX. Por la vía democrática, o sea, ganando elecciones, se puede realizar en otro cuarto de siglo una socialización aún más profunda en el país, sin necesidad de destruir la propiedad privada. Es más, la concepción socialista moderna fortalece y generaliza la propiedad privada, al mismo tiempo que limita los abusos de poder de quienes quieren enriquecerse empobreciendo grandes sectores de la sociedad. La eficiencia en los procesos de producción exige una participación activa del Estado, que debe facilitar lo necesario para que los productores mejoren sus sistemas, condición beneficiosa para ambos. Lograr que una finca que produce al año diez colones por manzana, como producían las tierras guanacastecas antes de 1948, produzca ahora dos mil quinientos colones, es una revolución profunda que interesa por igual al propietario y al Estado. Consolidar la propiedad, garantizarla y hacerla más eficiente, son tareas del desarrollo. Por eso los empresarios privados tienen la obligación de hacerse más eficientes y el Estado la de exigirles esa eficiencia. El producto nacional bruto de Costa Rica subió de mil millones de colones en 1948, a cinco mil millones en 1968, mientras que la población se elevaba apenas al doble. Este aumento marca un progreso espectacular en el campo del desarrollo. El sector de industrias y de servicios ha venido aumentando en relación con el sector agro-pecuario en los últimos veinte años, lo que muestra un cambio en nuestra estructura económica, hacia la de una sociedad moderna. Ese cambio es progreso. Costa Rica ha socializado el producto de la actividad económica con dos tesis de Liberación Nacional: jornales crecientes y más servicios del Estado. Es decir, de lo que produce el país se le da mayor participación al que trabaja y mayor participación al Estado para que preste servicios a más costarricenses. Falta mucho por hacer, pero vamos avanzando.

Los desarrollistas a veces se olvidan de la distribución justa del ingreso nacional. Esto hace que por épocas se vea más riqueza en menos manos y más miseria en más hogares. Para remediar esto, el Estado moderno debe contar con los medios jurídicos necesarios para hacer ajustes periódicos, por medio de la política de jornales, de servicios sociales y de impuestos. Un Estado que no tenga este poder no es un Estado moderno. La política tributaria, más que procurar ingresos al fisco, tiene por objeto una regulación de la economía y de la sociedad en general. Debe tener la flexibilidad necesaria para estimular la inversión en proyectos de desarrollo y la reinversión en mejoramiento empresarial, así como para evitar que hayan concentraciones ociosas de capital o gastos superfluos. Claro, para que haya este tipo de política tributaria, se necesita en el Gobierno hombres que sirvan a los demás, y que no sean simples empleados de los menos.

La revolución técnica ha introducido en Costa Rica, en las dos últimas décadas, modernas tecnologías en la producción -irrigación, fertilizantes, yerbicidas, insecticidas, mecanización, uso de la energía atómica- que apenas se inician en forma extensa. Está llegando el momento -y ojalá sea en la década de los setenta- en que la actividad laboral de Costa Rica disminuirá en los campos y crecerá en las zonas urbanas. Hay que prepararse para ese momento si queremos evitar lo que ya está sucediendo en las principales ciudades, en donde los desocupados del campo llegan a formar barrios de miseria y descontento, campo propicio para disturbios explosivos, como nos lo demuestran otros países. Programas de emergencia para mantener al campesino en su tierra haciéndola más productiva, y de inversión en plantas procesadoras de los productos agropecuarios, pueden evitar a tiempo, la explosión social en nuestras ciudades. Si no trabajamos en ese sentido podríamos caer, o en el abandono suicida, o en los remedios de caridad, actitudes excluidas de la concepción social moderna. En Suecia -en 40 años de gobierno socialista-, el número de trabajadores dedicados a las actividades agro-pecuarias disminuyó de un 50 por ciento a un 6 por ciento. Los costarricenses deseamos ese tipo de sociedad en un futuro, pero desde ahora debemos ir preparándonos para alcanzarla.

