Categoría: Internacional

jun 30 2007

¿El fin de la democracia palestina?

Sergio Moya Mena

Si la expulsión de los fundamentalistas del Movimiento de Resistencia Islámica Hamas, la designación de un nuevo gobierno por parte del presidente palestino Mahmud Abas y el fin de las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea a la Autoridad Palestina pueden parecer un paso adelante en la estabilización de Medio Oriente, podríamos estar más bien frente a un espejismo. La estrategia occidental de romper —a como diera lugar— el gobierno de unidad nacional entre Hamas y Fatah, y que implicó hambrear al pueblo palestino a través de las sanciones, estrangular las débiles instituciones democráticas y azuzar la guerra civil entre ambas facciones, fue apenas un éxito pírrico, pues las consecuencias tendrán un efecto desestabilizador muy profundo.

En primer lugar, salta a la vista la intransigencia, el radicalismo y la escasa disposición a la tolerancia y la convivencia de la clase política palestina. La falta de un proyecto común de nación es ahora uno de los principales enemigos del interés nacional palestino.

En segundo lugar, esta crisis ha herido de muerte al efímero experimento democrático palestino (inédito en todo el mundo árabe) y despedaza la legitimidad de Abas, que recurrió a procedimientos de escaso fundamento constitucional para destituir al primer ministro Ismail Haniyeh, de Hamas, atropellando la voluntad del Consejo Legislativo Palestino, en el cual Hamas posee una clara mayoría después de ganar democráticamente las elecciones de 2006.

Abas puede ser reconocido por la prensa y las cancillerías occidentales como un interlocutor “moderado y confiable”, pero un creciente número de palestinos lo ve como un cipayo al servicio de Occidente. Su partido, Fatah, en el que el poder real lo detentan capos paramilitares de escasa integridad como Mohamed Dahlan (favorito de Washington e Israel) o Yibril Rajoub, nunca ha asumido que perdió las elecciones, ha sido acusado reiteradamente de corrupción, ineptitud para administrar las instituciones palestinas e incapacidad para implementar una estrategia de negociación firme frente a los israelíes. Hay que resaltar que el fastidio popular ante la incompetencia y corrupción de Fatah fue la principal razón por la cual los palestinos le dieron la victoria a Hamas, con el 45% de los votos, no precisamente porque quisieran establecer un emirato islámico en Palestina.

Ahora la nación ha quedado dividida y con dos primeros ministros, uno en Cisjordania y otro en Gaza, donde 1,4 millones de palestinos sobreviven más aislados que nunca, un desenlace inmejorable para quienes se han opuesto
sistemáticamente a la creación de un Estado palestino independiente. Si es previsible que la “ayuda” económica de Estados Unidos y la Unión Europea fluya hacia el gobierno de Abas, lo mismo que el aprovisionamiento militar para las milicias de Fatah, e incluso es probable que Israel muestre su “apoyo” agitando el señuelo de nuevas negociaciones de paz, esos apoyos podrían no ser otra cosa que una “manzana envenenada”. Para Abas, reiniciar un proceso de negociación con Israel teniendo una Palestina fraccionada puede ser altamente riesgoso, pues no será posible defender adecuadamente los intereses palestinos.

En tercer lugar, la credibilidad del compromiso de Occidente con la democracia ha quedado completamente desacreditada. “Los pueblos de Medio Oriente tienen derecho a elegir libremente a sus gobernantes, siempre y cuando elijan a aquellos que nos convienen”, parece ser la cínica consigna que determina el canon democrático de Estados Unidos y Europa en la región. Reconocer el atropello de las instituciones por parte de Abas es un acto comprensible desde el punto de vista de la “real-politik”, pero termina demostrando palmariamente que la retórica de la democracia y de los derechos humanos no es más que palabras que el viento se lleva. Al final, Estados Unidos y Europa no pueden prescindir de los “policías regionales” que garanticen sus intereses. En ese sentido, Abas y su primer ministro, el tecnócrata Salam Fayyad (hombre de confianza del Banco Mundial y de Washington, egresado de una universidad texana), entran a ese selecto grupo de líderes “moderados y confiables”, como el presidente egipcio Hosni Mubarak, que después de reelegirse sin rival en cuatro ocasiones desde 1981, le prepara el sillón presidencial a su hijo Gamal, mientras mantiene las cárceles llenas de opositores; o el buen rey Abdullah II, de Jordania, baluarte de la presencia militar norteamericana en la región.

