Socialdemocracia y globalización
Saúl Weisleder
Estoy en favor de la globalización por el bien de Bangladesh–P. Krugman, NYT
Diplomático
Soy de los que aún creen que las ideologías políticas siguen siendo importantes. Lo son, para dar estabilidad y continuidad a las opciones políticas. Sin ellas, no solo prevalece el oportunismo, sino que se debilitan las opciones partidarias y el rendimiento de cuentas. Pero, claro, no deben ser una camisa de fuerza mental. Todo lo contrario. Por eso adquiere mucho más sentido una visión remozada de la social democracia (SD), como la que comenzó a surgir a principios de la década de 1980, como respuesta a nuevas realidades políticas y económicas.
Cuando Krugman, pensador fundamental de la izquierda demócrata en EE. UU. escribe lo anterior, lo que está afirmando, además de una línea ideológica, es el carácter universal que debe tener el pensamiento contemporáneo. Universal no en un sentido ahistórico ni despojado de contenidos locales, sino en el de que debe plantearse los problemas en función de un mundo cada vez más integrado como sistema ecológico, económico, cultural y político.
Realidades. En ese contexto, parece que la SD latinoamericana ha superado ya, en sus corrientes principales, los debates desde los extremos sobre “mercado y Estado” o la necesidad de una adecuada articulación entre políticas fiscales, monetarias y sociales, buscando iguales objetivos, crecimiento económico con generación de empleos decentes y una más equitativa distribución del ingreso. Ni neoliberales ni populistas de izquierda coinciden en esto. Para los primeros, la inflación es “el enemigo número uno” y el resto de las políticas deben subordinarse a ello; para eso, quieren un Banco Central más que independiente, “soberano”. Para los segundos, el grado de subordinación que quisieran del “mercado” respecto del Estado es tal que no solo resulta inviable en las actuales condiciones, sino ineficaz para los propósitos pregonados. Que haya algunos autoproclamados “SD auténticos”, por referencia a “biblias” del siglo pasado, no cambia estas dos realidades de inviabilidad e ineficacia.
Ninguna tendencia SD ha sido más efectiva en remozarse y mantenerse relevante “en las verdes y en las maduras”, que la costarricense. No sin errores ni dificultades. Ha sido exitosa en no ceder a la privatización de las pensiones, por ejemplo, en sobrevivir el embate contra las políticas sociales universales, en “soberanizar” el BCCR, en debilitar los programas sociales desvinculando su financiamiento del crecimiento económico, etc.
Pero no resistió el embate por debilitar la capacidad de planificación del Estado, en general y en áreas como infraestructura, educación, telecomunicaciones y otras. La capacidad de gestión del Estado se redujo ante “reformas estatales” que fueron más el resultado de “soluciones de compromiso” ante los embates desde el exterior y el interior, crisis fiscales y corrupción, que de una concepción visionaria y ordenada ante los nuevos retos económicos y tecnológicos y, sobre todo, de una población más consciente de sus derechos, tanto por los cambios demográficos como por verdaderas revoluciones que fueron brindando al ciudadano nuevas herramientas de información y decisión.
En común. Desafortunadamente, el “debate político e ideológico” nacional no corresponde a la naturaleza de la mayoría de los cambios y retos de Costa Rica, sino que quedan anclados en realidades de países latinoamericanos que recién comienzan a sufrir los cambios que nosotros tuvimos 1 ó 2 décadas atrás. Lo que sí tenemos en común con Latinoamérica en este sentido es el tremendo rezago en equidad, pero no en las bases de nuestra economía ni los avances democráticos. Caer en la trampa de que esos son nuestros desafíos es volver a los “dilemas” que se planteaban en los inicios de 1970: “socialismo (o ‘nueva democracia’) o fascismo”; estatismo o “libre” mercado. No: bien que mal, Costa Rica logró escapar de la mayoría de los extremismos de estas tres décadas y media y supo hacer a tiempo cambios que nos evitaron traumas terribles. Pero ya no pueden esperar más los cambios que consigan reducir la gran desigualdad creada y la ineficacia, por enmarañamiento y por debilitamiento de los sistemas organizativos del Estado. Hay que mejorar las condiciones de reclutamiento y permanencia de los funcionarios públicos en sus distintas categorías, acabar con las grandes desigualdades entre el “sector descentralizado” y el gobierno central (ministerios) y establecer sistemas de motivación y optimización en el empleo de todos los recursos, con rendimiento de cuentas en todos los niveles.
Verdadero cambio. La promoción del empresaliarismo, junto a un verdadero cambio en el mercado de trabajo que, a la par de la flexibilidad garantice protección social y brinde estímulos a la creatividad y la responsabilidad, resultan esenciales. Pero esto debe hacerse tratando de proyectar con ambición y realismo las líneas de nuestras bases económicas a mediano y largo plazo, no como ejercicio voluntarista sino como el resultado de analizar nuestro potencial interno, las tendencias globales y las fuentes y posibilidades de la competencia.
Seguramente hay visiones ideológicas diferentes. Así debe ser en una democracia. Pero, igual que la SD debe remozarse saliendo de trampas retardatorias o meramente ilusorias, los aportes serían más provechosos si desde otras perspectivas, el enfoque también se apoya en realidades y desafíos a partir de lo que somos y hemos sido.
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