La fundación del INA por nuestro Partido -y su fortalecimiento futuro- ofrece la posibilidad de preparar mano de obra campesina para industrias pequeñas de transformación en aquellos lugares en que su ubicación y otras facilidades las hagan competitivas. El Sistema Bancario Nacional, así como todos los organismos del Estado, deben tener programas adecuados para ese tipo de empresa.

La Corporación de Inversiones, proyecto encarpetado por este Gobierno, tiene, a juicio mío, la clave para el desarrollo industrial de las próximas décadas, y de su éxito depende la transformación efectiva de nuestra estructura económico-social sobre líneas de eficiencia y de justicia. Esta institución formará parte del Sistema Bancario Nacional y su tarea será la promoción de industrias en el país, aportando el capital inicial y vendiendo luego las acciones al público. Con recursos nacionales y financiación exterior podremos lograr que esta institución, logre, en las próximas décadas, la tarea de industrializar el país, tal como lo ha hecho con gran éxito la Nacional Financiera de México. Hemos aprovechado esos años perdidos en la aprobación de este proyecto para estudiar toda una serie de posibilidades nuevas que puedan financiar ese gran programa que requerirá cerca de doscientos millones de dólares en los próximos cinco años.

Las líneas generales del pensamiento político de nuestro movimiento no pueden apartarse de la base misma de su creación, y nuestra gran tarea es revisar todo lo hecho en los veinte años, corregir los errores cometidos, y dar nuevo impulso a quienes van a tener en sus manos los próximos veinte años. Es definitivo también que los conceptos políticos básicos de nuestro movimiento no han cambiado en su esencia, por más palabrería que se haya utilizado en nuestra época. No podemos renunciar al concepto de libertad política, ni a nuestra tarea de fortalecerla día a día, porque para nosotros la limitación de la libertad individual es la más reaccionaria de las posiciones; tampoco podemos quedarnos tranquilos con el solo concepto de dignidad, si éste no va acompañado de la lucha por la igualdad. En nuestra época hemos visto cómo es posible mejorar las condiciones de los costarricenses y cómo llevarlos hacia la igualdad, aun cuando unos cuantos sólo ven los extremos y no la gran gama de clases medias que se ha formado en nuestras ciudades y en nuestros campos. Tanto el acaudalado fastuoso como el costarricense con hambre son producto, en gran parte, de un mal sistema tributario, el que deberá ser revisado a muy corto plazo, pero si no damos un impulso gigantesco a la producción, no podremos lograr esa justicia social.

La lucha social en el país fue casi exclusivamente en pro de las clases urbanas. Las próximas décadas deberán ver la adaptación de todos los programas sociales a los campos, a donde no han llegado todavía los beneficios del cambio. Aun los salarios mínimos legales -anteriores como concepto al Código de Trabajo-, no se respetan en los campos de Costa Rica, para no hablar ya de los beneficios mínimos de la seguridad social.

Tenemos que revisar uno a uno nuestros programas y una a una las instituciones que hemos creado, y tenemos que enmarcar las líneas generales de acción dentro de los conceptos básicos que se dieron en 1948, cuando decretamos la guerra contra la miseria. Pero vamos a hacer todo este trabajo sin caer en la improvisación de los izquierdizantes, y sin hacerles el juego a los conservadores, los que, todos juntos, caen siempre en el mismo error de tratar de remediar con frases huecas y líricas los vicios sociales que todavía afligen al país.


