oct 23 2008

Hora de honrar la tierra

Luis Fernando Acuña
facuna1@mac.com

Se piensa que es más fácil guardar silencio y que sean otros los que den la pelea o den la cara por uno, pero también es cierto que hay cosas que trascienden el cálculo de nuestras acciones, esas cosas usualmente se aprenden y se nutren el hogar, con los compañeros. Cuando se tocan esas fibras nos brota desde los más íntimo el defender lo que consideramos correcto y justo. En ese momento no es mas fácil guardar silencio.

Ahora, entre otros, se menciona el tema de la Stone Forestal, ese tema me trae muchos y encontrados sentimientos. Cuando mi Padrastro se pensionó de su profesión (médico de la CCSS y catedrático en la U.C.R.) decidió con mi madre comprarse una finquita en Puerto Jiménez de Osa y decidió irse a vivir allá. Un par de señores mayores que buscaban descansar del bullicio de San José.

De sus primeras impresiones de la Península de Osa estaban en primer lugar los amaneceres y atardeceres, con los almendros rojos, cargados de Lapas. Era un espectáculo digno de verse. Lejos estaban los dos de pensar que su amor por esa zona, por esa naturaleza les iba involucrar en el movimiento popular de rechazo a la Stone Forestal y la propuesta de construcción de un muelle en el Golfo Dulce.

Esa dura lucha contra las pretensiones de la Stone Forestal dejó recuerdos muy agradables pero también recuerdos muy tristes, como la muerte de compañeros activistas, una de ellos , hija de un estimado compañero de Partido.

Esas épocas de activismo de mis padres, señores ya pensionados, junto a un pueblo que adoptaron como propio, dejó en mi y en mi familia buenas enseñanzas, sobre todo un profundo amor por la naturaleza, pero también un profundo sentido de solidaridad y activismo, sin importar la edad, sin importar las circunstancias, hombro a hombro con su comunidad.

Hoy, con la fortuna de tener a mi Padrastro de 86 años y a mi Madre de 76 años, ambos viviendo en la Península de Nicoya, la vida me presenta una nueva oportunidad de aprender. Hace unas semanas me comentaban que estaban sembrando, en un terrenito que compraron en Paquera, Almendros y Papaturros para que llegaran nuevamente las Lapas y los Congos. Se levantan en la mañanas a sembrar árboles. Mi padrastro probablemente no verá el fruto de esos árboles que está sembrando, pero eso no le impide soñar con que las Lapas vuelvan a Paquera y que yo y mis hijos, sus nietos, puedan disfrutar de eso.

Paradójicamente al mismo tiempo los gobernantes de nuestro país, los responsables de la política ambiental nacional, a quienes les corresponde velar por la naturaleza nuestra, la tierra de mis hijos parece importarles poco eso y deciden cortar los almendros en la zona norte, en contra de viento y marea, para sacar el oro de la tierra y dejar a nuestro país sin “Lapas”.

Suena simple, pero no lo es. èSerá que somos de diferentes países? ¿Porqué vemos las cosas tan fundamentales de una manera tan diferente? A mi, al igual que a otros compañeros, a mis padres, a mis hijos, mis amigos y a muchos de ustedes, nos rompe el alma seguir viendo en silencio y ahora queremos hablar y defender lo nuestro, nuestra herencia.

¿Hasta cuando vamos a seguir rompiendo el país? ¿No será hora de buscar consensos en las cosas sublimes? No será hora de volver a nuestras raíces? ¿Tal vez va siendo hora de honrar a nuestros padres y a nuestra tierra.

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