Sep 16 2008

Recuerdo del amigo Héroe

Carlos J. Gutierrez

A Eloy Morúa no le dio mucho tiempo la vida para desarrollar todo lo que sus capacidades le hubieran permitido dar. Pero como él supo aprovechar tan bien el poco tiempo que tuvo, junto a sus restos puede hacerse el mayor elogio que cabe a un desaparecido: Su vida no fue estéril.

No pudo serla porque Eloy la dedicó toda entera al servicio de la Patria. Si las circunstancias hubieran sido otras, con su inteligencia y su capacidad de estudio, tal vez hubiera sido un sociólogo, o un eminente jurisconsulto. Pero como le tocó vivir en un momento crucial en el destino del país y era de los que nunca saben quedarse al margen de la lucha, fue un político. Un preocupado por los asuntos públicos, en los cuales fue creciendo su participación a medida que el estado de cosas en Costa Rica se fue agravando.

Apenas ingresó a las aulas universitarias comenzó su vida pública. Un grupo de estudiantes y jóvenes profesionales decidió agruparse para sumar esfuerzos y luchar por la Patria y la cultura. Se fundó entonces el Centro para el Estudio de Problemas Nacionales. Eloy acudió al llamado y colaborar con su clara inteligencia en los trabajos del Centro. Pero él, que sabía de la importancia y la necesidad del estudio, tenía demasiado espíritu combativo y deseaba participar más activamente en la lucha que ya se iniciaba, dura y peligrosa, contra Calderón Guardia. Fue así como en 1943 estuvo entre los que fundaron Acción Demócrata y dentro de ella tuvo a su cargo siempre uno de los primeros puestos directivos. Durante la campaña política de 1943-1944 se alzó por primera vez su voz para denunciar en las plazas públicas al régimen caldero-comunista y combar las candidaturas de su títere Teodoro Picado. Todavía hoy, sus auditorios de entonces han venido a rendirle admiración por la forma en que supo ascender entonces las almas en el más puro patriotismo.

Vino el Fraude de febrero de 1944 y Eloy no fue de los que hallaron en él, motivo par desalentarse. Desde las columnas del entonces naciente periódico Acción Demócrata, del cual mucho tiempo fue director y redactor único, desde su posición de Presidente del Consejo Estudiantil Universitario y en sus primeros pasos de vida profesional, toda su juventud estuvo puesta al servicio de la causa de la Oposición Nacional. Ahí estuvo todo ese primer periodo llamando a los universitarios a protestar contra la corrupción del régimen, atacando la inmoralidad administrativa o colaborando en la unida de las fuerzas oposicionistas. Fue uno de los que más luchó para lograr la fusión de dos agrupaciones que alentaban un espíritu nuevo de luchar, la que conocía muy bien por haber militado en ambas. Y cuando en mayo de 1945, el Centro para el Estudio de Problemas Nacionales y Acción Demócrata se fusionaron para dar nacimiento al Partido Social Demócrata, dedicó a éste todo el esfuerzo que había venido repartiendo en otras actividades.

No le importaban las posiciones. Pasó por el Comité Ejecutivo realizando una magnífica labor, estuvo en el periódico, fue luego a la radio, luchó siempre por la organización en la Provincia de San José. El puesto era lo de menos. Lo importante era trabajar. Donde se necesitó un esfuerzo, supo darlo. Donde quedó vacío un campo, supo acudir a llenarlo. Desde las bancas de la Asamblea Cantonal de San José, en cualquiera de los Comités
Directivos o en el lugar de los fundadores del Partido: crear un gran Partido Social Demócrata, un partido ideológico, permanente y organizado, puesto al servicio del pueblo de Costa Rica. Todo su esfuerzo iba dirigido a eso. Cuando esa idea se realice por completo, habrá que reconocer que mucho de lo que alcanzó se debió a su esfuerzo.

Además de su Partido, su Patria y sus afectos familiares, había para Eloy otro gran centro de interés: el campesino costarricense. De la liberación económica y política de éste, fue siempre uno de los primeros preocupados.

En algunos entonces de sur de San José, su figura se hizo familiar. Su lenguaje sencillo, su combatividad constante, su deseo de servicio, le captaban simpatías e inspiraban confianza. Pasarán muchos años antes de que sus amigos del campo olviden aquella figura de hombre joven y moreno, de voz sonora, que cada vez que ocupaba una tribuna era para hacer un llamado directo a la conciencia de sus oyentes para denunciar, en forma clara, las inmoralidades del enemigo.

Su posición fue siempre clara y definida. Y algo más: Fue siempre valiente. Desde que era estudiante, su amor por la Patria y su deseo de combatir a los opresores no desapareció un solo momento. Suenan en nuestros oídos aquellas palabras que pronunciara el día antes de iniciarse la Huelga de Brazos Caídos: “Ha llegado la hora de que mueran las palabras que ya no sirven para nada. Y recordemos que cuando mueren las palabras, comienza la revolución”.

Finalizada la campaña que librara la Oposición unida bajo el brazo al mando de Otilio Ulate, en la cual Eloy Morúa supo darse por entero a la causa de las libertades públicas, y burlado otra vez el pueblo por la anulación de las elecciones, lo que tantas veces se había dicho se convirtió en realidad.