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EL ESTADO MODERNO

A raíz de la promulgación de las Garantías Sociales en el año 1941 y posteriormente a la Guerra de 1948 y a la introducción en nuestra política de las ideas económicas -por primera vez desde los tiempos de González Flores-, los intelectuales y los políticos del país iniciaron el debate acerca de los grandes problemas sociales, así como la discusión de las diferentes tesis sociales y económicas. Unos en interés de nuestro desarrollo y otros de la distribución de beneficios sociales. Pero hemos sido pocos -aún en Liberación Nacional-, los que hemos creído que por encima de todo deben estar las ideas y corrientes políticas, y que el debate nacional sobre ellas debe mantenerse, así como sobre las posiciones políticas e ideológicas de los hombres públicos, de los intelectuales, de los estudiosos y de todos aquellos costarricenses que desean el mejoramiento nacional. Con motivo de los fatídicos ocho años llegó a creerse en el país que casi era mejor que no existiera el poder político del todo. Se le quitaron entonces al Ejecutivo muchas de sus atribuciones y se quiso, a medias, que el Poder Legislativo tuviera más funciones de las que le corresponden en cualquier democracia moderna. Se creó asi una serie de "gobiernitos" y, en el campo del poder político, el resultado de la gestión de las últimas cinco administraciones ha sido desastroso, pues a cada momento y a escondidas se trata de violar la Constitución. Este problema se ha agravado en los tres últimos años, al arrogarse el Poder Ejecutivo funciones que por Constitución le corresponden al Poder Legislativo, aprovechando la confusión existente en cuanto a campos de acción. Ciertas instituciones autónomas han sido convertidas en campos de negocios y de intervención diaria de parte de los funcionarios del Poder Ejecutivo. Las Municipalidades confrontan grandes dificultades económicas porque así, por represalia política, lo dispone quien tiene en sus manos las riendas del Gobierno. Pero todos estos vicios -que se agravan día tras día-, se originan en una Constitución que diseñó un sistema político donde nadie gobierna. Es decir, tantos fueron los controles institucionales que se implantaron para debilitar el Poder Ejecutivo, que en este momento, prácticamente, no hay Poder Ejecutivo.

La Constitución, como documento escrito que conforma la estructura total del Estado, aparece en Europa en el siglo XVIII, como un esfuerzo más del racionalismo para ordenar la estructura irracional del poder de los grupos y clases de la Edad Media. Esta Carta tiene como fin básico la limitación del poder absoluto del Estado para garantizar así las libertades del individuo y la búsqueda de un ordenamiento consciente de la realidad social, según un plan unitario. Pero en Costa Rica, después de cien años de vigencia de la Constitución que, con parches, nos rige todavía, no se vio ni un criterio claro ni un plan unitario en la Constituyente de 1949, casualmente porque esa Constituyente era un producto de la guerra civil más profunda de la historia del país. En una nación recién dividida entre vencedores y vencidos, no era posible que se trazara una línea racional y ordenadora; predominó la pasión y el prejuicio irracional. Para evitar los abusos del poder y la infiltración totalitaria en el Gobierno, se destruyó el mismo Gobierno. A pesar de los esfuerzos de un grupo brillante de compañeros que militaron en las filas del Unión Nacional y del Social Demócrata y que fueron electos diputados constituyentes, no se logró ningún ordenamiento racional, ni siquiera el consenso de grupos jóvenes y renovadores los que, una vez en la Asamblea Legislativa, se convirtieron en instrumentos de las fuerzas conservadoras, para las cuales el cambio y el ordenamiento jurídico puede significar un freno a sus desmanes en perjuicio de las grandes mayorías. Como diputado, con un grupo de compañeros de los tres partidos mayores, inicié en 1958 la tarea de llamar a una nueva Asamblea Constituyente, pero a pesar de cierta conciencia en cuanto a su necesidad, los mismos diputados y gobiernos liberacionistas han visto con recelo la idea, y por una u otra razón, la han pospuesto.

