jun 08 2007

Al unirse en bloques de poder, los países se defienden mejor

Enrique Obregón Valverde

Hace como un año, leí un artículo, publicado en el diario españolEl País, del escritor chileno Jorge Edwards, en el cual hacía referencia a la Unión Europea y al papel que está llamada a desempeñar como zona de poder económico y político en el mundo actual. De obtener la verdadera unión, lograría un equilibrio con China y Estados Unidos, impidiendo así la explotación de esas dos potencias a los países europeos, si tuvieran que actuar individualmente.

Solo la unión en bloques de poder permite que los países se defiendan mejor y adquieran un desarrollo más adecuado a sus intereses nacionales y regionales. Pensaba en esto ahora que ha vuelto a nuestra prensa la discusión del Parlacen y de la vieja idea de la unión de Centroamérica. Pareciera que una gran mayoría de costarricenses no simpatiza con un parlamento común, ni con otro tipo de acuerdos que, poco a poco, nos vayan dando una voz política y económica única que nos permita ser escuchados con mayor propiedad en aquellos organismos internacionales que hoy deciden el destino de la humanidad.

Sin control ni moral. En alguna época, posiblemente, Costa Rica tuvo razón al mantener y defender su aislamiento, pero pienso que ahora no. Sería una locura marchar solitarios por el mundo, como si tuviéramos la fuerza necesaria para defendernos con propiedad del ataque voraz de un capitalismo sin control ni moral, que dirige y absorbe todas las economías mundiales.

Y, citando unas palabras de Josep Borrel, exministro de Hacienda del Gobierno de Felipe González, alto dirigente del socialismo español y actual presidente del Parlamento Europeo, Edwards nos dice que “América Latina tendría que integrarse con más decisión y rapidez para llegar a formar un polo, un sector de influencia en el mundo. Si Europa no perfecciona su unión y tampoco América Latina consigue avanzar en el mismo sentido, llegaremos pronto a un mundo bipolar, con los Estados Unidos y China en ambos extremos y con una muy débil presencia nuestra”. De no llegar a estas uniones regionales, termina diciendo el citado escritor chileno, “corremos el peligro de quedarnos en el camino, en la cuneta, en la fragmentación y la imparable, irresistible mediocridad”.

Cambio de pensamiento. Desde el siglo XIX, la prudencia aconsejó sabiamente a nuestros gobernantes no aceptar la unión con los otros países centroamericanos, pero hoy la situación es distinta. Con tranquilidad, con el serio conocimiento de lo que verdaderamente está sucediendo en el mundo, y como una elemental defensa de valores y derechos, debemos dejar de pensar que somos un país único, bendecido por el destino, y que es dañina la contaminación de nuestro pueblo si abraza fraternalmente a los otros pueblos de Centroamérica. En este momento, o nos unimos o aceptamos continuar en la miseria, esa pareciera la alternativa que tenemos. Ahora nuestra obligación es sobrepasar localismos aberrantes y cierta propensión a pueblerinos cálculos electorales, si deseamos salir “de la fragmentación y la imparable, irresistible mediocridad”.

Escucho con preocupación, en algunos sectores políticos e intelectuales, una marcada tendencia a mantener un ataque sistemático contra Estados Unidos, como si estuviéramos estancados en 1930. Sin dejar de admitir que el capitalismo norteamericano es agresivo y deshumanizado –y con recuerdo orteguiano–, pienso que lo que verdaderamente debiera preocuparnos es la coleta de un chino que amenazadoramente ha comenzado a asomarse por nuestras montañas, desde la Sierra Madre hasta los Andes Patagónicos.

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