No quedaba más camino para acabar con Calderón que botarlo por la fuerza de las armas. En las montañas de Dota, don José Figueres dio la señal de lucha. Morúa fue a reunirse con sus amigos de Puriscal y de ahí emprendió la marcha hacia el Sur. En San Andrés de Tarrazú le dijeron que lo que hacía falta era gente y entonces emprendió el regreso para dejar señalada una nueva ruta y organizar grupos de oposicionistas que fueran a unirse a los que ya peleaban. Todos los combatientes puriscaleños y muchos de los josefinos pudieron legar a ocupar su puesto gracias a una organización que puso a caminar a Eloy Morúa. Él siguió laborando dentro de la propia capital, en su trabajo de reclutamiento hasta que la toma de Cartago hizo innecesario su trabajo. Todavía tuvo oportunidad de pelear en el último combate en San Isidro del General y del llenar muchas otras actividades antes del triunfo definitivo de la causa.

Cuando las ideas revolucionarias se pusieron en marcha y el movimiento libertador tomó las riendas del poder, Eloy Morúa era uno de los jóvenes más preparados para las tareas que se emprendían. Fue por eso que en nueve meses se vio obligado a repartirse en varias ocupaciones: sirvió interinamente la Secretaría de la Junta de Gobierno por algún tiempo; designado miembro de la Comisión Redactora del Proyecto de Constitución, trabajó arduamente para darle a Costa Rica una nueva Carta Fundamental. Le ofrecieron la
Embajada en Guatemala pero no quiso aceptar, ya que consideraba más importante su trabajo en Costa Rica. La desgracia le sorprendió cuando se acababa de hacer cargo de una nueva misión importante: la de actuar como Delegado del Estado en la Comisión Revisora de la Legislación Social.

Toda su vida fecunda, su valentía, su espíritu cívico, su poco apego a la nombradía para buscar, en vez de ella, el ser útil, quedaron bien claros en su último gesto. Si nada hubiera hecho antes, él hubiera sido suficiente para enaltecerlo.

Los Antiguos opresores de Costa Rica sintieron nostalgia de sus prebendas y con una banda de mercenarios y salteadores, profanaron el suelo patrio. La nueva Patria necesitó pedirle a sus hijos que se dieran por entero para evitar que volviera a caer en manos de sus verdugos.

En un momento como ese, para Eloy Morúa, con sus amistades, su posición de miembro de la Comisión que acaba de terminar un proyecto de Constitución de avanzada y sus múltiples méritos, hubiera sido muy fácil ir a servir en una oficina civil y militar y prestar desde ahí útiles servicios mientras durara la emergencia. Pudo también haber solicitado un grado en el ejército y ser enviado a una posición cómoda, sin estar expuesto a mayor peligro.

Pero no era hombre para cuidarse de vanidades de grados o para aparentar servicios que no representaban algo efectivo. Se enlistó como simple soldado de uno de los batallones que tenían que marchar a la primera línea y supo servir en él con el espíritu de obediencia y disciplina que se requerían, sin pensar que muy pocos de sus superiores podrían tener una lista de méritos en el servicio de la Patria como la que él ostentaba. Si era un soldado había que obedecer e ir donde lo mandaran. Pero estaba muy claro para un ciudadano ejemplar de las capacidades suyas.

Cuando ya parecía haber terminado y los primeros grupos de soldados iniciaban el retorno a sus hogares, cuando el país creía que una vez más se habían agotado los esfuerzos de Calderón Guardia para convertirse en un tirano, una emboscada traicionera encerró a la guarnición de Puerto Soley.

Algunos pudieron huir. La mayoría, ante la sorpresa y la violencia del ataque, no tuvo más remedio que rendirse. Pero unos cuantos quedaron ahí en el campo, mudos testigos de su voluntad indeclinable de pelear hasta lo último. Uno de ellos tenía que ser Eloy Morúa Carrillo.

Si la lucha de estos años ha sido fuente de privaciones y sufrimientos para todos, más dolorosa ha de parecernos ahora que nos ha costado una vida tan valiosa como la de Eloy Morúa. Todo en él hacía presagiar un gran conductor de multitudes. De su inteligencia, combatividad y honradez acrisolada, bien pudo estar segura la Patria de haber recibido muchos beneficios. El destino quiso otra cosa: no hacerlo grande por la magnitud de su obra sino simbolizar en él, el sacrificio de una juventud que ha tenido que levantarse luchando por la libertad y la justicia. A él le dio la gloria inmortal del héroe. A nosotros nos ha dejado un ejemplo, una indicación de por dónde debemos ir para no apartarnos del camino recto. Para que en las horas en que sintamos flaquear el espíritu o la voluntad de trabajo, recordemos siempre al amigo héroe que no supo nunca hacer ni una ni otra cosa.

Al joven ejemplar, hijo y esposo cariñoso, profesional distinguido y luchador infatigable. Eloy Morúa Carrillo.

1 Comentario

Otros vínculos a esta Entrada

RSS feed para comentarios sobre este entrada. TrackBack URI

Dejar un comentario

Image | Temas WordPress