Para 1971, a más tardar, debemos tener un concepto claro de las formas jurídicas que estimamos más adecuadas para preservar nuestro sistema democrático; para dotar al Gobierno de la dignidad y eficiencia que tienen hoy sólo ciertos entes autónomos especializados; para asegurar a las mayorías populares el instrumento jurídico adecuado para luchar en defensa de sus intereses, dando acogida al concepto moderno de participación democrática. Debemos, en fin, sentar las bases de una democracia moderna de participación total, que señale un marco jurídico claro a la economía del país, que garantice la propiedad justa y eficiente y que permita la distribución adecuada del producto del trabajo nacional. Los conceptos románticos del Siglo XVIII y XIX que originaron nuestra Constitución, deben darle cabida a la experiencia nacional de este siglo, para que entremos a paso firme en el Siglo XXI disfrutando al máximo de los adelantos de la técnica, sin perjuicio para los atributos nacionales de respeto al ser humano y de la libertad política efectiva. Todos estos conceptos deben ser debatidos en una Asamblea Nacional Constituyente que aúne el esfuerzo nacional y debata valientemente todas las ideas modernas sobre el hombre y sobre el Estado, para poner en el primer plano nacional la Política, como la más alta disciplina del ser humano, la que incorpora en su seno todas las otras disciplinas del conocimiento contemporáneo.

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Las ideas de la izquierda democrática deben ser claras y precisas, si se quiere ganar la batalla en el debate nacional. Nada hacemos copiando los vocablos, frases y gritos de los enfurecidos, cuando lo que debemos hacer es inducirlos a la reflexión, al análisis y al debate. Reclamar lo imposible es hacer imposible lo posible. Esto parece un juego de palabras, pero la posición reformista o revolucionaria (como se quiera llamar) es la única realista. Los que pregonan la violencia para acelerar el cambio, tienen el camino de las montañas para hacer su guerra, aunque en mi opinión no van a encontrar en Costa Rica muchos que los sigan. Será en otros países de América donde habrá de producirse el cambio con violencia. En la medida en que nosotros hagamos proclamas de extrema izquierda, poco serias e irrealizables, en la misma medida estaremos fortaleciendo las derechas. Los errores verbales de los partidos populares o de la izquierda democrática, han sido la causa del refortalecimiento de los grupos militares y de la miopía de algunos grupos económicos de nuestro Continente. La falta de estudio y de reflexión hace que muchos compañeros de América anuncien cambios sociales muy discutibles, lo que también fortalece a las fuerzas conservadoras. El empresario moderno no le tiene miedo al cambio y al mejoramiento social, porque eso redunda en su propio fortalecimiento. Claro está que hay todavía, incrustadas en nuestra sociedad, fuerzas que se oponen al cambio, aunque éste las beneficie en sus intereses y, en muchos casos, hasta evite que las destruyan. La frase de Kennedy: "quienes se oponen a la revolución democrática están fortaleciendo la revolución violenta" no deja de tener actualidad, como lo demostró en forma sangrienta la experiencia cubana.

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Es sumamente difícil encontrar jóvenes de veinte años que no griten contra la injusticia. Pero esa actitud debe dejarse cuando llegamos a la madurez para poder integrar los cuadros de estudio dedicados al análisis de los problemas nacionales. De no ser así, no podríamos llamarnos dirigentes. Aun cuando la revolución nacional se planteó mucho antes de que naciéramos nosotros, tenemos la satisfacción de haberla llevado adelante. Es una revolución democrática en la que el atropello a la dignidad humana se considera anti-revolucionario. Y no se nos venga a decir ahora -después de un cuarto de siglo de estudio-, que gritando más o dejándose crecer la barba, se hace más revolución. Quienes creen en el Estado totalitario, en donde un grupo pequeño impone su criterio en forma arbitraria, y atropella, fusila, y destierra, no son revolucionarios de acuerdo con nuestro sentido de la palabra, sino reaccionarios y enemigos de la revolución. Y quienes creen que la libertad es sólo para ellos, para sus empresas y para sus allegados, son también anti-revolucionarios. Y quienes creen que, asustando con palabras, con charlas izquierdizantes de café o con explosiones emocionales de adolescente, pueden hacer la revolución que requiere Costa Rica, están también muy equivocados. Debemos llamar a la reflexión y al estudio a nuestros jóvenes, a fin de que se preparen para asumir la dirección del mañana. De no hacerlo así, estaremos falsuando nuestros propios fundamentos, sobre los cuales hemos ido avanzando hacia una sociedad más libre y más próspera.