La solución a esta crisis palestina se presenta como algo muy incierto. No parece muy seguro que el gobierno de Hamas en Gaza se vaya a “derrumbar” a corto plazo, debido a las presiones internacionales. Por otro lado, si Fatah, la organización nacionalista y laica fundada por Yaser Arafat, desea sobrevivir, es apremiante una limpieza a fondo en su liderazgo.

La convocatoria a nuevas elecciones plantea muchas incertidumbres en medio de una nación fracturada. ¿Podrán llevarse a cabo libremente en Gaza y en Cisjordania? ¿Respetaría la comunidad internacional esta vez la libre voluntad del pueblo palestino? Estas son interrogantes que no dejan mucho espacio al optimismo.

jun 08 2007

Al unirse en bloques de poder, los países se defienden mejor

Enrique Obregón Valverde

Hace como un año, leí un artículo, publicado en el diario españolEl País, del escritor chileno Jorge Edwards, en el cual hacía referencia a la Unión Europea y al papel que está llamada a desempeñar como zona de poder económico y político en el mundo actual. De obtener la verdadera unión, lograría un equilibrio con China y Estados Unidos, impidiendo así la explotación de esas dos potencias a los países europeos, si tuvieran que actuar individualmente.

Solo la unión en bloques de poder permite que los países se defiendan mejor y adquieran un desarrollo más adecuado a sus intereses nacionales y regionales. Pensaba en esto ahora que ha vuelto a nuestra prensa la discusión del Parlacen y de la vieja idea de la unión de Centroamérica. Pareciera que una gran mayoría de costarricenses no simpatiza con un parlamento común, ni con otro tipo de acuerdos que, poco a poco, nos vayan dando una voz política y económica única que nos permita ser escuchados con mayor propiedad en aquellos organismos internacionales que hoy deciden el destino de la humanidad.

Sin control ni moral. En alguna época, posiblemente, Costa Rica tuvo razón al mantener y defender su aislamiento, pero pienso que ahora no. Sería una locura marchar solitarios por el mundo, como si tuviéramos la fuerza necesaria para defendernos con propiedad del ataque voraz de un capitalismo sin control ni moral, que dirige y absorbe todas las economías mundiales.

Y, citando unas palabras de Josep Borrel, exministro de Hacienda del Gobierno de Felipe González, alto dirigente del socialismo español y actual presidente del Parlamento Europeo, Edwards nos dice que “América Latina tendría que integrarse con más decisión y rapidez para llegar a formar un polo, un sector de influencia en el mundo. Si Europa no perfecciona su unión y tampoco América Latina consigue avanzar en el mismo sentido, llegaremos pronto a un mundo bipolar, con los Estados Unidos y China en ambos extremos y con una muy débil presencia nuestra”. De no llegar a estas uniones regionales, termina diciendo el citado escritor chileno, “corremos el peligro de quedarnos en el camino, en la cuneta, en la fragmentación y la imparable, irresistible mediocridad”.

Cambio de pensamiento. Desde el siglo XIX, la prudencia aconsejó sabiamente a nuestros gobernantes no aceptar la unión con los otros países centroamericanos, pero hoy la situación es distinta. Con tranquilidad, con el serio conocimiento de lo que verdaderamente está sucediendo en el mundo, y como una elemental defensa de valores y derechos, debemos dejar de pensar que somos un país único, bendecido por el destino, y que es dañina la contaminación de nuestro pueblo si abraza fraternalmente a los otros pueblos de Centroamérica. En este momento, o nos unimos o aceptamos continuar en la miseria, esa pareciera la alternativa que tenemos. Ahora nuestra obligación es sobrepasar localismos aberrantes y cierta propensión a pueblerinos cálculos electorales, si deseamos salir “de la fragmentación y la imparable, irresistible mediocridad”.

Escucho con preocupación, en algunos sectores políticos e intelectuales, una marcada tendencia a mantener un ataque sistemático contra Estados Unidos, como si estuviéramos estancados en 1930. Sin dejar de admitir que el capitalismo norteamericano es agresivo y deshumanizado –y con recuerdo orteguiano–, pienso que lo que verdaderamente debiera preocuparnos es la coleta de un chino que amenazadoramente ha comenzado a asomarse por nuestras montañas, desde la Sierra Madre hasta los Andes Patagónicos.

may 23 2007

El frágil equilibrio turco

Sergio Moya Mena

¿Son compatibles los principios del Islam y la democracia?. No existe contradicción entre ambos, al menos esa es la conclusión a la que llegan teólogos musulmanes contemporáneos como Tariq Ramadan. El Corán urge a los musulmanes a consultar entre ellos la decisión de los asuntos (Corán 3, 159; 42,38), lo que constituye una forma de elección. Además, muchos musulmanes ven a la democracia como una forma de protección contra el despotismo reinante en muchos Estados de Medio Oriente y el norte de África.

