may 23 2007

El frágil equilibrio turco

Sergio Moya Mena

¿Son compatibles los principios del Islam y la democracia?. No existe contradicción entre ambos, al menos esa es la conclusión a la que llegan teólogos musulmanes contemporáneos como Tariq Ramadan. El Corán urge a los musulmanes a consultar entre ellos la decisión de los asuntos (Corán 3, 159; 42,38), lo que constituye una forma de elección. Además, muchos musulmanes ven a la democracia como una forma de protección contra el despotismo reinante en muchos Estados de Medio Oriente y el norte de África.

Una de las pruebas más evidentes de la compatibilidad entre Islam y democracia es el caso de Turquía, donde el 99% de la población es musulmana y ha vivido con instituciones democráticas en los últimos 27 años.

Hace cinco años, cuando los islamistas moderados del Partido de la Justicia y el Desarrollo, AKP, ganaron las elecciones con una abrumadora mayoría, muchos temieron por el carácter secular y republicano del Estado turco, instaurado desde los años veinte por Mustafá Kemal Atatürk, llamado “Padre de la Nación” y símbolo nacionalista. Desde esa época, occidentalización se ha interpretado como secularización, pero no siempre como democratización. El secularismo es especialmente defendido por el ejército, el segundo más grande de la OTAN y uno de los focos de poder más fuertes de Turquía, protagonista de tres golpes de Estado contra gobiernos democráticamente electos en los últimos 50 años.

Lejos de los augurios de ese secularismo iracundo, el gobierno del AKP encabezado por el primer ministro Tayyip Recep Erdogan, no ha alterado el carácter secular del Estado turco y ha estado muy lejos de pretender imponer la Sharia o ley islámica. Inspirado en el modelo de la democracia cristiana alemana, el AKP representa una alternativa islámica moderada que ha sabido sacar al país de la crisis económica y financiera, ha llevado ha cabo importantes reformas constitucionales que han otorgado más derechos a minorías como los kurdos, ha mejorado la situación de los derechos humanos, ha apostado por la integración a la Unión Europea y ha jugado un destacado papel como estabilizador en Medio Oriente. El propio Erdogan ha sido junto al primer ministro Rodríguez Zapatero de España, uno de los impulsores de la Alianza de Civilizaciones, que promueve el encuentro, el diálogo y la comprensión entre Occidente y el Islam. El AKP ha sido descrito por la revista Newsweek como “el movimiento político más abierto, moderno y liberal de la historia de Turquía”.

Sin embargo, el “fantasma de la islamización” ha sido invocado de nuevo por los secularistas, que han reaccionado ante la candidatura presidencial del ministro de relaciones exteriores y dirigente del AKP Abdullah Gül, un musulmán moderado educado en los EE.UU. Según estos sectores, un musulmán en la presidencia y otro como Primer Ministro representaría un “peligro inminente” para el orden secular y de esa manera, impidieron la elección de Gül a través de una ruptura del quórum del parlamento, una medida poco elegante y hasta anti-democrática. Por otro lado, el Jefe del Estado Mayor del Ejército Yasar Buyukanit había advertido que la elección de un islamista en la presidencia “no sería pasada por alto por el ejército”, una intromisión absolutamente inaceptable en un régimen democrático moderno, pero que recuerda que en Turquía, las fuerzas armadas, baluarte del nacionalismo secular, siguen constituyendo un Estado dentro del Estado. Ese nacionalismo, es el mismo que en sus expresiones más extremistas e intolerantes, ha reprimido a minorías como los armenios o kurdos, mantiene fuertes vínculos con los instigadores de recientes crímenes políticos como el asesinato del periodista turco de origen armenio Hrant Dink, el del cura italiano Andrea Santoro, y recientemente, el de tres trabajadores de una editorial cristiana en la ciudad de Malatya.

Es importante entender que en Turquía se juega mucho más que una mera lucha por la presidencia entre islamistas moderados y secularistas. Heredera de una gran civilización, Turquía ha sido puente de encuentro entre Oriente y Occidente y su importancia política para Europa y Medio Oriente es fundamental. En alguna medida, la convivencia exitosa de Islam y democracia en este país, le dice a los 1300 millones de musulmanes del mundo, que es posible conciliar su fe con la modernidad. Sin embargo, si en nombre de un secularismo rabioso e intolerante, se irrespetan las instituciones y la voluntad de los electores, esto va a representar una señal muy negativa, especialmente si los países occidentales permanecen indiferentes.

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