En 1941 iniciamos nuestra lucha, fundando primero la Asociación de Estudiantes de Derecho y luego el Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales. Siete años después, el país iba a la Guerra de Liberación Nacional. Habíamos creado una conciencia nacional contra la corrupción administrativa, contra el fraude electoral y contra la infiltración comunista en la sociedad y el gobierno del país. Pero nuestro Movimiento no se limitó solamente a ganar la guerra, sino que sentó las bases de una sociedad más justa y con mayor proyección hacia el porvenir. Hemos hecho mucho, hemos dejado de hacer mucho, pero las líneas generales de pensamiento, muy rápidamente expuestas aquí, han sido inconmovibles y nuestra Carta Fundamental sigue teniendo vigencia en el campo doctrinario.

Los vicios sociales que nos llevaron a la Guerra de Liberación Nacional han aparecido de nuevo en Costa Rica. El fraude electoral existió en las elecciones de 1958 y 1962 y, en gran escala, en 1966, aunque por diversas razones muchos dirigentes nuestros prefirieron callarse y no denunciarlo ante el país. La corrupción administrativa es una carcoma de esta administración, y ya no hay negocio que se plantee al Gobierno o a ciertas instituciones, que se haga si no es a base de mordidas y comisiones. Fuertes intereses extranjeros compran funcionarios que les protejan y que hagan más segura su inversión. Los dirigentes destacados del Partido no deben callarse ante esos hechos. Los comunistas, con la mala fe que los caracteriza, quieren de nuevo penetrar el Estado costarricense para lo cual buscan el apoyo de los políticos.

El Partido no debe callarse ante estos hechos, porque si Liberación Nacional olvida su destino histórico, sellado con la sangre de compañeros caídos en las guerras, y no mantiene su lucha contra el fraude, contra la corrupción y contra el comunismo, con más energía cada vez, habrá abandonado sus banderas éticas y dictado su sentencia de muerte.

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La nueva estructura de nuestro Partido ha creado medios más expeditos para la revisión de la doctrina y la preparación de programas de acción más definida. El Congreso Ideológico podrá decirnos si era adecuada la doctrina que empezamos a defender en 1941, o si ésta debe ser renovada. Sigo creyendo que la doctrina es adecuada, y que está en plena vigencia al día de hoy: somos socialistas democráticos en el sentido moderno de la palabra y seguimos las mismas líneas de pensamiento de los social-demócratas y laboristas europeos, de los liberales norteamericanos y de los grupos similares en la América Latina, Asia y Africa. Los conceptos y objetivos de nuestra Carta Fundamental de 1951 no han cambiado, y lo que era nuevo y parecía exótico en esa época, es parte ahora de la doctrina de todos los grupos políticos. Lo que este Congreso pueda hacer para vivificar nuestra doctrina, vendrá en beneficio directo de nuestro Partido y de nuestro pueblo.

Con la nueva estructura se ha creado también el Centro de Estudios Políticos, Económicos y Sociales (CEPES), fiel heredero del Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales y de las comisiones permanentes de estudio del Partido. Dirigido por los principios de nuestra doctrina, le corresponde preparar los programas concretos y pragmáticos que deberá desarrollar nuestro Partido una vez en el Gobierno.

Estudiar es la tarea de Liberación Nacional. La Juventud Costarricense ya no se deja engañar, y exige de sus dirigentes posiciones claras y definidas, basadas en la investigación y el estudio. Llamámosla a estudiar con nosotros, y preparémosla para la acción política seria y para las ideas revolucionarias dentro de lo que hoy es esta Revolución Posible que el país exige.


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