nov 06 2007

Oportunidad histórica

Ana Isabel García Quesada

La información sobre el brusco descenso de la pobreza en el último año constituye una excelente noticia para todos los costarricenses, en varios sentidos. El primero y principal, porque significa que 36.000 familias habrán abandonado esa condición que les separa del mínimo bienestar. En segundo lugar, porque se trata de un descenso considerable, un 3,5%, sobre todo si tenemos en cuenta que durante más de 10 años teníamos una pobreza pertinaz que no habíamos podido reducir. De hecho, se trata de la reducción más importante de los últimos 30 años. En tercer lugar, porque significa que, por fortuna, el trabajo con buena fe y preocupación ética tiene rendimientos.

Desde luego, la alegría que nos motiva estas cifras no puede hacernos abandonar la necesaria prudencia. Ante todo, porque todavía no sabemos si estamos ante una situación de movilidad social estructural, que permitiría a quienes superaron la línea de pobreza seguir mejorando en el futuro, o bien ante una prueba de sensibilidad de los sectores inmediatamente por debajo de esa línea a la mejora coyuntural de los factores que la impactan. La forma de saberlo será sencilla: comprobar si el próximo año no vuelve a incrementarse la pobreza. Si el año que viene la pobreza vuelve a disminuir o, por lo menos, no aumenta, significará que estamos logrando en buena medida esa movilidad social ascendente que impide que vuelvan a ser pobres los que este año han dejado de serlo.

Garantía de sostenibilidad. En relación con lo anterior, otra razón que aconseja prudencia nos la da el hecho de que la desigualdad social (medida a través del índice de Gini), si bien también ha bajado su ritmo de crecimiento, todavía no ha dejado de crecer. Y ya sabemos que el crecimiento de la desigualdad hace más difícil la reducción de la pobreza. Detener ese crecimiento de la desigualdad será una buena garantía de que la disminución de la pobreza se hace definitivamente sostenible.

Así, paradójicamente, los mismos datos que nos producen alegría, representan un enorme reto para el Gobierno y su equipo; especialmente, desde luego, para quienes tenemos alguna responsabilidad en este campo. Nuestro desafío ahora consiste en hacer sostenible una sólida corriente de movilidad social ascendente. Y para ello, tenemos una tarea pendiente: lograr una articulación de los actuales programas sociales selectivos, que aumente su eficacia sistémica, incluida alguna autoridad social que los ordene y coordine.

Factores que se complementan. Al respecto, hay que aclarar algo inmediatamente: el propio Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) señala que esta fuerte reducción de la pobreza responde a dos principales factores: el mejor comportamiento de la economía y el empleo y las políticas específicas de lucha contra la pobreza. Es decir, este último factor hubiera sido insuficiente sin el primero. La mejora de la economía es condición necesaria y fundamental para el descenso de la pobreza; sin ella, nuestras acciones contra la pobreza nadarían contra la corriente. Por supuesto, también estamos convencidos de que puede haber mejoría macroeconómica sin disminución de la pobreza y ello es lo que hace necesario nuestro esfuerzo en políticas públicas.

Comentando la posición de la Conferencia Episcopal, un columnista de un periódico se preguntaba cuáles son los valores morales de un voto favorable al SÍ en el pasado referendo. Preguntarse eso a estas alturas invita a regalarle un mapa y una brújula. Ya insistí frente al referendo que lo ético era saber si podíamos usar el TLC, evitando, entre todos, sus desventajas y maximizando sus ventajas. Tras la aprobación popular, creo que esa es ya la única posición ética posible. Hoy, lo contrario a la ética sería seguir desconociendo los resultados del referendo o bien tratar de utilizar el TLC únicamente a favor de los más poderosos. Hacer uso del libre comercio (con EE. UU., UE, China, etc.) para mejorar la economía y el empleo, al tiempo que hacer sostenibles nuestras políticas sociales y de lucha contra la pobreza, no solo es ahora la posición de mayor contenido ético, sino nuestra oportunidad histórica como país de abandonar definitivamente el subdesarrollo.

nov 06 2007

Sofía

Enrique Obregón Valverde

Aproximadamente 200 años a. C,, Ptolomeo Filadelfo encerró a 70 rabinos en la isla de Faros, frente a Alejandría, para traducir al griego las escrituras hebreas. Pensando en una obra perfecta, pidió a cada rabino una traducción particular, para lo cual construyó 70 chozas, una para cada rabino; lo curioso fue que las 70 traducciones de la Biblia fueron idénticas. La obra pasó a la historia con el nombre deSeptuaginta .

La orden dada por Ptolomeo tenía una razón. Es conocido que la sede de los judíos para aquella época era Jerusalén pero, cuando Alejandría llegó a ser el centro cultural, científico, filosófico y comercial del Mediterráneo, se convirtió en ciudad seductora para los judíos, que comenzaron a emigrar, llegando a constituir, con el transcurso de los años, una gran colonia que había abandonado su idioma original para adoptar el griego. Ptolomeo pensó en una Biblia en griego para los judíos alejandrinos. LaSeptuaginta tiene esa motivación.

Entre los hombres y Dios. Los judíos de Alejandría, como los de Jerusalén, pensaban en Jehová, pero de distinta manera; a diferencia de los de Jerusalén, comenzaron a sentir que su dios era inaccesible y sin posibilidad de tener relación directa con él. Ese sentimiento se transformó en adoración, pero quedaba un vacío de lazo o vínculo entre los hombres y Dios. Fue cuando apareció la obra literaria El libro de la sabiduría de Salomón, cuyo autor se desconoce, pero que demostraba tener la cultura cosmopolita de Alejandría. Este desconocido autor concibió la posibilidad de un vínculo entre los hombres y Dios, un intermediario, que llamó sofía , o sea, sabiduría. “La sabiduría, dijo, se mueve más que cualquier movimiento: lo atraviesa todo en virtud de su pureza; siendo solo una, puede hacer todas las cosas y a todas las edades entrar en las almas santas para hacerlas amigas de Dios. Sabiduría significa más que ‘ser sabio’; es una mensajera que tiende un puente sobre el abismo y nos convierte en amigos de Dios”.

Catorce siglos después, Maimónides manifestó, al recoger e interpretar toda la tradición religiosa hebrea, que la fe en Dios puede lograrse solo a través de la razón, del conocimiento. Y, cuando se le pidió que diera una definición sucinta del judaísmo, afirmó: “El judaísmo es esa cultura espiritual en donde el mismo verbo designa conocer y amar”. Llegar al conocimiento de Dios por la culta razón, esa Sabiduría que permite dar razón a la fe, mensajera que nos convierte en amigos de Dios al entender que toda relación con lo infinito adquiere valor de infinitud.

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