Una de las pruebas más evidentes de la compatibilidad entre Islam y democracia es el caso de Turquía, donde el 99% de la población es musulmana y ha vivido con instituciones democráticas en los últimos 27 años.

Hace cinco años, cuando los islamistas moderados del Partido de la Justicia y el Desarrollo, AKP, ganaron las elecciones con una abrumadora mayoría, muchos temieron por el carácter secular y republicano del Estado turco, instaurado desde los años veinte por Mustafá Kemal Atatürk, llamado “Padre de la Nación” y símbolo nacionalista. Desde esa época, occidentalización se ha interpretado como secularización, pero no siempre como democratización. El secularismo es especialmente defendido por el ejército, el segundo más grande de la OTAN y uno de los focos de poder más fuertes de Turquía, protagonista de tres golpes de Estado contra gobiernos democráticamente electos en los últimos 50 años.

Lejos de los augurios de ese secularismo iracundo, el gobierno del AKP encabezado por el primer ministro Tayyip Recep Erdogan, no ha alterado el carácter secular del Estado turco y ha estado muy lejos de pretender imponer la Sharia o ley islámica. Inspirado en el modelo de la democracia cristiana alemana, el AKP representa una alternativa islámica moderada que ha sabido sacar al país de la crisis económica y financiera, ha llevado ha cabo importantes reformas constitucionales que han otorgado más derechos a minorías como los kurdos, ha mejorado la situación de los derechos humanos, ha apostado por la integración a la Unión Europea y ha jugado un destacado papel como estabilizador en Medio Oriente. El propio Erdogan ha sido junto al primer ministro Rodríguez Zapatero de España, uno de los impulsores de la Alianza de Civilizaciones, que promueve el encuentro, el diálogo y la comprensión entre Occidente y el Islam. El AKP ha sido descrito por la revista Newsweek como “el movimiento político más abierto, moderno y liberal de la historia de Turquía”.

Sin embargo, el “fantasma de la islamización” ha sido invocado de nuevo por los secularistas, que han reaccionado ante la candidatura presidencial del ministro de relaciones exteriores y dirigente del AKP Abdullah Gül, un musulmán moderado educado en los EE.UU. Según estos sectores, un musulmán en la presidencia y otro como Primer Ministro representaría un “peligro inminente” para el orden secular y de esa manera, impidieron la elección de Gül a través de una ruptura del quórum del parlamento, una medida poco elegante y hasta anti-democrática. Por otro lado, el Jefe del Estado Mayor del Ejército Yasar Buyukanit había advertido que la elección de un islamista en la presidencia “no sería pasada por alto por el ejército”, una intromisión absolutamente inaceptable en un régimen democrático moderno, pero que recuerda que en Turquía, las fuerzas armadas, baluarte del nacionalismo secular, siguen constituyendo un Estado dentro del Estado. Ese nacionalismo, es el mismo que en sus expresiones más extremistas e intolerantes, ha reprimido a minorías como los armenios o kurdos, mantiene fuertes vínculos con los instigadores de recientes crímenes políticos como el asesinato del periodista turco de origen armenio Hrant Dink, el del cura italiano Andrea Santoro, y recientemente, el de tres trabajadores de una editorial cristiana en la ciudad de Malatya.

Es importante entender que en Turquía se juega mucho más que una mera lucha por la presidencia entre islamistas moderados y secularistas. Heredera de una gran civilización, Turquía ha sido puente de encuentro entre Oriente y Occidente y su importancia política para Europa y Medio Oriente es fundamental. En alguna medida, la convivencia exitosa de Islam y democracia en este país, le dice a los 1300 millones de musulmanes del mundo, que es posible conciliar su fe con la modernidad. Sin embargo, si en nombre de un secularismo rabioso e intolerante, se irrespetan las instituciones y la voluntad de los electores, esto va a representar una señal muy negativa, especialmente si los países occidentales permanecen indiferentes.

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